
Recuerdos del primer quiebre
Pasado mañana se cumplirán 75 años del golpe de Estado que provocó la caída de Yrigoyen. El coronel (R) Julio Pereyra Dante, que actuó como cadete militar en la rebelión, recuerda los detalles de aquella jornada
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El coronel es bajito, resuelto, de mirada transparente y vivaz. Mueve sus manos con firmeza mientras habla y se expresa con entusiasmo y fuerza. Una memoria de escáner, que ha almacenado con precisión recuerdos por más de 75 años, nos devuelve vívidamente hasta los mínimos detalles de una jornada tan crucial de la historia argentina como la del 6 de septiembre de 1930, cuando como cadete del Colegio Militar debió marchar sobre la Casa de Gobierno y participar en el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen.
El coronel (R) Julio Telmo Pereyra Dante, que nació el 12 de junio de 1911, proviene de una familia de profundas raíces castrenses. Su abuelo materno participó en la Guerra del Paraguay. Su padre, coronel como él, estuvo a las órdenes del mismísimo Julio A. Roca y permaneció destacado por largo tiempo en el Chaco, un destino por entonces nada cómodo ni seguro.
Siguiendo los desplazamientos y avatares de la carrera de su padre, al coronel Julio Telmo Pereyra Dante le tocó nacer en la capital correntina, donde su progenitor era jefe de regimiento. Le fue imposible, entonces, resistirse al llamado ancestral, y el 1° de marzo de 1929 ingresó en el Colegio Militar como cadete. Comenzaba una carrera en la que alcanzaría el grado de coronel del arma de Infantería, grado que conservó hasta su pase a retiro en 1957.
Así, cuando cursaba su segundo año en el Colegio Militar, le tocó participar en el movimiento militar que acabaría con el gobierno de Yrigoyen inaugurando el ciclo endémico de golpes y planteos militares que caracterizó la vida política argentina del siglo XX. "Recuerdo que el 6 de septiembre de 1930 -cuenta a LA NACION-, el día de la revolución, nosotros estábamos rindiendo exámenes finales trimestrales. Era un sábado, un día diáfano y luminoso. A las 7 y 10 el Colegio Militar ya estaba en pie de guerra y preparado para emprender la marcha. A las 7.40 empezaron a pasar los aviones volando a poca altura sobre el Colegio. Eran aviones que habían levantado vuelo de la base de El Palomar. Nosotros estábamos ya formados en el gran patio interior, sobre el que convergían todas las aulas. Me acuerdo que ese patio tenía una sola entrada en el medio. Por ahí debían salir las distintas subunidades. De allí fuimos saliendo entonces los de mi escuadrón, mi compañía de Ingenieros, y las tres compañías de Infantería."
Señala Pereyra Dante que, cuando les ordenaron marchar, los cadetes estaban todos desesperados por ir, por no perderse un suceso que preveían dramático e importante. "Se percibía en el ambiente que había algo grande que se estaba gestando, que estaba por pasar algo, no sabíamos bien qué. El director del Colegio, que era el coronel Francisco Reynolds, nos habló a todos y nos dijo que los cadetes que tenían parientes en puestos de gobierno estaban autorizados a no participar en el movimiento. Recuerdo bien que, pese a ello, ninguno dio el paso adelante requerido para quedar excluido de participar en la revolución, pese a que se les había advertido específicamente que no iban a ser sancionados si no marchaban."
El coronel recalca que para el desplazamiento sobre la Capital estaban vestidos con ropas de instrucción. "En esa época -dice- era un poquito más gruesa que lo habitual, porque estábamos a comienzos de septiembre y todavía se sucedían los días fríos. Se marchó sin bandera, porque era un acto político. Precisamente el abanderado, que era Alvaro Alsogaray, se había accidentado y tenía una pierna muy lastimada, así que lo transportaron en una moto con sidecar, como él mismo me lo contó después personalmente. Alvaro era un excelente estudiante, había tomado la bandera al terminar primer año porque tenía el mejor promedio (creo que fue el mejor promedio en la historia del Colegio Militar). Así que, pese a estar en una silla de ruedas, ese día participó igual en la revolución."
