¿Qué es sexo normal?

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
También el beso puede desaparecer. ¿Por qué no?
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15 de abril de 2014  • 00:24

Acaba de estrenarse la película Her, de Spike Jonze, con Joaquin Phoenix y Scarlett Johansson en la pareja central. Sólo que ella aparece exclusivamente como una voz. Nunca se la ve. Siendo que la actriz tiene una garganta fabulosa, una risa sensual y un tono de seda, es indudable que ha sido bien elegida.

La historia transcurre en la ciudad de Los Angeles, en un futuro próximo, digamos 2020. En otras palabras, vemos allí costumbres y tendencias que ya existen hoy, en nuestro mundo. Falta muy poco para que Her sea una historia costumbrista ambientada en el presente absoluto.

Él trabaja en una compañía de comunicaciones. Su tarea consiste en escribir cartas personales para la gente que solicita este servicio: por ejemplo, una mujer que cumple 50 años de matrimonio con su marido. Phoenix dicta el texto a una computadora y el contenido va apareciendo en la pantalla, manuscrito. Obviamente, el disco rígido central contiene la letra de la mujer, sus expresiones habituales, su pensamiento, su personalidad. Una vez que queda conforme con la carta que ha escrito para que Loretta salude afectuosamente a John, el redactor la imprime y entrega a sus jefes. En una sola jornada, ha escrito 28 cartas diferentes. La tarea se desarrolla en una oficina donde una docena de redactores habla en voz baja, cada cual con su computadora, dictando cartas para la gente.

Utilizan la computadora, el teléfono celular, la música grabada, el micrófono y otros mil servicios cibernéticos para transmitir sus sentimientos, ya que cara a cara les resulta totalmente imposible

Obviamente, la historia habla de un mundo donde nadie puede expresar sus sentimientos. Las personas utilizan la computadora, el teléfono celular, la música grabada, el micrófono y otros mil servicios cibernéticos para transmitir sus sentimientos, ya que cara a cara les resulta totalmente imposible.

La gente va por la calle hablando sola. Cada uno con su teléfono celular manos libres, solicitando al micrófono música, o sala de chat, o noticias, o mensajes recibidos, o "borrar", o responder, o llamar a Carlitos, a Noelia, a mamá, a papá, a la oficina. Y así van por la vida charlando con su gente, sin rozarse con nadie en el subte, en la vereda, en el cruce de la avenida. Algunos llegan a sus casas y tienen cibersexo con sus amantes. A nadie tocan físicamente: no besan, no golpean, no acarician.

Este mundo, tan raro, es el mundo en que ya vivimos.

En el subte, Phoenix se detiene ante un stand del Sistema Operativo de Inteligencia Artificial. Se trata de adquirir una conciencia, que dialogará con nosotros a través del celular, asesorándonos en materia de trabajo, relaciones, ideas, recuerdos, proyectos. Phoenix contrata el servicio, llega a su departamento de recién divorciado y configura el sistema en su pantalla personal. Elige que su conciencia tenga voz femenina, y así aparece en su auricular la deliciosa Scarlett Johansson. De ahí en más ella revisa su disco rígido, charla, bromea, ayuda, induce, seduce, interroga, responde, todo en un susurro íntimo.

En el mundo de ciberadicciones donde vive Phoenix, la profunda y cálida Scarlett se convierte en una droga. Él la necesita, quiere tenerla permanentemente en el oído, se enamora de ella. Finalmente, tienen cibersexo. Cierto día, él padece un ataque de celos: furioso porque en determinado momento no pudo localizarla, le pregunta si está viendo a alguien más. Scarlett responde: "No te pongas mal, yo hago lo mismo con otras 779 personas". Claro, ella no es una persona: es una voz grabada que responde a una computadora, cuyos circuitos funcionan mucho más rápido que la mente humana. Por lo tanto dialoga con un tipo –o una mujer- mucho mejor que su propia esposa. Anticipa, adivina, intuye. Sabe.

