
Qué significa Maastricht
Por Rodolfo H. Terragno Para LA NACION
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ES la ciudad más antigua de Holanda. Creció a partir de un campamento que, 50 años antes de Cristo, los romanos levantaron sobre el río Mosa. El obispo Servacio le llevó el cristianismo y la convirtió en un sitio de peregrinaje medieval. En el siglo XVI, España luchó por esta plaza fuerte y la ocupó por un tiempo. Durante su breve dominio, los españoles podrían haberle dado otro nombre, en reemplazo del impronunciable Maastricht . Sin embargo, todo lo que hicieron fue sustituir una a por una e : en España se escribe Maestricht .
En los últimos años, la ciudad se hizo famosa por algo ajeno a su pasado romántico: fue allí donde se firmó, en 1992, el tratado que dio origen a la Unión Europea y delineó un plan para llegar a la moneda única, el euro.
La Unión Europea es un éxito porque sus arquitectos advirtieron que la convergencia cambiaria era tan importante como la fiscal. El tratado fijó cinco requisitos (en lenguaje diplomático, "criterios") que todo país miembro debía cumplir si quería sustituir, en 1999, su moneda nacional por el euro. El más urgente comenzó a regir en 1993:
- Equilibrio cambiario. Los miembros debían incorporarse a un mecanismo de tasas de cambio (ERM, en inglés) y atar su signo monetario a una moneda virtual, la unidad monetaria europea (ECU, en inglés). El marco, la peseta o el franco no quedaron "irrevocablemente fijos" al ECU hasta 1998, pero la fluctuación autorizada era mínima.
Para los otros cuatro criterios, había plazo hasta 1997. Los países miembros tenían, así, cinco años para completar este cuadro "macroeconómico":
- Equilibrio fiscal. Déficit no superior al 3 por ciento del PBI.
- Deuda limitada. Deuda pública no mayor del 60 por ciento del PBI.
- Bajas tasas de interés. Sólo 2 puntos por encima de un promedio: el formado por los tres países de la Unión Europea donde el crédito de largo plazo fuera más barato.
- Precios estables. Una tasa de inflación similar a la de los tres miembros con mayor estabilidad: a lo sumo, 1,5 por ciento más alta.
El tránsito no fue fácil. Hubo incontables obstáculos, conflictos y retrocesos. Pese a todo, el 1º de enero de 1999, once países pudieron reemplazar sus monedas nacionales por el euro.
Rumbo para el Mercosur
Aunque las situaciones sean distintas, la construcción de la Unión Europea ha dejado enseñanzas que pueden ayudar a crear, a partir del actual Mercosur, un verdadero mercado común sudamericano. El rumbo correcto fue señalado por el presidente de la Nación. A partir de su inequívoca voluntad de construir ese mercado común, Fernando de la Rúa ha propuesto avanzar hacia un Maastricht.
No se trata de iniciar un galope frenético: en Europa pasaron treinta años entre la creación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, embrión de la Europa única, y el Tratado de Maastricht.
Tampoco se trata de mantener un trote pausado: la globalización obliga a que las relaciones internacionales tengan hoy un ritmo distinto del que los países se permitían antes de los años 90.
Por ahora, el paso es prudente y firme. El Mercosur, que un año atrás parecía agonizar, ha recobrado su salud. Las recientes negociaciones con Brasil, conducidas con tino y eficacia por ambas partes, han aventado fantasmas y reafirmado la voluntad de asociación.
El éxito inmediato no debe hacernos perder de vista el horizonte. Más temprano que tarde, los miembros del Mercosur deberán acordar programas de convergencia.
¿Bastará con la convergencia fiscal? Europa parece indicar que no. La Unión Europea es un éxito porque sus arquitectos advirtieron que la convergencia cambiaria era tan importante como la fiscal.
Pasos de la convergencia
En verdad, Europa empezó la convergencia cambiaria mucho antes de Maastricht. Fue en 1971, cuando se creó la Unión Económica y Monetaria (EMU, en inglés), que tenía dos objetivos: la estabilidad cambiaria y la integración de los mercados de capitales.
Un año más tarde, apareció "la serpiente": ninguna moneda podía "subir" más del 1 por ciento ni "bajar" más del 1 por ciento. Los leves movimientos cambiarios se asemejarían a los de una serpiente dentro de un tubo muy angosto.
Hubo, es cierto, interrupciones y fracasos. Ningún país se resignaba a perder su autonomía cambiaria.
En 1979, se puso en marcha un sistema más refinado: el Sistema Monetario Europeo (EMS, en inglés) y, como parte de ese sistema, el ERM. Fue entonces cuando nació el ECU, que resultaba de poner todas las monedas europeas en una "canasta" y sacar un promedio.
Cada moneda nacional tenía su valor en ECU y muy poco margen para fluctuar: las más fuertes no podían "subir" o "bajar" más del 2,5 por ciento; las más débiles, hasta un 6 por ciento. Sin embargo, en caso de ascenso o descenso irreprimible había una solución: la proveía el Fondo Europeo de Cooperación Monetaria (EMCOF, en inglés). Este fondo compensador salía a comprar cuando una moneda caía demasiado, y a vender cuando subía más de la cuenta. Con la firma de Maastricht, el ERM se tornó obligatorio.
Europa decidió equiparar monedas y, una vez logrado esto, homologar índices macroeconómicos. En el Mercosur, hay quienes creen que debemos recorrer el camino inverso: asegurar la disciplina fiscal, preservar la estabilidad, contener el endeudamiento y dejar para lo último la discusión sobre las paridades. Algunos hasta piensan que, asegurado el equilibrio macroeconómico, las diferencias cambiarias no tendrían importancia. Es una hipótesis que deberíamos someter a un cuidadoso análisis.
Teniendo en cuenta la experiencia europea, no parece prudente que excluyamos toda posibilidad presente o futura de crear un mecanismo de nivelación cambiaria. Es ésa la sugerencia que he hecho pública en los últimos días.
Los europeos procuraron asegurarse, entre sí, términos de intercambio equitativos y estables. De ese modo, unificaron sus mercados. Eso permitió que aun países "débiles", como España o Irlanda, a los cuales se suponía incapaces de cumplir los criterios de Maastricht, llegaran a 1997 con las mejores calificaciones.
La unión perfecta
El equilibrio macroeconómico no fue sólo consecuencia de los ajustes fiscales que los signatarios de Maastricht hicieron entre 1992 y 1997. El mercado único aceleró el crecimiento y aun las economías menos promisorias vieron fortalecidas sus finanzas públicas.
Sería poco sabio negarse a examinar la secuencia de los pasos dados en Europa para llegar a lo que ansiamos en el Mercosur: una unión perfecta, que multiplique la inversión y la competitividad de cada uno de sus miembros.





