
Quién es el hombre que juzgará a Pinochet
Cercano a la derecha, el magistrado llegó a la Justicia gracias a Allende; lento y métodico, hoy está en el ojo del huracán.
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SANTIAGO.- Desde que salió sorteado para hacerse cargo de las querellas en contra de Augusto Pinochet, la vida del juez chileno Juan Guzmán Tapia ha estado marcada por las paradojas.
Hombre de derecha, le debe su ingreso en la carrera judicial a Salvador Allende, que debe estar mirando incrédulo desde el más allá cómo su elegido está a las puertas de enjuiciar a la cabeza del régimen militar que lo derrocó. No se amilanó para someter a proceso a tres generales en diferentes causas, pero se abstendrá de realizar cualquier diligencia judicial hasta octubre por respeto a la celebración del mes del ejército y de distintas fiestas patrias que tendrán lugar en septiembre.
A los 61 años, Juan Salvador Guzmán Tapia se ha puesto en el ojo del huracán con su causa contra Pinochet. Le soplan vientos en favor y en contra. Entre los comentarios frecuentes suele oírse que este magistrado de la Corte de Apelaciones de Santiago es un juez valiente y consecuente, o que encontró en el senador un peldaño para ascender a la corte suprema; o que se ha dejado influir políticamente.
Su padre, Juan Guzmán Cruchaga, era un reconocido poeta. Siguiendo al progenitor en sus destinaciones como escritor-diplomático, el futuro juez se formó en doce colegios diferentes. Nació en El Salvador, aprendió a escribir en inglés en San Francisco, donde el padre fue cónsul por cuatro años. Venezuela, Washington y Buenos Aires fueron otros de los lugares en que vivió. Terminó sí su enseñanza media en el Saint George´s College, de Santiago.
Ambiente literario
Gracias al ambiente en que se crió, emergió un juez con una amplia cultura. A los 15 años leía los clásicos, se confiesa un amante de la literatura inglesa y tradujo a Rudyard Kipling. Muchos artistas renombrados fueron amigos de la familia. Pablo Neruda le era una persona cercana y también conoció en Estados Unidos a Gabriela Mistral.
"Parece tímido, sin carácter -dice un amigo-, pero eso responde a su educación, que se traduce en jamás desmedirse, ni en los gestos ni en las palabras. Tiene una fortaleza interior que engaña a cualquiera porque detrás del trato gentil hay fuertes convicciones e integridad moral."
Del progenitor heredó la afición por la escritura. Algunas de sus amistades, entre los que reparte sus cuentos, aseguran que cuando se jubile dará que hablar en ese terreno. Tiene también una novela inédita -Los Pobres de Espíritu, que transcurre en el Mayo Francés- y ha publicado dos libros sobre derecho.
Cuando Pinochet fue detenido en Londres, en octubre de 1998, el magistrado había acogido once de las trece querellas que se habían presentado en su contra. El número subió a cuarenta y seis al cabo de un año. Actualmente alcanzan las 160.
El encuentro con Allende
A su mujer -la francesa Inés Watine Lefébvre, sobrina directa del cismático monseñor Henri Lefébvre- la conoció en 1967 haciendo dedo en Francia, donde estuvo becado para estudiar Filosofía del Derecho en La Sorbona. Con ella tiene dos hijas, de 28 y 23 años.
Ya casado regresó a Chile en 1970, decidido a abrazar la carrera judicial porque, según decía, como abogado no sabía cobrar. Pero eran tiempos de la Unidad Popular y veía imposible que lo designaran para el humilde cargo que pretendía: receptor judicial en Valparaíso. Gracias a la intercesión de un amigo consiguió que el presidente Allende lo recibiera. La anécdota ha sido contada por él mismo a sus íntimos. El mandatario le preguntó qué esperaba de él y Guzmán le explicó que estaba interesado en el modesto cargo.
-¿No es hijo de Juan Guzmán Cruchaga? -le espetó el mandatario.
-Sí...
-Pero, ¿usted no es de mis ideas?
-No, pero necesito trabajar y acabo de regresar al país...
Allende se quedó mirándolo. "Bueno, póngase de pie y como usted va a hacer la carrera judicial, hágame una promesa: mientras sea juez, nunca condene la pobreza." El futuro magistrado se levantó, le hizo la promesa y Allende lo despidió asegurándole que iba a cursar su nombramiento.
