Realidades y mitos del desastre

Por Orlando Barone
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11 de mayo de 2003  

¿Cuántos muertos podría haber en Santa Fe? La pregunta ronda tanto allá como aquí. Y aparte de las lógicas respuestas de duda, produce también rumores delirantes, no importa ya desde qué lugar de la cultura o ignorancia se emiten. Los que más se propagan son los siguientes: que en el crematorio del cementerio de esa ciudad están quemando montones de cadáveres ya putrefactos a los que ni siquiera les quedan las huellas digitales por efecto del agua; que en las celdas de algunas comisarías se ahogaron enjaulados decenas de presos; que no alcanzan las cámaras frigoríficas para satisfacer la demanda de los cientos de cuerpos que se van encontrando; que en distintas partes del Litoral están apareciendo cadáveres y que los cuerpos de familias enteras aprisionadas en sus casas flotan hediondos contra los techos. La piedad y el buen gusto obliga a renunciar a los rumores acerca de qué les pasó a los bebes de las incubadoras, a los enfermos que estaban siendo operados en los quirófanos o a los inválidos que estaban en sus sillas de ruedas. También se da por cierto un tendal de muertos entre los saqueadores nocturnos. Por eso cualquiera que fuere el informe oficial, el inconsciente colectivo le aportará su propia desmesura fúnebre. Incluyendo la pesca furtiva de cadáveres con el escalofriante objetivo de algún aprovechamiento imposible. Podría estar naciendo una infeliz leyenda urbana montada sobre el torrente.

Las últimas noticias, sin fuente de origen, hablaban de otros sesenta muertos NN guardados en depósitos con freezer . Y también de dieciocho ahogados que al volarse los terraplenes se fueron del otro lado arrastrados por la corriente. Veinticuatro muertos fue la cifra oficial desde el comienzo; pocos para la desbordante imaginación nacional que desconfía de la insignificancia de ese número en relación a la magnitud de la desgracia. Hay quienes se arriesgan a calcular probables atascamientos de ahogados enganchados en las alambradas de los campos todavía sumergidos, y de inminentes agolpamientos de muertos que irán siendo descubiertos enredados entre juncos tapados por las aguas. Se cuenta la historia de dos enamorados que murieron abrazados en el cuarto inundado de un modesto hotel del barrio Centenario. Nadie sabe sus nombres, obviamente.

Sensatamente se trata de atemperar el derrame de rumores, truculencias y patrañas tan afines a la condición humana y tan propio de expandirse en el infortunio. Entre el caos por la emergencia, algún error de comunicación de un funcionario, los disparates de medios cuyo mayor rango de ventas se mide por el récord de muertos, el delicado tema de los "desencontrados" o "desaparecidos" de Santa Fe puede acabar superado por la morbosa atracción de la leyenda. El empleo de una palabra u otra incita a devaneos y sospechas. La primera de ellas "desencontrado", usada con licencia lingüística, les suena como un eufemismo forzado. "Desaparecidos" tiene connotaciones terribles. No están desencontrados ni desaparecidos: están muertos, insisten. No quieren advertir que hay decenas de centros de evacuados en diferentes lugares cuyos controles pudieron haber sido desbordados, y que 500 o 600 personas aún desencontradas no justifican fantasear cementerios masivos. Y aunque se esperan otros hallazgos ingratos sería descabellado especular con muchedumbres de muertos. Los cálculos más realistas consideraban que a lo sumo llegarían a triplicar a los que figuran actualmente. Cualquiera fuere la cantidad definitiva, siempre será inferior a la que imponga la mitología. Si el resultado fatal es cien, el mito lo agrandará a mil. O a miles. Entre la prueba y la leyenda siempre ganará ésta.

Apenas sale el sol la gente no inundada se olvida. La prensa también. Así es la vida.

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