
Puerto Madero, una fiesta
El Puente de la Mujer, de Puerto Madero, se ha convertido en la versión nativa del Puente de los Suspiros. Quienes han pagado fortunas allí sienten que su inversión puede quedar reducida a los valores de Villa Riachuelo, si es que prospera el merendero comunitario que hoy se proponía inaugurar Raúl Castells. Y este sentimiento no se reduce a los dueños de los negocios vecinos que sospechan que su clientela VIP no encontrará satisfacción en su filet mignon si sabe que pocos metros más allá hacen cola por un cucharón de locro desabrido. Idéntica pesadilla angustia a los mozos del valet parking, que ya se ven estacionando carritos de cartoneros. Y sienten lo mismo el anciano magnate que ha puesto allí algún vuelto para contentar a una señorita de pocos años, el medio pelo que ha empeñado hasta el relicario de su abuela para comprar un dos ambientes con vista al río, la vedette pechugona en el cenit de sus tres días de gloria que ha puesto hasta el último vintén de su penúltimo divorcio y el turista high class que puede darse el gusto de rentar una suite en el hotel más exclusivo para asistir a clases de tango en un peringundín del Once. Para ellos esta situación sólo puede compararse con la del Jockey Club cuando estaba en la calle Florida y el gracioso peronismo de entonces le puso enfrente un maloliente puesto de pescado. Que el club terminara incendiado varios años después no puede sino agregar siniestras analogías con este otro incendio, no flamígero, que a juicio de vecinos y comerciantes acecha Puerto Madero.
Pero ojo, también se puede dar con tipos que piensan todo lo contrario y están confiados en que la presencia allí del célebre Castells y su legión de desheredados puede incentivar el turismo local y, sobre todo, foráneo hacia el barrio. Y que los visitantes, después de sacarse fotos con el piquetero y su compañera, con el trasfondo de letreros pródigos en reivindicaciones sociales e imágenes del Che Guevara, concurran emocionalmente cumplidos a degustar las delicias de la más selecta gourmandise en los restaurantes de los alrededores. Es decir que ese comedor asistencial significaría una ventaja para Puerto Madero, de la que carecen Las Cañitas o Palermo Hollywood.
Ahora bien, lo que tampoco puede descartarse es que el mismo Castells, en lugar de instalarse allí como una suerte de Sansón de larga melena entrecana, dispuesto a morir él con todos los filisteos llevando a Puerto Madero al infortunio, recapacite y advierta que el destino ha puesto entre sus manos un negocio fenomenal, del que puede sacar como para darle a su gente todos los días cuadril del medio con ensalada de rúcula, postre de vigilante y hasta media botella de tinto del bueno. Para lo que le bastaría con abrir allí mismo un restaurante con precios cinco estrellas pero menú de cantina, como ser, sopa de dedalitos, picada de mortadela y queso de máquina, guiso de mondongo y chuño, vino de la casa en pingüino de cerámica y soda de sifón, que se constituiría en un periquete en el punto más snob y concurrido de BiEi. “Pero sí, maestro –dijo entusiasmado el reo de la cortada de San Ignacio–, y si lo atienden ellos mismos, hasta yo me aparezco por ahí el día que cobro la jubileta. Porque, dígame, jefe, ¿qué otra oportunidad voy a tener de sacarme una foto con un candidato a presidente y que la candidata a vice me sirva los ravioles?”





