
Recetas que no tienen remedio
Los medicamentos parecen ir transformándose en artículos de lujo. Prevalece la producción de drogas con mercados cautivos, como los enfermos de SIDA. En la Argentina, lo que no se gasta en investigación se lo llevan la promoción y la publicidad
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LOS medicamentos se están transformando en artículos suntuarios. Antes, la industria farmacológica buscaba productos de venta masiva, tendientes a una venta uniforme en todo el mundo y orientados hacia enfermedades genéricas; pero a partir de la década del 80 se impuso una nueva modalidad: la fabricación y venta de medicinas especializadas y muy caras, dirigidas a un mercado de alto poder adquisitivo, compuesto por consumidores-pacientes o por los sistemas públicos y privados de asistencia y cobertura.
Ese diagnóstico de la situación mundial -que, como veremos más adelante, también es válido para la Argentina globalizada- estuvo a cargo del francés Jean-François Rossignol, uno de los más caracterizados inventores de moléculas o medicamentos de la actualidad. Este médico y químico radicado en los Estados Unidos estuvo hace poco en Buenos Aires, donde participó de un seminario internacional sobre drogas medicinales y novedades terapéuticas.
Rossignol se formó en el Instituto Pasteur de París y es el creador de algunos de los fármacos más eficaces contra las parasitosis y contra la malaria o paludismo. Es consultor de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y, en 1989, el gobierno de los Estados Unidos lo convocó para dirigir el último tramo del Programa del Ejército Norteamericano sobre Desarrollo de Drogas contra la Malaria. Ese programa sobre investigación de medicamentos había comenzado en 1945 y hasta hoy es el más importante de la historia farmacéutica mundial. Los especialistas que trabajaron en él estudiaron trescientas setenta y cinco mil moléculas y, finalmente, encontraron dos con la eficacia necesaria para contrarrestar los efectos de la malaria. Hasta la aparición del SIDA, en los años 80, aquélla fue la principal enfermedad endémica del planeta.
¿Por qué los medicamentos se están transformando en artículos de lujo? Para Rossignol esa pregunta no encierra ningún misterio: porque en todo el mundo se impuso la ecuación costo-beneficio.
Ante los altos costos que plantean la investigación y el desarrollo de nuevas moléculas -entre trescientos y quinientos millones de dólares- las empresas optaron por trabajar para mercados de alto poder adquisitivo, estén integrados por pacientes individuales o por programas de salud.
"Es más rentable trabajar en drogas contra el SIDA, por las que en los países desarrollados se paga lo que se pide, que en otras destinadas a enfermedades con mayor números de víctimas, pero de víctimas pobres o sin recursos de lobby para lograr que las instituciones gubernamentales se hagan cargo de los tratamientos en forma total o parcial", dijo el investigador francés que actualmente es titular de un laboratorio privado radicado en Tampa, los Estados Unidos.
La situación en nuestro país
"Hasta 1992, año en que comenzó a funcionar la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnologías (Anmat), el mayor problema que tenía nuestro país en materia de medicamentos era la falta de controles efectivos sobre la calidad de lo que se vendía en las farmacias. A partir de entonces, la dificultad pasó a ser el precio", dijo el especialista argentino Gabriel Zeitune.
Zeitune es médico y docente de la Universidad Nacional de Buenos Aires, fue investigador en farmacología básica en el Conicet y consultor de la OMS y del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). También fue jefe del Departamento de Evaluación de Medicamentos y Afines y asesor de la dirección del Anmat. Actualmente se desempeña como consultor privado.
Este especialista reconoce que el tema abastecimiento de medicinas va atado a la situación económica y social del país, porque "los que carecen de cobertura médica (en general, los desempleados) son los mismos que se encuentran al margen del consumo de medicamentos", pero pone el acento en la cuestión precios: en la Argentina las medicinas son muy caras.
Para Zeitune, el alto precio de los fármacos obedece a que se trata de un género de productos sometido a las leyes de oferta y demanda, ya que el consumidor se subordina al precio marcado por los laboratorios, y éstos a su vez fijan sumas que el mercado acepta y paga. "Esta es una realidad matemática", dijo el mismo especialista; "sin embargo, y como conocedor del tema, no pudo dejar de hacer las siguientes reflexiones".
"Para la industria farmacológica local, los mayores costos no se encuentran en los insumos ni en la investigación, sino en los presupuestos de promoción, que a veces llegan a un 45 por ciento del total. En la Argentina se gasta en promoción una cantidad de dinero similar a la que Europa y los Estados Unidos invierten en investigación y en desarrollo de productos.
"Este esquema, que se caracteriza por la falta de un programa científico propio, es alentado por un sistema como el nuestro, que al no contar con un régimen de patentes adecuado, premia la copia y castiga la originalidad. Copiar es más barato que investigar una línea de producción propia", dijo Zeitune.
