
Psicoanálisis, esa “profesión imposible” que es pasión en la Argentina
170 años del nacimiento de Freud: quienes introdujeron la práctica psicoanalítica en el país fueron –no sólo, pero sí decisivamente– los españoles que escapaban de la guerra civil; a esa herramienta acudieron luego, para adaptarse a los cambios culturales, los descendientes de aquellos inmigrantes que con su esfuerzo hicieron rica a la nación

Cuando se cumplen 170 años del nacimiento de Sigmund Freud, cabe reflexionar sobre algunas hipótesis acerca de por qué en la Argentina se dio el curioso fenómeno del aluvión de analizados, analizantes y analistas practicantes de eso que el propio Freud llamó “profesión imposible”. Imposible, porque el material sobre el que intentar maniobrar es algo real difícilmente dominable. Los resultados arriesgan ser menos espléndidos de lo esperado. Pero bien sabemos aquellos a los que el análisis nos ha cambiado la vida: eso, por así decirlo, “poco” que hace el psicoanálisis, eso tan poco mensurable… ¡cuánto vale!
Vayamos al gran número de analistas y analizantes en la Argentina. Una razón tiene que ver con el nombre de Ángel Garma Zubizarreta: quienes introdujeron el psicoanálisis en la Argentina fueron –no exclusivamente, pero sí muy decisivamente– los españoles que escapaban de la guerra civil en la que Francisco Franco fue acérrimo enemigo de esta práctica. Sabido es que Garma estudió en Berlín psicoanálisis y que ya no pudo volver a España porque su vida hubiera corrido peligro. La guerra lo encontró luego en París. Y de allí emigró a la Argentina, donde fue fundador y el primer presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). Con Emilio Mera y López, Estanislao Lluesma Uranga y otros introduciría la lectura de Freud en nuestras tierras. Marie Langer, llegada desde Viena, se unirá a esos pioneros, y más tarde, en los años 60 tomará relevancia la influencia de Jacques Lacan.
Para intentar aprehender la singularidad argentina, revisemos un momento la historia del cono sur desde la época de la conquista española, hoy tan criticada por el discurso de la corrección política. Si abandonamos por un rato ese corsé ideológico que a veces no nos deja pensar, podemos imaginar este cuadro. Pueblos como México u otros del Caribe o de Centroamérica vivían en un período de cultura del Paleolítico superior cuando llegaron los conquistadores españoles. Habitaban ya pues en ciudades. Eso permitió que se integraran en familias mixtas muy rápidamente españoles “conquistadores” con los hoy llamados “pueblos originarios”.
En cambio, América del Sur se hallaba en condiciones culturales del Paleolítico inferior. Se trataba de tribus de cazadores/recolectores, nómades, carentes de escritura formal. Eso dificultó mucho, salvo raras excepciones, la integración con los pueblos autóctonos. Los matrimonios con gentes autóctonas se hicieron durante las décadas siguientes muy lentamente. El siglo XIX encuentra a la Argentina con bastante población europea poco integrada a la originaria. La mixtura con la población autóctona, más numerosa en el interior del país, no es relevante.
Y en ese momento sucederá algo que singularice a la Argentina dentro del bloque del cono sur: la decisión de Domingo Faustino Sarmiento de establecer la educación primaria obligatoria libre, laica y gratuita. Esto fue generando un pueblo mayoritariamente alfabetizado, de mente relativamente abierta, bastante liberado del agobio de la regencia de la religión, cimentando un suelo cultural que más tarde permitiría el ingreso de los discípulos de Sigmund Freud y su doctrina. Uruguay, país hermano, también alfabetizó su población con la misma doctrina laica.
Con el terreno de la alfabetización y de la apertura mental que se supone ya preparado, se producirá una situación que hace a la Argentina un país clave en cuanto a la cantidad y –si la parcialidad no me engaña–, a la calidad de la práctica y la producción teórica del psicoanálisis en esta patria del extremo del cono sur. Se trata de la inmensa cantidad de población inmigrante de casi todos los puntos del planeta convocada por el gobierno como mano de obra calificada. ¿Qué tiene todo esto que ver con el florecimiento del psicoanálisis en nuestra tierra?
Pues bien, se trata de ponerse a pensar en la tremenda exigencia que entraña para un aparato psíquico el hecho de adaptarse, por ejemplo, a una gran ciudad como lo es Buenos Aires para un sujeto que llega, por elegir un lugar, de la zona más rural y culturalmente rústica de Matera, Italia, donde se vivía literalmente en cuevas (hasta los años 50 o 60), conviviendo con animales para alimentarse y darse calor. Pasar a una gran ciudad y a trabajar en fábricas, o en grandes latifundios bastante industrializados o en casas de familia regidas por gentes de clase media o alta tocadas ya por esa mente abierta no resulta fácilmente elaborable. Italianos y españoles de origen rural constituyeron la mayoría de la masa inmigrante que hizo enormemente rica con su esfuerzo a la Argentina. Pero minoritariamente también llegaron migrantes convocados por el gobierno argentino desde todas las latitudes, hablando todas las lenguas y practicando todas las religiones, con diferentes modos de vida, obedeciendo distintos códigos educativos, sexuales, comportamentales. Y casi todos deberían vivir en los grandes centros urbanos argentinos, o en su pampa chata tan diferente de la Europa rural.
Los inmigrantes de Europa del Este, además, llegaban hablando lenguas sin ninguna raíz en común con el castellano de peculiar acento argentino, a un sitio que contaba con población urbana medianamente culta, católica, pero bastante desapegada de ritos y costumbres religiosas.
Sus hijos, nietos y bisnietos gozaron por lo general de un enorme ascenso social gracias al esfuerzo de sus ancestros y a la escolaridad gratuita y excelente. Pasaron a la clase profesional urbana. Pero no sin un gran costo para su subjetividad.
Estos descendientes de inmigrantes padecieron y hasta hoy padecen el choque, por así decirlo, entre los universos simbólicos de sus ancestros y los universos simbólicos medios del profesional o el intelectual argentino. La integración no solo depende de la buena voluntad del país que acoge. Buena voluntad que la Argentina tenía para el inmigrante europeo. Se trata de un esfuerzo enorme para cada inconsciente. Los hijos de un italiano o italiana provenientes de Matera o Sicilia, o de un asentamiento judío de Polonia, los de gallegos de La Coruña, no la pasaron de maravillas para adaptarse a los códigos de la pequeña o gran burguesía argentina.
En cuanto estuvo a su alcance el psicoanálisis, a esa herramienta acudieron. Y lo cierto es que esa herramienta se demostró muy eficaz. Luego, sus nietos no dudaron en servirse de ella a su vez.
No se puede afirmar que esta sea una respuesta canónica para explicar el auge del psicoanálisis en la Argentina, pero sin dudas es una hipótesis plausible para una vigencia que, aunque haya declinado, no deja de ser decisiva.
Médica psiquiatra y psicoanalista; su libro más reciente es Mentalidades. Forclusiones con y sin desencadenamiento (Cascada de Letras)


