¿Puede resurgir el marxismo?
Florencio José Arnaudo Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Los abusos de la economía capitalista que nos han llevado a la presente crisis y la aparición de gobernantes latinoamericanos que afirman simpatizar con el marxismo inducen a formularse la pregunta del título.
En 1818 nace en Alemania, en una familia judía que se convertiría al luteranismo, Carlos Marx. Como intelectual, dedicaría su vida a buscar una solución al problema social creado por la revolución industrial.
A los 30 años, con la colaboración de un gran amigo dos años menor, Federico Engels, publica el Manifiesto comunista , que conmueve a la sociedad liberal y fortalece las corrientes revolucionarias. En 1867, aparece el primer tomo de El capital , su obra máxima.
Tal vez la propuesta más original del marxismo sea la del materialismo histórico. Marx admiraba a Hegel, por lo que deseaba compatibilizar la filosofía idealista de éste con su propio materialismo. Entonces decidió utilizar la dialéctica hegeliana -creada para describir la evolución de las ideas- para explicar la evolución de la materia.
Tomó para eso tres de las leyes de Hegel y las utilizó para justificar el autodinamismo de la materia, su ascendente proceso de transformación y el espontáneo surgimiento de estados diferentes, como la vida o el pensamiento humano. Este extraño sistema constituye el materialismo dialéctico.
A partir de allí Marx sostuvo que si se aplica el materialismo dialéctico a la historia, se la convierte en una verdadera ciencia: el materialismo histórico. Es así como, dijo, por primera vez se puede explicar el pasado, interpretar el presente y predecir el porvenir con toda exactitud. Este criterio, que los más reconocidos historiadores consideran totalmente erróneo, tiene como base la certeza que tenía Marx de que la sociedad humana es sólo materia y, por consiguiente, debe seguir inexorablemente las leyes naturales. Como base del proceso histórico, coloca la lucha por la cotidiana subsistencia, que constituye indudablemente el primer objetivo humano. De allí deduce Marx que la estructura económica de la sociedad es tan importante que determina los restantes aspectos sociales y políticos de su época y, junto con ellos, la filosofía, el culto religioso, el arte y el derecho.
Según su teoría, la comunidad primitiva mantenía los medios de producción en propiedad común (tierras, rebaños) hasta que un grupo, utilizando la violencia, se apropió de ellos, con lo que forzó a los desposeídos a sometérseles para sobrevivir. La sociedad quedó dividida en clases: la de los propietarios, o explotadores, y la de los desposeídos, o explotados, y se ingresó en el régimen de esclavitud (amos y esclavos).
El diario enfrentamiento entre ambos sectores (la lucha de clases) provocó el cambio hacia el feudalismo (señores y siervos) para llegar finalmente al capitalismo, en el cual la lucha es entre burgueses y proletarios. Según Marx, el régimen capitalista caerá por la revolución proletaria. Ella conducirá a un régimen dictatorial socialista y, posteriormente, al comunismo, etapa que se prolongará indefinidamente, al desaparecer las clases sociales, cuya lucha constituye el motor de la historia.
Otro tema central del marxismo es la teoría de la plusvalía, que sostiene que todo beneficio empresario proviene del trabajo obrero no reconocido y, por lo tanto, impago. Para Marx existe una "mercancía", la fuerza de trabajo del obrero, que tiene la propiedad de incrementarse al ser utilizada. El empresario la compra a su valor de cambio en el mercado (el salario de supervivencia) y la utiliza el mayor tiempo posible para que proporcione un beneficio cada vez mayor, al que Marx llama plusvalía.
Esta idea no era novedosa, Adam Smith había dicho que el beneficio empresario nacía del trabajo del obrero, pero tácitamente lo consideraba compensado por la iniciativa, creatividad y riesgo de perder todo lo invertido que ponía en juego aquel.
Coincidiendo con los socialistas, a los que llama utópicos, Marx no encuentra otra solución a la cuestión social que la abolición de la propiedad personal de los medios de producción. Eso ocurrirá cuando el proletariado tome el poder a través de la revolución socialista e imponga una dictadura. Los medios de producción serán estatizados y pasarán a pertenecer al pueblo lo que provocará un extraordinario incremento de la producción, porque en la sociedad capitalista el trabajador está desmotivado, al comprobar que le arrebatan el fruto de su trabajo y, en cambio, con el gobierno socialista todos se esforzarán porque verán que trabajan para sí mismos al ser ellos los propietarios.
Los precios de los productos no los determinará el mercado, que desaparecerá, sino el propio gobierno proletario. Al cabo de un lapso de impredecible duración, se llegará a la sobreabundancia de bienes y se adquirirá el hábito de respetar las reglas, lo que hará cada vez más innecesaria la acción del Estado, que se extinguirá gradualmente hasta desaparecer. Es entonces cuando se llegará a la sociedad comunista (que hasta ahora no ha existido en ningún país del mundo). En ella no habrá gobierno sobre las personas y desaparecerá la división social del trabajo. La sociedad corregirá cualquier abuso. Todos trabajarán espontáneamente de tal modo que se pueda aplicar el lema: "De cada uno según su capacidad y a cada uno según sus necesidades".
Ningún país pudo pasar de la etapa socialista. Rusia y China ya abandonaron su economía colectivista y Cuba languidece en un estatismo extenuante. Los economistas dicen que una economía sin mercado no puede subsistir, porque se desconoce el valor de cambio de las cosas, que suele resultar muy diferente al valor de costo. Sin negar esto, creo que la causa principal del fracaso fue la infantil ilusión de Marx: supuso que, por el solo hecho de que las leyes los declararan propietarios, los obreros iban a trabajar con un interés excepcional.
No basta la propiedad teórica a través del Estado sin disponibilidad ni goce. A nadie le cambia la vida ser dueño de un bien que no puede administrar ni disfrutar. Mucho contribuyó a la derrota del marxismo que el capitalismo se humanizara, gracias a los sindicatos y a las leyes laborales obtenidas merced al sufragio universal.
Los intelectuales de Europa fueron desilusionándose de la doctrina marxista. La cruel dictadura de Stalin provocó importantes efectos disuasorios. El materialismo dialéctico fue aplastantemente refutado por los mejores filósofos y el materialismo histórico encontró sus verdugos entre los propios marxistas, como Lenin y Gramsci.
Los últimos coletazos del marxismo arraigan en el subdesarrollo. Los gobernantes demagogos y populistas suelen invocar a Marx como un gran apóstol de la igualdad. Las mayorías populares creen que con la distribución del capital acumulado es suficiente para crear el bienestar general. No comprenden que el capital es sólo productivo cuando se concentra en medios de producción manejados por quienes saben hacerlo y ponen todo su interés en ello.
Muy pocos conocen a fondo la doctrina marxista. Considero imposible que hombres como Chávez, Correa o Morales hayan leído El capital . Ni siquiera habrán tenido tiempo de leer el popular resumen de Deville. Se proclaman marxistas sin serlo. Eso sí: debe recordarse que en la sociedad humana es ley histórica que el fuerte trate de explotar al débil y que, si bien el marxismo doctrinario ha muerto, la injusticia subsiste. Hasta que no se la combata eficazmente permanecerá latente la posibilidad de que surjan rebeliones sociales impulsadas por infaltables demagogos. e_SCrt LA NACION



