Qué es eso del Segundo Mundo
El canciller Adalberto Rodríguez Giavarini encuadró la Argentina, por fin, en el lugar que le corresponde. En Egipto, a la sombra de la pirámide de Keops, dijo: "Ciento noventa años de sobresaltos políticos y económicos nos contemplan. Por lo tanto, la Argentina es un país cómodamente instalado en el Segundo Mundo".
De acuerdo con un definición acuñada en foros diplomáticos internacionales, país del Segundo Mundo es todo aquel que combina ricas potencialidades humanas y naturales y una clase política de morondanga. Sólo una prolongada secuencia de gobiernos a la violeta, miopes y no visionarios, a menudo pícaros y malentretenidos, promueve la desgracia de que un país con capacidades para integrar el círculo superior juegue los compeonatos de ascenso.
No hay martingala ni ley de probabilidades que avalen la conjura de una secuencia tan deplorable, pero ahí está la Argentina para probar que la excepción hace a la regla: el país viene soportando los ramalazos de esa desdicha desde que los ciudadadanos que hoy peinan canas, o se las tiñen, aprendieron en la escuela primaria a dibujar palotes y a nutrir su orgullo porque habitaban el granero del mundo, una patria ubicada entre los top ten de la prosperidad, cuya pujanza intelectual era comparable a la de sus fornidas arcas fiscales.
Por entonces, cualquier esfuerzo honrado rendía frutos y nadie dudaba de que Vicente López y Planes había anticipado con acierto la noticia de que emergía a la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación. Por entonces no hacía falta que un presidente demandara un sacrificio más, el último, siempre el último, porque todos los esfuerzos eran inaugurales, proporcionaban recompensa y contribuían al progreso personal y al bien común.
Paradójicamente, en cuanto los presidentes debieron exigir sacrificios, en discursos que enseguida incluían un párrafo de cuento de hadas, la ciudadanía vistió con el sayo del descreimiento a la clase política y, de paso, a tanto mandamás de facto, mesiánico, colado en ella por la ventana de la prepotencia. Los argentinos pueden creer en la Difunta Correa y en los platos voladores, pero no en sacrificios a cuenta de una nueva y gloriosa Argentina primermundista.
Destino y pecados
Los países del Tercer Mundo aparecen nimbados por la triste suerte de una pobreza congénita y merecerían pena y ayuda si no fuera porque el espíritu solidario no atañe a la globalización ni obtiene en Internet tantos sitios como Pamela Anderson. Los del Segundo, en cambio, lo tuvieron todo para sumarse a los de la categoría superior, menos estadistas probos y democráticamente confiables que se sucedieran coherentemente en el manejo de la cosa pública por un tiempo semejante al que la Argentina dilapidó en demagogos, enamorados del poder y dictadores fatalmente enredados en la hiedra del fracaso. Si esos países jamás fueron dueños absolutos de su destino es porque una tracalada de torpezas les hizo perder el rumbo.
Ha de ser por eso que el reconocimiento del canciller Rodríguez Giavarini duele tanto como la confesión de excesivos pecados de miopía social y soberbia política.




