Propiedad privada y cristianismo
Por Pacho O´ Donnell Para LA NACION
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En los últimos tiempos, el tema de la propiedad privada ha tomado vigencia. La Iglesia Católica tiene una posición nítida sobre él, reiterada en multitud de documentos, que puede sintetizarse en dos puntos: la propiedad es un derecho natural y la propiedad tiene (debe tener) una función social.
Según el primer punto, la propiedad no es simplemente una costumbre social fáctica sino un derecho natural, o sea, anterior y superior a toda legislación humana sobre el tema. Es decir que todos los nacidos en la Tierra tienen derecho, por naturaleza, a la propiedad, en primer término lo necesario para vivir. Y si crecen sin tenerlo, ello es atentatorio contra un derecho natural y, por ende, se cometería un pecado colectivo contra el plan de Dios.
Según el segundo punto acerca de la función social de la propiedad, no sólo el propietario tiene el derecho de beneficiarse con sus posesiones, sino que también tiene la obligación moral de extender los beneficios hacia el conjunto de la sociedad a la que pertenece. El destacado teólogo catalán José Sols insiste en que la Iglesia no ha puesto el énfasis necesario, ni en su prédica ni con su ejemplo, en promover el deber social del multipropietario.
El papa Juan Pablo II, en una de sus encíclicas sociales, la Centesimus Annus , de 1991, con motivo del centenario de la primera gran encíclica social moderna, la Rerum Novarum, de León XIII, afirmaba: "Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno ( ) Es mediante el trabajo como el hombre, usando su inteligencia y su libertad, logra dominarla y hacer de ella su digna morada. De este modo se apropia de una parte de la tierra, la que se ha conquistado con su trabajo: he ahí el origen de la propiedad individual. Obviamente, le incumbe también la responsabilidad de no impedir que otros hombres obtengan su parte del don de Dios; es más: debe cooperar con ellos para dominar juntos toda la tierra". Posición que no está lejos de la sostenida en el siglo XVII por el padre del liberalismo, el filósofo inglés John Locke, quien acotaba el derecho de propiedad a la tierra que se era capaz de trabajar.
Para algunos teólogos de la Doctrina Social de la Iglesia, la propiedad sin trabajo previo queda puesta en cuestión, incluyendo las propiedades obtenidas sin esfuerzo y las heredadas. Esa era la opinión del patriarca de Constantinopla, San Juan Crisóstomo, a fines del siglo IV d.C.: "Dime, ¿de dónde te viene a ti ser rico; de quién recibiste la riqueza?, y ése, ¿de quién la recibió? Del abuelo, dirás, del padre. ¿Y podrás, subiendo el árbol genealógico, demostrar la justicia de aquella posesión? Seguro que no podrás, sino que, necesariamente, su principio y su raíz han salido de la injusticia". San Ambrosio, obispo de Milán, también en el siglo IV d.C., confirmaba: "¿Hasta dónde pretendéis llevar, oh ricos, vuestra codicia insensata? ¿Acaso sois los únicos habitantes de la tierra? ¿Por qué expoliáis a los que son de vuestra misma naturaleza y vindicáis para vosotros solos la posesión de toda la tierra? En común ha sido creada la tierra para todos, ricos y pobres, ¿por qué os arrogáis el derecho exclusivo al suelo?". Eran tiempos en que el trabajo agrícola era la fuente exclusiva de recursos, distante aún el desarrollo de la industrialización. Por lo tanto, la referencia a la "tierra" en estos párrafos debe ser tomada como metáfora de "sistema productivo".
La dolorosa realidad es que en la sociedad actual se da validez sólo al primer término del concepto cristiano de "propiedad", obviándose su función social. Es entonces cuando toma sentido lo de "privada", por cuanto "priva" a los demás de su goce y uso. El propietario hará valer que tiene derecho legal a sus bienes, a todos los que su ambición alcance, porque posee las escrituras correspondientes y porque, en el mejor de los casos, paga impuestos por ellos. Los medios masivos se encargan de mostrar a los insaciables acumuladores de bienes como "triunfadores", ofreciéndolos como modelos de identificación social. También a San Ambrosio pertenece una frase notable: "La naturaleza engendró el derecho común; el uso establecido, el derecho privado".
¿Hace falta recordar que de los 6000 millones de habitantes de la Tierra 2800 millones viven con menos de 2 dólares al día, y de éstos, 1200 millones con menos de 1 dólar al día? (PNUD) ¿De lo que puede deducirse, cristianamente, que hay demasiados pobres? ¿No estremece saber que el patrimonio de las tres personas más ricas del mundo es equivalente al de los 40 países más pobres del mundo? Es obvio, entonces, que la función social de la propiedad privada está lejos de cumplirse, aunque hay ciudadanos y empresas que son una encomiable excepción.
