Rejuvenecer, un sueño posible

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23 de enero de 2019  

El anhelo del hombre de vivir por siempre joven es universal e inmemorial. Esa aspiración de trascendencia es parte de nuestra naturaleza. En el medievo esa fue la meta de los alquimistas, quienes con una mezcla de misticismo y química rudimentaria buscaron durante siglos preparar el elixir de la eterna juventud.

Todo fue en vano. Lo cierto es que con el advenimiento de la ciencia moderna en el siglo XIX el rejuvenecimiento se consideró un sueño utópico, completamente fuera del alcance de los científicos. Se pensaba que el envejecimiento era un fenómeno natural irreversible y que el ser humano solo podía aspirar a prolongar algunos años su vida y la calidad de esta sobre la base de una dieta sana, actividad física y, en general, un estilo de vida saludable. Esas medidas nos darían algunos años más de vida y buena salud, cosa que es estrictamente cierta. Hasta ahí lo que pensábamos todos, científicos y público en general. Pero esta visión comenzó a cambiar muy progresivamente.

Los primeros indicios comenzaron en la década del 60 con el descubrimiento de la clonación animal en sapos. Años más tarde llegó la clonación de Dolly, la oveja, y esta cadena de descubrimientos trascendentes culminó con el hallazgo, en 2006, de que en nuestro organismo existen genes rejuvenecedores, un hito revolucionario cuya trascendencia resulta difícil de exagerar. Por estos logros trascendentales los científicos que descubrieron la clonación animal y los genes rejuvenecedores recibieron el Premio Nobel de Medicina o Fisiología en 2012. Fue así como trasplantando estos genes rejuvenecedores en células de piel en cultivo, obtenidas de individuos centenarios sanos, se logró rejuvenecerlas completamente a una condición que las hacía idénticas a células de piel obtenidas de un individuo de 15 años o más joven aún. Hubo estudios de otros científicos usando células humanas y animales provenientes de individuos viejos y en todos los casos se logró rejuvenecerlas mediante el trasplante de estos genes maestros, que son solo cuatro. Finalmente, la ciencia y la tecnología habían comenzado a hacer realidad el sueño de los alquimistas.

Si bien este es un primer paso, su importancia reside en que demostró que la doctrina de que el envejecimiento es un proceso irreversible era incorrecta. Ahora sabemos que el rejuvenecimiento biológico es posible. El rejuvenecimiento de células de piel se logró por primera vez en 2011 en Francia y ahora hay científicos en todo el mundo que trabajan sobre este tema tratando de optimizar los procedimientos y trasladarlos a animales de laboratorio y eventualmente a seres humanos. No se logrará rejuvenecer personas de un día para otro, pero al ritmo vertiginoso con que avanza la ciencia hoy podría haber tratamientos rejuvenecedores que utilicen esos genes maestros mucho antes de lo que imaginamos.

Una pregunta que surge inmediatamente es: ¿por qué si poseemos esos genes rejuvenecedores en nuestro cuerpo no nos mantienen siempre jóvenes? La respuesta es que después de la concepción esos genes se silencian y dejan de actuar. Solo son activos en los primeros días después de la fecundación. Podría uno preguntarse entonces: ¿y cuál es el rol de estos genes rejuvenecedores al principio de nuestra vida y dónde se encuentran activos? Cuando un espermatozoide fecunda un óvulo se produce la concepción de un nuevo individuo. Como ese nuevo ser hereda los genes de sus padres, también heredaría parte de su edad. En ese caso, el bebé al nacer no sería absolutamente joven, habría heredado algo de la edad de sus padres. ¿Por qué esto no ocurre? Porque en el óvulo femenino están activos esos genes rejuvenecedores y lo que hacen es llevar las manecillas del reloj genético del embrión a cero. Así es que a nuestra madre no solo le debemos el darnos la vida, también le debemos el darnos la juventud plena. La fuente de la juventud biológica está en el óvulo femenino, que es una célula maravillosa, casi mágica.

Estos logros de la ciencia biomédica que recién comienzan cambiarán radicalmente el futuro de la humanidad. Es una noticia digna de compartirse y de celebrarse alborozadamente.

Investigador principal del Conicet en el Instituto de Investigaciones Bioquímicas de La Plata

Rodolfo Goya

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