Reescribir, esa permanente tentación

DE NUNCA ACABAR. Hay tantos autores que al reeditar corrigen como otros que prefieren no volver atrás. Diversos escritores dan aquí sus razones
Edgardo Scott
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13 de diciembre de 2015  

En la casa-museo de Balzac en París, los souvenirs típicos y más económicos son las postales que reproducen la página de alguna prueba de galera del autor de Las ilusiones perdidas. La página está llena de anotaciones, correcciones y tachaduras; se mezclan las palabras impresas con las manuscritas armando un nido de flechas y garabatos, de múltiples signos que así, en conjunto, resultan incomprensibles. "Escribir es corregir" decían y pensaban tanto Baudelaire como Borges, y la postal de Balzac sería apenas otro ejemplo luminoso de aquel linaje. Pero si escribir es corregir, ¿qué es corregir entonces? La corrección (revisar o, más radicalmente, reescribir) parece introducir la dimensión de la lectura. El que corrige ha leído lo escrito. Cuando se dice "escribir es corregir" es porque habría una escritura previa más cerca de la expresión, de la manifestación, del impulso. La literatura es un arte temporal no espacial: aunque haya ejemplos donde esa brecha sea muy delgada, no se puede escribir y leer al mismo tiempo. "Lo primero confiado a la página –dice Edgardo Cozarinsky– es mero soporte para cambios: de palabras, de sintaxis, de articulación narrativa o expositiva. Diría que para mí las sucesivas correcciones son el verdadero momento de escritura." Cozarinsky es un ejemplo de los escritores para quienesdonde el primer borrador es apenas un punto de partida. La inspiración y la voluntad –el pasaje a la página– sólo han entregado sus primeras cifras, arcilla blanda y tentativa.

Pero por otro lado, el mismo Cozarinsky, que sabe de reediciones (hace poco se ha reeditado El rufián moldavo y una vez más su ya clásico Vudú urbano), cuando se reencuentra años después con esas mismas páginas que tanto corrigió, asume otra postura. No las toca: "No, nunca corrijo para una reedición. No puedo volver atrás. Lo publicado me condena o me absuelve, pero no hay enmienda posible.". El escritor Elvio Gandolfo responde al pasar lo mismo, con mayor elocuencia: "Ya fue". De este modo, la escritura pasada se vuelve un rastro, sendero de huellas; evidencias de un amor o de un crimen –una relación, un acto– que con suerte el porvenir alcanza a reconocer.

Sin embargo, la literatura no es una religión, no hay libros ni discursos sagrados. Luis Gusmán, en cambio, que también ha reeditado y sigue reeditando varios de sus libros, se extiende y explicalterna: "Sí, siempre corrijo. Cuando reedité mi novela En el corazón de junio la corregí, y al escribir el prólogo me encontré con una cosa obvia: el libro, a pesar de que había sido publicado, seguía siendo mío. Como si la publicación, en una especie de efecto del fetichismo de la mercancía, le arrebatara al escritor el libro, y éeste olvidara que es de su propiedad. Como si perteneciera al editor, a los lectores, vaya a saber a quién.". Pero después matiza: "Depende de cada libro. Para mí, El frasquito, es incorregible en el doble sentido del término". Entonces la pregunta depor si se corrige o no se enrarece, tal vez hasta deba ser reemplazada por otras: qué se corrige, cuándo, cómo y sobre todo para qué. Un muestreo rápido marca que hay tantos autores que al reeditar corrigen como otros que prefieren no tocar el texto publicado originalmente. ¿Qué corrigen los que lo hacen, qué prefieren no corregir los que no? Prudencia o temeridad, olvido o reencuentro, la decisión sobre la escritura nunca es mineral, nunca es letra muerta. Por eso, hiperconsciente y preocupado por la posteridad, cuando hace unos años Fogwill publicó sus Cuentos completos, hizo una selección; él mismo avisaba en su nota preliminar "he escrito pocos cuentos más y algunos de ellos fueron publicados, pero es mi voluntad que nunca vuelvan a aparecer.".

Andrés Neuman –argentino, pero radicado en España desde la adolescencia– acaba de reeditar sus precoces y laureadas novelas: Bariloche y Una vez Argentina, ambas finalistas del Premio Herralde. "Sería interesante distinguir entre tres conceptos que suelen darse como sinónimos: revisión, corrección, reescritura. La revisión trabaja en la superficie, tiene lugar durante las últimas lecturas y propicia pequeñas decisiones que ya no afectan eal núcleo del texto. La corrección está asociada a un paradigma de orden, tiene que ver con el pulido minucioso y con la perfección formal, que en principio es deseable aunque a veces pueda resultar homogeneizadora o incluso contraproducente. Finalmente está la reescritura, que es la instancia que más me atrae y también la más drástica de todas. Ahí el texto queda intervenido a fondo: se cuestionan sus conflictos, se tensan sus contradicciones, se pone en duda su lenguaje a todo nivel.". El caso de Neuman hace su contribución a la pregunta del qué, qué se corrige. Porque al parecer no todo libro admitiría –reclamaría– su reescritura. "Respecto al caso concreto de Una vez Argentina, al trabajar con la historia de mi familia, mi país natal y mis recuerdos de infancia, se trataba de entrada de un material especialmente revisitable. Al regresar a la novela con casi cuarenta años en vez de veintipico, inevitablemente surgieron preguntas diferentes, tanto acerca de la memoria familiar como acerca de las ideas políticas que yo mismo había asimilado." La reescritura afectó el lenguaje del libro: "En la versión anterior yo tuteaba a mis ancestros lejanos (algunos de los cuales eran españoles), porque tú es el pronombre que empleo diariamente desde mi adolescencia, y también el que mis padres terminaron adoptando con los años. Ahora, sin embargo, al trabajar en la reescritura y revisitar mis recuerdos argentinos, sentí la necesidad de vosear a mis ancestros. Fue un fenómeno auditivo y emocional, muy relacionado con el desdoblamiento de mi lengua materna. Entre la primera y la segunda versión de la novela, perdí a mi madre. Mi mamá era de Lanús y pasó la segunda mitad de su vida en Andalucía. Nació voseando y murió tuteando. Es como si su muerte me hubiera devuelto al origen, a su habla inicial."

