
Rechazo a la clonación humana
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El Congreso de los Estados Unidos está a punto de dar una respuesta necesaria y contundente a la tremenda agresión ética que entrañan los experimentos de clonación humana. En efecto: la Cámara de Representantes ha dado su aprobación a un proyecto de ley por el cual se prohíbe todo tipo de clonación practicada a partir de seres humanos, tanto si se hace con fines reproductivos como si apunta a la obtención de tejidos para un ulterior uso terapéutico. La iniciativa deberá ser tratada ahora por el Senado y existe la fundada presunción -la esperanza, cabría decir- de que con muy pocas modificaciones se convertirá rápidamente en ley.
Es que existe hoy un extendido consenso, prácticamente universal, acerca de la perversidad intrínseca de cualquier acción orientada a posibilitar la clonación de una persona. A lo largo de todo el mundo, científicos, religiosos y líderes de opinión de todas las corrientes han coincidido en la condena a estas reprobables prácticas, que atentan contra la dignidad humana. Las fantasiosas noticias difundidas por los integrantes de la secta de los ra‘lianos sobre el presunto nacimiento de personas clonadas han producido únicamente reacciones de incredulidad o han merecido el más tajante rechazo.
La oposición está menos generalizada cuando lo que se propicia no es la clonación de seres humanos sino la producción de células y tejidos con fines terapéuticos. La fórmula legislativa que se debate en los Estados Unidos, sin embargo, prohíbe ambas metodologías, pues se considera que las experiencias vinculadas con la clonación de células o tejidos conducen inevitablemente a la manipulación genética, con el consiguiente riesgo de que se esté afectando la vida humana, real o potencial. El tema remite a zonas de investigación complejas, referidas a la relación -a veces imprecisa- entre la vida orgánica y la vida bajo específica forma humana, con el riesgo siempre latente de que se puedan estar tocando los límites que marcan el nacimiento de patologías asimilables a degeneraciones genéticas.
La humanidad ha ido cerrando filas para oponerse a cualquier proyecto degradante que lesione la dignidad esencial de todo ser humano y que tienda a obstaculizar la fortuita alianza de cromosomas como base y origen del don de la vida. Es necesario unir esfuerzos para asegurar que nuestra progenie no tendrá que padecer, en el futuro, los horrores de una desnaturalización de la vida humana comparable a la que pretendieron producir los ideólogos de la estirpe de Joseph Mengele.
Ningún disenso, ninguna disputa coyuntural y ningún debate científico pueden oscurecer la conciencia de los pueblos y de los hombres -cualesquiera que fueren su credo o su concepción de lo científico- acerca de la necesidad de preservar el legado moral de las civilizaciones que dignificaron a la persona humana, amenazado antaño por absurdos afanes de destrucción y hoy, acaso, por el avance irracional de tecnologías carentes de contenido espiritual y negadoras de la esencia de lo humano.
Las penas personales y pecuniarias que se quieren imponer en los Estados Unidos a quienes pretendan clonar seres humanos deben ser vistas como remedios legales que aspiran a que la ley sea algo más que una declaración teórica de principios. Por lo demás, la decisión del Congreso norteamericano de establecer esas penalidades y de incriminar esa deformación de la ciencia merece ser bienvenida. Y marca, además, un camino que deberían seguir las otras legislaturas del mundo.