Los evangelios ponen en boca de Jesucristo varias opiniones sobre el tema: "Dejaos de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a perder, donde los ladrones abren boquetes y roban" (Mateo 6,19); "nadie puede estar al servicio de dos amos, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero" (Mateo 6,24). Y cuando un joven rico, que cumplía con los mandamientos, se le acercó preguntándole qué más tenía que hacer para ganar la vida eterna, Jesús le dijo: "Una cosa te falta: vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que Dios será tu riqueza, y, anda, sígueme a mí" (Marcos 10,21). Es decir que lo instaba a cumplir con la función social de la riqueza.
"Enfermedad es del estómago retener y no distribuir los alimentos, pues con ello perjudica al cuerpo entero. Así, enfermedad o maldad es de los ricos retener para sí lo que tienen, pues eso es perdición suya y de los demás. El ojo, a su vez, recibe toda la luz, pero no la retiene para sí solo, sino que alumbra a todo el cuerpo. Y es que, mientras sea ojo, no pertenece a su naturaleza retener toda la luz. ( ) Así, también vosotros, cuanto fuere puesto en vuestras manos no lo retengáis para vosotros solos, pues perjudicáis al bien común; pero, antes que a nadie, os perjudicáis a vosotros mismos" (San Juan Crisóstomo, Homilía X, 4 ). Es decir que la doctrina cristiana no condena la posesión de bienes, sino el destino que se da a ellos. Este es el sentido de la parábola evangélica de los talentos (Mateo 25 y Lucas 19), en la que el señor premia a los siervos que han dado fruto con lo recibido y condena al siervo que no ha construido nada con la parte recibida. Puede asimismo homologarse la posesión abusiva de bienes con la depravación de algunos políticos de considerarse "dueños" de un cargo o función y pretender eternizarse en él, como si se tratase de una propiedad privada.
El Concilio Vaticano II (1962-1965), promovido por el recordado Juan XXIII, daría algunos pasos decisivos hacia un compromiso real y no retórico en el tema que nos ocupa, sensibilizado por la situación de miseria y desprotección de cientos de millones de seres humanos, todos ellos con derecho teórico de propiedad, pero que en la práctica no tienen nada porque se les ha quitado lo que poseían o se les ha negado toda posibilidad de acceso a aquélla. Un avance consistió en definir como "propiedad" también a "los bienes inmateriales, como es la capacidad profesional", es decir, poseer acceso al conocimiento tecnológico que es hoy decisivo en cavar la zanja entre progreso y atraso, y cuya "propiedad" es disputada por los poderosos del planeta. También establece que la propiedad no es sólo privada, sino que también puede ser pública, estableciendo que "a la autoridad pública toca, además, impedir que se abuse de la propiedad privada en contra del bien común". Esta última consideración llevó al Concilio a hablar de la necesidad de cambios en el actual (des)orden de cosas: "Son, pues, necesarias las reformas que tengan por fin, según los casos, el incremento de las remuneraciones, la mejora de las condiciones laborales, el aumento de la seguridad en el empleo, el estímulo para la iniciativa en el trabajo; más todavía, el reparto de las propiedades insuficientemente cultivadas a favor de quienes sean capaces de hacerlas valer". Es decir que también fijó el derecho a la expropiación "siempre que el bien común lo exija". Por supuesto que esto no justifica andar cortando alambrados con prepotencia
También el papa Juan Pablo II se ocupó del tema en su Sollicitudo rei socialis (SRS 42): "Hoy, vista la dimensión mundial que ha adquirido la cuestión social, este amor preferencial, con las decisiones que nos inspira, no puede dejar de abarcar a las inmensas muchedumbres de hambrientos, mendigos, sin techo, sin cuidados médicos y, sobre todo, sin esperanza de un futuro mejor: no se puede olvidar la existencia de esta realidad". Luego da un magnífico ejemplo evangélico: "Ignorarlo significaría parecernos al «rico Epulón» que fingió no conocer al mendigo Lázaro, postrado a su puerta ( Lucas 16, 19-31)".
Jean-Yves Calvez, destacado teólogo jesuita, en su libro Los silencios de la doctrina social católica , denuncia un déficit de acción en los católicos: "La Iglesia ha advertido acerca de algunas modalidades de propiedad y de capitalismo, pero, en cambio, prácticamente nunca ha tomado posición acerca del capitalismo mismo, entendiendo, por supuesto, que éste no se define sólo por el uso del capital, cosa que encontramos en toda economía moderna, ni tampoco sólo por el reconocimiento del derecho de propiedad en una sociedad, sino por algo mucho más específico: hay capitalismo allí donde el capital, o bien los medios de producción, está en manos de pocas personas, mientras que la inmensa mayoría de hombres sólo puede aportar su trabajo al proceso de producción. Esta situación contiene, por sí misma, un gran peligro de injusticia y de división social. En consecuencia, ¿no habría que trabajar (los católicos) para superar esta situación?".
No es vano recordar que, por no hacerlo, el marxismo, en su vertiente comunista, adquirió un inmenso poder y llegó a dominar la mitad del mundo, aprovechando el egoísmo y la indiferencia de los cristianos ante el infortunio del prójimo.