En una entrada de sus Diarios, del 17 de diciembre de 1910, quejoso como siempre, pesimista y brillante, Kafka anota: "En cualquier caso, el haber eliminado y tachado tantas cosas, en realidad casi todo lo que he escrito este año, también me resulta un gran impedimento a la hora de escribir. Y es que es una montaña, es cinco veces más de lo que nunca he escrito, y ya con su simple masa atrae hacia sí, quitándomelo, todo lo que escribo, a medida que sale de mi pluma.". Lo tachado, lo descartado, lo incorregible pulsea con lo corregido que acaso entregará lo escrito. La página negra, la masa tachada y gravitatoria de Kafka no es tan diferente del sabio chiste de Héctor Libertella sobre la página en blanco: "Si tengo un terror es no poder llegar acabadamente a esa página". El referido gusto de Libertella por los potes y pincelitos de Liquid paper. Como también repetía Fogwill, "escribir para no ser escrito"; a lo que se agregaría: pero después de haber escrito, borrar y borrar, corregir borrando, escribir con tinta invisible.

¿Y Aira? Porque Aira es el símbolo –y el hecho– del escritor que no corrige. "Aira escribe como quien cae, obligado a explorarse en la caída", escribió justa y bellamente Guillermo Piro. Aira mismo ha dicho que revisa y corrige muy poco; que después de terminadas sus novelas, las guarda y al releerlas al tiempo –seis meses– le parece que están bien y entoncesahí decide su publicación. También ha explicado que dedica su escrúpulo, su barroquismo a la imaginación y la invención, y que por lo tanto prefiere que su prosa sea más llana (lo cual facilita la no corrección). Pero más allá de esas razones, la incorrección, la imperfección –no la imprecisión– son parte de sul proyecto estético de Aira. Aira puede "permitirse" una escritura, como se ha señalado, guiada por la profusa experimentación, digresión y dispersión, porque en sus textos, el lugar de la enunciación es de acero. Aira es un buen ejemplo para no confundir el estilo con el fraseo, la sonoridad, los sucesos verbales del texto. En él el estilo pasa menos por el enunciado que por la enunciación, y eso se debe a su evidente simpatía e influencia de las vanguardias del siglo XX. Aira admira a Picasso y a John Cage. Sería difícil disfrutar de un Picasso extrañando a Rembrandt, comparar a Frank Zappa con Sinatra. De modo que para subrayar la autonomía de la representación estética, para poner en jaque cualquier pretensión del arte como "imitación de la realidad", Aira sabe que la construcción de un narrador seductor, con una "voz" entonada y personal, iría completamente en contra de su programa.

En el final del prólogo a La reina de las nieves, reeditado hace poco por Eudeba en la colección "Serie de los dos siglos", que dirige n Sylvia Saitta y José Luis De Diego, Elvio Gandolfo señala un detalle cálido e inteligente: "Ahora estoy alejadísimo de La reina de las nieves, en el tiempo, en el espacio y en la escritura. A veces lo leo como si lo hubiera escrito otro. Respecto a la versión original le hice una sola corrección, cuando la escribí era muy joven y una persona de cincuenta años (como el personaje) era un anciano decrépito., Hhoy [(en 19el 98]) que tengo cincuenta he cambiado por completo la idea. […] Así que ahora tiene sesenta y cinco. Es muy probable que vuelva a corregirle la edad cuando yo cumpla noventa.". A su modo, Gandolfo deja ver esa extraña relación entre vida y escritura. Punto sobre el cual nada menos que Paul Valéry reflexionaba y explicaba, a propósito de su poema "El cementerio marino": "He vivido mucho con mis poemas. Durante cerca de diez años ha sido para mí una ocupación de duración indeterminada; un ejercicio, más que una acción; una búsqueda, más que una entrega; una maniobra de mí mismo por mí mismo, más que una preparación con miras al público.".

"Me es mucho más difícil –retoma Luis Gusmán– saber qué entiendo por reescritura y diferenciarla de la corrección. En principio supondría dos tiempos distintos de escritura. ¿Responde a una cuestión de trama? ¿A una cuestión de estilo? ¿A una cuestión de verosimilitud? ¿A la fatalidad de la lengua? Como se ve, puras preguntas. Creo que cada escritor, al respecto, podría contestar de manera diferente. Lo que implica que no hay diccionarios de corrección, no hay recetas. La literatura es un oficio sin red." Oficio sin red. ¿Cuándo un texto está terminado? Al parecer, el texto puede cesar, pero la vida y la Historia siguen de largo y lo atraviesan, y el autor –o la crítica, o los escritores y lectores del futuro– no son indiferentes a ese proceso. En cualquier caso, la escritura y todos sus dobles persiguen el cuarto verso de aquel poema infinito de Valéery, el que dice: "El mar, el mar, siempre recomenzando".

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