A los tiros y en el Congreso
Pereyra Dante señala que su unidad debía marchar por el tramo final de la avenida Santa Fe en su avance rumbo a la Casa de Gobierno. "Pero, como nos esperaban atrincheradas tropas leales al gobierno en los terraplenes del Ferrocarril Pacífico, terminamos por tomar por Córdoba derecho, hasta Callao, y por esta última calle hasta el edificio del Congreso Nacional. Al acercarnos al Congreso (mi compañía fue la primera en llegar allí) empezó un fuerte tiroteo en el que perdieron la vida varios cadetes de la promoción anterior a la mía. Yo estaba parado un poco más allá de la confitería del Molino. Por Callao, en esa época corrían vías de tranvía en ambos sentidos y en el medio de la calle había refugios para el público.
"Yo estaba justamente apostado detrás de uno de esos refugios cuando comenzaron los tiros y me tocó disparar hacia el centro de la plaza del Congreso. Me acuerdo muy bien de que enfrente de la confitería había una casa de altos que tenía un cartel luminoso, o una luz intermitente que se prendía y apagaba. Yo quería apuntar bien y la luz me desconcertaba, me impedía apuntar con exactitud. Iba armado con mi fusil Mauser. Otros de mis compañeros llevaban fusil-ametralladora. Las ametralladoras eran transportadas a lomo de mula. Yo me había hecho desde mi llegada al Colegio Militar un muy buen tirador, de modo que tiraba de pie, a brazo libre, a 150 metros. Apoyaba el Mauser y tiraba. No digo que hacía centro pero pegaba en el blanco en general.
"Me acuerdo que justo un rato antes del tiroteo, cuando marchábamos sobre el Congreso, habíamos notado que se había reunido mucha gente en el lugar. Pero cuando empezaron los tiros no quedó nadie. Unos corrieron como locos para meterse despavoridos en las bocas del subterráneo sobre Rivadavia. Otros, directamente se tiraron dentro de la fuente del Congreso, y se quedaron bien quietitos debajo del agua pese a lo fresco que estaba el día. Después, cuando nos movimos hacia el edificio mismo del Congreso y nos ubicamos sobre una de las dos subidas que tiene (la más cercana a la calle Victoria, hoy Hipólito Yrigoyen), observé cómo se movía sospechosamente el cortinado de una de las ventanas del Parlamento, apunté el rifle y disparé. A lo mejor todo fue ilusión mía y no había nadie escondido allí."
Pereyra Dante reconoce que posteriormente se diría que los francotiradores que habían atacado a su columna pertenecían al fantasmal Clan Radical, pero que él no tuvo ningún indicio ni constancia de que fuera así, y nunca supo que los hubieran identificado con precisión. Terminado el intenso tiroteo y recogidas las bajas de la columna (hubo muertos y heridos en el episodio), ésta se puso en marcha nuevamente rumbo hacia Plaza de Mayo. "Nos organizamos y salimos en columna por Rivadavia, con nuestros caballos, carros y las mulas que transportaban las ametralladoras. En ese tramo, lo pude ver pasar al líder del movimiento revolucionario, el general José Félix Uriburu (Pereyra Dante no lo había visto previamente en el Colegio Militar, al que Uriburu había llegado a las 7 y 30 de esa mañana). Finalmente llegamos a la Casa de Gobierno, donde quedamos apostados el resto de la tarde.
"Después me enteré de que una turba había incendiado la casa del presidente Yrigoyen y destruido sus cosas. En ese momento no sabíamos nada al respecto, pero me acuerdo, eso sí, que ese mismo día 6 de septiembre, al caer la tarde, por la calle Balcarce, frente a la Casa Rosada, pasaron distintos grupos de gente arrastrando bustos y pequeñas estatuas de Yrigoyen.
"Esa misma tarde, y ya caído el gobierno, me tocó permanecer de guardia en los balcones del primer piso de la Casa de Gobierno. Nosotros tirábamos una soga y los vecinos y curiosos que estaban en el lugar nos ataban en el otro extremo comida o alguna botella de vino. Tanto en el Congreso como en Plaza de Mayo pudimos observar un importante número de personas que apoyaban el movimiento revolucionario y que vivaban a las tropas que marchaban."
Valorando su participación en un hecho histórico tan polémico como lejano en el tiempo, el coronel Pereyra Dante señala: "En ese momento, cuando marchábamos sobre la Casa de Gobierno, nosotros éramos cadetes de 17 y 18 años. No pensábamos demasiado en lo que estábamos haciendo, más allá de la excitación de los preparativos y de la marcha. Nos llevaban de la nariz. Seguramente el gobierno radical de entonces tendría cosas buenas y malas, aunque no creo que ninguna de las malas fuera tan grave como las cosas que vivimos en el país luego."





