Qué hacía Helena en plaza Irlanda

Hinde Pomeraniec
Hinde Pomeraniec PARA LA NACION
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17 de octubre de 2016  

La novela apareció en 2005 y recuerdo que quise leerla en ese momento; cómo no iba a querer leerla si la novela se llamaba -se llama- Plaza Irlanda y desde 1997 vivo a tres cuadras de esa plaza hermosa de Buenos Aires, corazón verde de nuestras vidas. Las bicicletas, el pochoclo y la calesita. Los berrinches, las carcajadas, los porrazos. La vuelta al perro con mi perro. Los atardeceres de domingo, estirados para que la llegada de la noche pasara desapercibida. Recuerdo también que cuando dije "quiero leerla", alguien me contó que era una gran novela, pero que era triste. "Es muy triste: es de duelo", me dijeron, y fue por eso que dije no; por entonces todavía solía decirle no a leer voluntariamente historias de pérdidas y de la vida que sigue a esas pérdidas, pero fundamentalmente a las pérdidas de los amores y a la abrupta interrupción de una vida de a dos.

Nueva edición de la novela, editada por Clubcinco
Nueva edición de la novela, editada por Clubcinco

Hace algunos años que la literatura de duelo ya no me provoca temor ni rechazo. En este tiempo en el que se me sumaron años leí mucho, muchísimo de esta clase de narrativa y creo que el libro con el que pude romper ese prejuicio fue Patrimonio, de Philip Roth, las extraordinarias memorias en las que el estadounidense le rinde tributo a su padre. Luego vinieron otra clase de memorias, que manejan la hibridez como principio del género literatura de duelo, entre los que hay mezcla de autobiografía y crónica (los libros de Joan Didion El año del pensamiento mágico y Noches azules), o de autobiografía y novela ( También esto pasará, de Milena Busquets, o Niveles de vida, de Julian Barnes), o de autobiografía e historia ( La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero). Plaza Irlanda, la novela de Eduardo Muslip (1965) recientemente reeditada, es pura ficción. Y es, efectivamente, tal como me habían advertido, una historia dominada por la tristeza más absoluta, pero en la que lo trivial y el modo distante de narrarlo logran que la melancolía no sea un arrebato romántico, sino un estado en suspenso que se despliega ante la radicalidad de la muerte.

"Nunca supe qué hacía ella en plaza Irlanda", así comienza la novela de Muslip. Ella es -era- Helena, la mujer del narrador, que murió atropellada por un colectivo fuera de control mientras caminaba por la calle Donato Álvarez, entre Neuquén y Franklin. Todo lo que sigue a ese comienzo denso, abrumador, inolvidable es el detalle presente de la vida en automático del protagonista, que, mientras cuenta cómo se va desprendiendo de los libros, los objetos y las ropas de su mujer y cómo aprende a vivir sin ella, narra también cómo llegó Helena -como la de Troya- a su vida y cómo le avisaron que la perdió, dos meses atrás. Son tres planos para el romance y la tragedia, en un ida y vuelta en el tiempo que llega a través del minucioso relato del narrador -un amante de los mapas- junto con datos menores, irrelevantes, y con el recordatorio obsesivo de páginas y páginas marcadas con cruces en una guía de la ciudad, recortes de diarios pegados en un corcho, el recuerdo de gestos mínimos y los modestos relatos mitológicos de un hombre enamorado. Qué hacía Helena en plaza Irlanda, por qué estaba ahí, por qué justo tuvo que estar ahí, es la pregunta sin respuesta.

Llegar tarde a Plaza Irlanda me permitió leer al propio Muslip contando, en un posfacio, que la novela fue publicada en 2005, pero que había sido escrita en 2001 y ciertamente, hay algo de atmósfera apocalíptica que lo envuelve todo. También me permitió enterarme de que el origen de la historia está en una novela breve que el escritor Elvio Gandolfo le regaló: Las cosas de la vida, del francés Paul Guimard, que cuenta la historia de un hombre que tiene un accidente automovilístico y mientras está en coma reflexiona sobre su vida. En la guantera del auto accidentado aún conserva una carta que escribió una vez en la que pensó en separarse de Hélène, su esposa, aunque más tarde decidió no enviarla. Pero la carta sigue allí y él ya no podrá contarle a ella cuándo la escribió y por qué la desestimó. Y entonces, cuando leo esto, llegan en torbellino las imágenes de la película del mismo nombre dirigida por Claude Sautet y protagonizada por Michel Piccoli y Romy Schneider, una película que debo haber visto por TV o que tal vez vi en el cine años después de su estreno, en algún ciclo de cine francés de esos que frecuentábamos entonces, cuando el matrimonio era algo que les pasaba a los otros y la muerte estaba tan lejos. Una película que posiblemente no debí entender del todo entonces, aunque la intensidad de la historia se haya procurado para siempre un lugar en mi memoria, algo que seguramente ocurrirá con la novela de Muslip, una de las ficciones más conmovedoras de la narrativa argentina de los últimos años.

Twitter: @hindelita

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