Su carrera en la Justicia anduvo a pasos mucho más rápidos que los de su animal favorito, la tortuga, del que ha dicho: "Ese es mi ritmo, pero siempre llegué adónde quería llegar".
Su primera tarea en la causa contra Pinochet fue identificar a los desaparecidos. Hasta fines de mayo último, dos mil cadáveres fueron removidos a su pedido, pero con escasos resultados por la lentitud con que opera el servicio médico legal.
Los querellantes de Pinochet, en un comienzo, estaban desilusionados con él. Lo veían recorriendo el país de Norte a Sur recabando informaciones, ordenando y participando en exhumaciones. Un fin muy loable, pero que no comprometía en exceso a Pinochet. Tarde o temprano, pensaban, el juez se inhibiría.
Se equivocaron. Guzmán Tapia es uno de esos profesores metódicos que llega con las tesis subrayadas y anotaciones al margen. Y como magistrado resolvió respetar el orden cronológico de las querellas contra Pinochet.
Empezó por el caso más antiguo, referido a la comitiva militar que en octubre del 1973 recorrió diversas ciudades del país dejando una estela de 72 ejecuciones ilegales. Investigó los hechos y en junio del año último dictó los primeros procesamientos (el general Sergio Arellano Stark y los cinco ex oficiales que integraron la misión militar).
Antes de que terminara el año último procesó por otra causa (la desaparición en 1973 del ex gerente comunista del Cobre Chuqui, David Silberman) al ex jefe de la DINA, el general Manuel Contreras, que actualmente cumple condena por el homicidio en Washington de Orlando Letelier, ex canciller de Allende.
En abril, por último, alargó su brazo hasta un tercer general, el ex vicecomandante del ejército chileno Carlos Forestier, a quien procesó junto a un ex fiscal militar y a otro ex oficial en relación con diez prisioneros del campamento Pisagua.
Algunos consideran que ha sido muy lento. Otros que sin su detallismo, Pinochet no se encontraría a punto de ser procesado.
Haciendo gala de la misma prudencia, Guzmán hizo trascender la semana última que no lo interrogará mientras se celebren el mes del ejército y las fiestas patrias chilenas; vale decir, hasta octubre. Y también resolvió sacar de la agenda los exámenes médicos que la ley lo obliga a practicarle como "inculpado" o procesado para no presionar a la familia Pinochet.
Como caballero antiguo
El estilo del magistrado hace pensar que en el horizonte cercano tiene pensado inculpar al senador en otras de las causas que investiga.
Aunque cambió el look dejándose barba, el magistrado no parece disfrutar de su nuevo protagonismo. Tiene un modo amable de relacionarse que, según sus ayudantes en la investigación, le permite derribar barreras en el ámbito militar e ir develando poco a poco la verdad.
"Ante todo, un caballero a la antigua, que trata de hacerles la vida grata a quienes lo rodean", según sus colaboradores. Guzmán confesó alguna vez que no tiene buen genio, pero que jamás permite que éste interfiera con su trabajo. Algunos querellantes recuerdan que la única vez que lo vieron irritado fue cuando se produjo una filtración del sumario.
Hogareño y familiero, casi todos sus amigos cercanos son de derecha. Es que, teniendo en cuenta algunos de sus fallos, este juez parece serlo. Pensando que era "legítimo poner límites a la libertad de expresión" falló en contra de la exhibición de La última tentación de Cristo, la película de MartinScorsese. El mismo se ha descrito como "un hombre más bien conservador", pero paradójicamente se ha convertido también en el juez de Pinochet y del gobierno militar.
No le resulta fácil. "Juan ha sufrido mucho. Ha sido un verdadero calvario, pero el cumplimiento del deber es algo insoslayable para él", asegura un amigo.
No es católico, pero se ha definido como creyente y entre sus amigos cuenta al arzobispo de Santiago, monseñor Errázuriz. Esta característica es palpable para quienes lo frecuentan en los tribunales y a su fe le atribuyen su afán por encontrar los restos de los desaparecidos para darles sepultura.
Es claro que Guzmán sufrió una transformación. En noviembre de 1998 admitió a una revista que había cambiado su percepción de la historia posterior a 1973 y que "el conocimiento de la causa me ha hecho crecer como persona".





