
¿Quién es el más culto?
La revista adnCultura del 1º de diciembre prometía desde la tapa la revelación de un enigma pavoroso: qué es ser culto hoy. Era una propuesta crudamente afirmativa, igualita a la que este diario había formulado hace casi nueve años, el 28 de febrero de 1999. Aquella vez, Bartolomé de Vedia deducía que calificar a un fulano de culto “puede significar muchas cosas; que ha leído El contrato social, de Rousseau”, o que, sentado a la mesa, “se abstiene de sonarse la nariz con la servilleta y sabe qué cubierto empuñar si le sirven pescado”. En la misma página, Juana Libedinsky juzgaba “casi imposible” determinar qué cúmulo de dones intelectuales debe lucir una persona para merecer la refulgente cucarda de culta: “¿Qué pasa –se preguntaba– si dominamos la filosofía griega, pero no manejamos Internet?”. La verdad es que, así como anda el mundo, la pretensión de hallar la fórmula del lustre cultural es hoy todavía más ilusoria, más disparatada que en 1999.
El título de tapa de esa entrega de adnCultura se repetía páginas adentro, al frente de la nota en cuestión, aunque con sutil diferencia: allí aparecía constreñido entre signos de interrogación –¿Qué es ser culto hoy?–, ya sin los visos de atrevida temeridad que entraña toda afirmación tajante y aventurada.
“Ah, muy bien, así es otra cosa”, suspiró Tirifilo Peribáñez, pensador que consagra quince minutos diarios –mientras se afeita– a la tarea de dar respuesta a esa pregunta, a la que presume tan esquiva como la que planteó Shakespeare en la escena primera del tercer acto de Hamlet. (Como se recordará, aquel famoso ser o no ser no sólo otorgó personería literaria a la duda existencial; también indujo a gran parte de la humanidad a optar por el prudente término medio.)
Hubo épocas, es cierto, en que la condición de culto adornaba a todo portador de alto coeficiente intelectual, cultivado con primor y, en lo posible, puesto al servicio de causas nobles.
Un ejemplo: la superior perspicacia de Arquímedes, aun activa, mientras se enjabonaba en la bañera, le permitió fundar un principio tutelar de la hidrostática. A ese mérito, sumó dos causas nobles: legó prosapia científica a la palabra “eureka” y dio prueba fehaciente de cuán útil resulta la higiene corporal. “Sin embargo –se aflige Peribáñez, filósofo que admite todavía notoria influencia de los presocráticos, principalmente de Esopo–, desde que hay una cultura del trabajo, una cultura del ocio, una ridícula y perniciosa cultura light; desde que pululan las culturas más pavotas, ¿cómo determinar qué es ser culto hoy? La respuesta es simple: no hay respuesta, y todo parece indicar que no la habrá nunca más.”