Esto no es normal, dirán ustedes. Esto es patológico. Esto es adicción pura. Tal vez. Pero otras personas van a comer a un restaurante y no pueden dejar de chequear sus celulares, para ver si hay mensajes recibidos –y contestarlos- para atender a alguien que llama desde afuera, para ver una foto otra vez. La persona que tienen sentada frente a ellos, en la mesa del restaurante, puede ser perfectamente atractiva. Pero tiene un inconveniente: es de carne y hueso. Los electrodomésticos son más dóciles. Brindan servicio. Carecen de manías, caprichos, dolor de muelas, caspa, distracciones.

La persona que tienen sentada frente a ellos puede ser perfectamente atractiva. Pero tiene un inconveniente: es de carne y hueso

El inteligente director Spike Jonze (que estuvo casado con Sofia Coppola) nos pone frente a nuestra vida. ¿Somos normales? ¿Somos adictos? ¿Tal vez mutantes?

En su libro sobre los indios onas de Tierra del Fuego, titulado Los selknam, la antropóloga americana Anne Chapman explica que los onas nunca se besaban. No conocían esta extraña costumbre. Era común que el marido golpeara a su mujer (tenía todo el derecho del mundo) y también podía, eventualmente, golpear a su ex mujer, es decir, la chica que el hombre había devuelto a sus padres por encontrarla de baja calidad.

Los onas ya no existen. Se han extinguido. En efecto: las etnias, las costumbres, las razas, mueren un día y son reemplazadas por otras.

También el beso puede desaparecer. ¿Por qué no?

La red Faceboook, para su versión en lengua inglesa, está incorporando cincuenta nuevas categorías a las opciones de perfil para sus abonados. En materia de definición sexual, pueden ser hombre y mujer pero además otras cincuenta condiciones. Por supuesto, gay, bisexual, trans, travesti o "crodssdresser", trisexual, poliamoroso, swinger. Se incluye la clasificación "two spirits" (dos almas) tomada de los indios sioux del Viejo Oeste. Para ellos, efectivamente, había algo sagrado y respetable en el homosexual, que solía desempeñar la función de chamán, médico brujo o hechicero. Algo similar ocurría entre los primitivos guaraníes y aymaras. ¿Es normal lo de Facebook? ¿Es verdad lo que cuentan algunos cronistas de Indias acerca de los aborígenes americanos del Siglo XVI? ¿Cómo podemos comprobarlo?

Ninguno de nosotros vivió en el pasado. Tampoco conocemos la opinión que tendrán en el futuro, dentro de cinco o diez años, o en un planeta ubicado a un millón de años luz, sobre nuestras inexplicables chifladuras.

En su libro Memorias de un cautivo, Santiago Avendaño cuenta las costumbres de los ranqueles de 1840. Un vecino visita a un padre de familia en su toldo. Allí charlan tranquilamente. En determinado momento, pasa correteando una hijita del anfitrión, de 10 años, y el visitante repara en ella. La mira y, mojando su dedo en saliva, la marca en uno de los bracitos morenos: ¿Dentro de unos años, me la vas a dar por esposa? El padre debe pensar muy bien lo que va a responder. Si contesta que no quiere darle a su hija, se habrá ganado un enemigo eterno, de segura venganza. Si prefiere darla a otro, el precio que reciba por ella tendrá que cederlo al candidato desechado, para desenojarlo. De cualquier modo, la niña a lo mejor se enamora, al tiempo, de algún muchachito de su propia toldería, y entonces habrá que convencerla de que se case con Fulano o Mengano, por amor a su familia.

Imaginemos lo que ocurriría en nuestra mente si la radio nos dijera al oído que "el mundo ha cambiado mucho desde la gran fusión de India y China". La sola idea convierte a Rusia, Brasil, los Estados Unidos, Argentina y Canadá en un grupo de países enanos.

Spike Jonze ha realizado una obra de arte, pero también un viaje. Un mal viaje.

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