Rayos infrarrojos en el aula virtual
Como la realidad ha de ser mucho más de lo que creemos que es, ocurren a menudo cosas extrañas y sutiles coincidencias fugaces; hilos sueltos en esa matriz de apariencia sólida, compacta y de aspecto confiable. Pero son detalles que podemos darnos el lujo de pasar por alto. Es así. Es raro, pero es como es. Vivimos rodeado de fenómenos inexplicables.
Inexplicable no significa que no tenga explicación. Significa que todavía no la hemos descubierto. Para el caso es lo mismo. Buena parte de lo que para nosotros es cotidiano habría sido pura magia en la Edad Media. Hace un tiempo, miraba pasar un gran avión solitario (en ese momento casi no había vuelos, por la pandemia) y me imaginaba qué habría pensado un hombre del año 1100 sentado en mi lugar. Quizás en un dragón o en alguna otra criatura sobrenatural. Se ha dicho que somos incapaces de ver aquello que no podemos comprender. De ser cierto, sería una bendición. Me temo que no tenemos tanta suerte.
Y está todavía el hecho de que solemos llamar realidad a lo que nuestros flacos sentidos pueden percibir. Creo que ya conté de esa vez que regresé a casa y encontré que mis gatas estaban como locas, corriendo de aquí para allá con los ojos desorbitados. Solo después de mucho darle vueltas al asunto descubrí que un altavoz había quedado emitiendo una frecuencia inaudible para los humanos, pero muy molesta para los felinos domésticos. Su realidad, nuestra realidad.
Las clases virtuales me han dado la oportunidad de hacer una demostración que de otro modo sería casi imposible. Como regularmente planteo en el aula algunas de las preguntas básicas de la filosofía –se llama filosofía al pensamiento humano desprovisto del componente funcional–, el día que hablamos acerca de qué la realidad, muchos la definen como aquello que podemos percibir. Les presento entonces una contraprueba. Uso para eso un control remoto. Lo apunto a la cámara de la computadora y aprieto cualquier botón. Para asombro de todos, se enciende una luz brillante en el frente del dispositivo. Luz infrarroja. ¿Acaso es real ahora que la vemos, porque la cámara de la computadora la percibe, o era real también antes? Es pregunta.
Tenemos, no obstante, esta insidiosa fantasía del control, y tal vez la sabiduría no sea sino aceptar que muy poco depende de nuestras acciones conscientes, porque la realidad nos contiene y nos excede, pero a la vez somos un punto de ese tejido. O sea que existir es mucho más que lo que hacemos y controlamos, más que nuestra voluntad y nuestras ambiciones. Lo que somos nos excede. Sin notarlo, somos como campos de fuerza. Alteramos la realidad, con o sin intención; en general, sin. Sería mejor con.
Hace mucho, en el mundo previo a la pandemia, observaba las sutiles reacciones de un conjunto de personas en una reunión. Un sujeto de esos que existen solo para intoxicar el ambiente iba produciendo, con su discurso extraviado, una serie de pequeños malestares, que en ciertos casos se revelaban como bufidos disgustados, pero que en otros era un nervioso temblor de la pierna o del labio, un mirar por la ventana para escapar de esa atmósfera sulfúrica o un negar resignado con la cabeza. Pensaba entonces que cada una de esas personas se iría de esa reunión con el ánimo ardido, de mal humor, y que esa radiación muy probablemente se proyectaría sobre sus seres queridos, que quizá venían de otras reuniones no menos emponzoñadas, o al revés, que quizás el herido se encontraría con alguien cuyo ánimo brillaba, y entonces, de mínima, el mal se contrarrestaría.
Cuando te dicen que hay que hacer el bien es por esto. Podés ponerle todo el andamiaje intelectual que tengas ganas. Pero la realidad sigue siendo un inmenso misterio en el que nuestras acciones resuenan como las muchas voces de Dios. Ante la duda, hacé el bien; la intención también es una forma de actuar.







