¿Qué ves cuando no ves?

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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31 de octubre de 2020  • 00:05

En una de las entradas de Nubarrones, "breviario intermitente", el ensayista Enrique Lynch anota "La belleza es una permanente interrogación". La entonación aforística, si es que la había, queda impugnada por lo dicho: una interrogación permanente no admite respuesta conclusiva. La estética, en cuanto estudio de lo bello, parece quedar así impotente, aunque podríamos con el mismo derecho pretender que una interrogación permanente pide episódicas respuestas a esa pregunta que acaso, cómo saberlo, es única. Lynch, que no reivindica para sí el campo de la filosofía del arte, tiene algunas. Este año, hace apenas unos meses, publicó en España, donde vive, Ensayo sobre lo que no se ve (Abada), que es, en principio, una consideración sobre las imágenes y la visión, pero esto no quiere decir que no esté implicada la belleza, sobre todo por algo que él mismo explica, que lo bello es probablemente la única razón por la que estar en el mundo tenga algún sentido. En otro pasaje, sin embargo, pone algunas cosas en su lugar: "En el fondo, esta tradición teórica -la estética- deriva de uno de los errores más graves cometidos por la cultura moderna que se inicia en Europa a comienzos del siglo XVIII: la autonomía del arte y la consecuente (o concomitante) autonomía de la estética como disciplina teórica. Ambos han resultado ser extravíos que llevan de manera inexorable a delirios organizados y a un buen número de galimatías y tremendos atolladeros conceptuales de los que nadie ha conseguido salir indemne, que yo sepa". Aquello que fue bien pensado, puede encontrar una formulación que sea necesariamente ardua, pero no es nunca un galimatías. Lynch no oscurece nunca las aguas para que parezca profundas.

Como sea, el problema de la imagen (¡qué bien hace Lynch en no tomarse en serio a los profesionales de la "cultura de la imagen"!) trae consigo una previa consideración de la obra de arte: "Cualquiera que sea el contexto, a la obra de arte se le ha de atribuir un signo de distinción y, aunque puede ocurrir que no haya razón que explique en qué consiste tal distinción, una vez establecida, de inmediato se le presupone un origen específico [...]. La primera transformación de un objeto corriente en algo distinto tuvo lugar cuando nuestros lejanos antepasados separaron un trozo de madera o una piedra y empezaron a contemplarlos de otra manera". Lynch no es particularmente devoto de Hegel, pero no sería impropio forzar una relación entre la presunción del primero y la certeza del segundo, según la cual el arte nació para que el nombre redujera la extrañeza del mundo. Aunque parezca que no, las imágenes están en el corazón de ese asunto. "Todas las imágenes son ambiguas", anota Lynch. Lo son porque son imagen y son más que imagen. Bien podría pensarse en la imagen como apariencia de lo que no podemos ver y que no sólo está referido en la imagen sino que habita en ella misma. En fin, tendrá que disculpar el lector que vuelva a citar a Lynch, aunque, para ser honestos, en el quid pro quo saldrá siempre ganando. "No solo habría que estudiar las homologías entre cristianismo y arte, sino además el cristianismo en particular, toda vez que su doctrina recoge la dualidad platónica de apariencia y ser, a la vez que intenta un acoplamiento o síntesis de lo sensible y lo inteligible, de la sensibilidad y el concepto, que se corresponde teóricamente con la unidad postulada del alma y el cuerpo...". Más adelante también: "Una pintura o incluso cualquiera de las obras llamadas 'de arte' (música, poesía, escultura, etcétera), en la medida en que funciona como símbolo, es siempre representación de algo, aun cuando no sea estrictamente figurativa. Ocupa el lugar de lo representado, aunque solo sea porque resulta de un procedimiento de simbolización". En el caso de la música, sin espesor semántico, la imagen no pierde su carta de ciudadanía, puesto que puede ser entendida como metáfora, y esto queda probado por el arsenal de palabras pictóricas que pueblan en vocabulario de la música.

Es probable que esa dialéctica entre "lo que se ve" y "lo que no se ve" en lo que se ve sea la interrogación permanente de la belleza, es decir, de la obra de arte. Esa interrogación, en un involuntario rapto barroco, se aplica al estilo de Lynch. La suya no es una literatura que tenga la veleidad de coquetear con la filosofía; es, más bien, una filosofía que no puede (ni quiere) desentenderse de las responsabilidades del estilo. Dije "estilo". ¿Y qué sería el estilo para Lynch, maestro de "prosa y circunstancia" (así se llama su libro más justamente celebrado)? Volvamos al principio, a Nubarrones: "Escribir es como montar a caballo, porque el lenguaje es como un corcel [.] El jinete cree que es él quien lleva las riendas pero es el caballo el que reconoce al buen jinete y, finalmente, decide complacerlo". Uno no puede sino rendirse ante quien tiene firme las riendas para dejarse llevar a donde quiere.

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