Sobre ese tablero también se mueven los grandes laboratorios, que sí investigan y sí trabajan con medicamentos patentados, pero que se ven obligados a aumentar su gastos en promoción para competir con los bajos precios de una competencia que copia productos.
En el cuadro descripto -precios altos, más promoción que investigación y falta de protección a las patentes- surgen algunos datos llamativos. En primer lugar, y conforme con una encuesta nacional sobre medicamentos realizada por la consultora local Solver, los gastos publicitarios de los laboratorios estarían ofreciendo resultados muy magros: a la hora de redactar una receta, el 76 por ciento de los médicos consultados no tiene en cuenta la información técnica provista por los agentes de propaganda médica, más conocidos como "visitadores médicos" o "valijas", y un 85 por ciento desconoce los contenidos de la literatura científica dada por los laboratorios.
Ninguno de los médicos consultados sobre las revelaciones de esa encuesta se animó a dar su nombre, pero todos (y de las más variadas especialidades) coincidieron en aceptar que sus recetas dependen más de la simpatía del "valija" de turno que de la información que estos mismos difunden en nombre de sus respectivas empresas.
Además, la cultura de la copia y de no respetar las patentes puede atentar contra la calidad de los medicamentos y, por consiguiente, contra la seguridad de los pacientes. Una investigación difundida entre septiembre y octubre del año último por el boletín bimestral de la Federación Argentina de Asociaciones de Anestesiología (FAAA) da cuenta de un disímil cuadro comparativo respecto de la eficacia de ciertas drogas utilizadas en esa especialidad, según fueran originales o copias.
Respecto del tiopental sódico, y sobre una escala de rendimiento de cero a cien, la versión patentada tiene una eficacia de aproximadamente el 99 por ciento, mientras que entre las tres versiones copiadas la que mejor se ubica no llega al 50 por ciento. Proporciones similares se registran en el caso del pancuronio -otra sustancia muy utilizada por los anestesiólogos-, mientras que entre las ketaminas la relación de calidad va de un 98 por ciento para la marca registrada y de un 68 por ciento a un siete por ciento para las versiones copiadas. Entre los fentanilos hay copias con una eficacia del 88 por ciento, pero existen otras que no llegan al 10 por ciento.
Cuadros similares se registran en muchos de los fármacos que se utilizan en la Argentina, donde las copias son más baratas que los originales. Sin embargo, y como reconoció el propio Gabriel Zeitune, la mayoría de los hospitales y las clínicas tiende a comprar las alternativas de menor precio, casi siempre mediante el sistema de licitaciones.
Por Víctor Ego Ducrot
Cifras de laboratorio
EL mercado farmacológico argentino ostenta cifras de peso. Su facturación global es de tres mil millones de dólares anuales; elabora siete mil quinientos productos y las cinco droguerías (mayoristas) más importantes concentran el cuarenta por ciento de la distribución de medicamentos; los mayores pagadores de medicamentos no son los pacientes directamente, sino el PAMI y otras instituciones previsionales, y asistencias, públicas y privadas. El público accede a las medicinas a través de diez mil farmacias y, actualmente, los laboratorios nacionales y los extranjeros se reparten ese mercado en un cincuenta por ciento para cada sector.
En el país existen trescientos cincuenta laboratorios, pero los cincuenta primeros captan el 96 por ciento del mercado.
Los medicamentos más caros son los oncológicos y los dedicados a combatir el SIDA, mientras que los más vendidos son el Amoxidal (un antibiótico), el Lotrial (para tratar la presión arterial) y el Lexotanil (un psicofármaco). Entre ellos también se ubica la Bayaspirina, que vende cerca de veinte millones de unidades por año.
El de los fármacos es un mercado peculiar, ya que el productor no dirige sus operaciones de marketing hacia el consumidor, sino a un intermediario: el médico. En la Argentina, ese carácter se manifiesta en forma muy marcada debido a que los laboratorios están legalmente impedidos de publicitar sus productos por medio de instrumentos masivos.
"Se puede afirmar que un diez por ciento de los medicamentos que circulan en el país son falsos o truchos, como se dice ahora. Este universo de medicamentos falsos nada tiene que ver con la cuestión del patentamiento o no de los productos. Se refiere a un mundo delictivo en el cual se falsifican sustancias -muchas veces inocuas-, envases y hasta fechas de vencimiento", afirmó Carlos De Angelis, especialista en estadística y psicología social, docente en la UBA y miembro de la American Sociological Association.
De Angelis dirigió una encuesta nacional sobre medicamentos recientemente elaborada por la consultora especializada Solver y puntualizó: "En materia de recetas médicas y fármacos, los pacientes están expuestos a criterios más económicos que científicos".
En ese sentido, explicó que el 39 por ciento de los médicos consultados en la medición estimó que el precio es el primer factor condicionante a la hora de recetar una medicina, y más del 50 por ciento no supo contestar cuál es la segunda consideración que los lleva a optar por tal o cual medicamento.





