Rescatar la Nación para reconstruir la República

Por Juan Archibaldo Lanús Para LA NACION
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24 de enero de 2002  

Eramos la promesa de un mundo nuevo. De un destino de plenitud. Vivimos hoy la decepción para los que creyeron en el seguro futuro de una república próspera y libre. Malogramos los frutos de una nación que forjó con ahínco su confiada esperanza.

La Argentina es un gran proyecto de ser y hacer cuyos necesarios cimientos sociales han sido socavados por una confluencia de factores que han quebrado la solidez de sus instituciones, la respetabilidad de sus gobernantes, la vigencia del Estado de derecho; en suma, se ha erosionado la fe pública, sobre cuya confianza debiera reposar el devenir de la Nación.

La epopeya de construir el país que soñaron los fundadores de la patria convocó a millones de seres humanos que vinieron de muchas partes del mundo para compartir el brillante porvenir que auguraba el proyecto de una nación que lo quiso todo y pronto. ƒramos el anuncio de una gran potencia, el lugar privilegiado por la geografía y por la energía vital de un pueblo emprendedor y culto; logramos sobresalir por el nivel de desarrollo de la ciencia y la labor de científicos galardonados en el mundo. Pero un error incomprensible interrumpió el camino de este pueblo, ávido de modernidad, de adelanto tecnológico y de ideas que abrieron su conocimiento pero oscurecieron su conciencia.

La Argentina, "tierra de promisión", "granero del mundo", "país emergente", ocupa ahora un lugar conjetural en el ánimo de los argentinos. Como si, engañados por el canto de las sirenas, hubiéramos caído al abismo, sin comprender siquiera la razón de nuestra declinación.

La nostalgia de nada vale como consuelo, porque es la razón profunda de nuestro ser constitutivo como nación lo que está en juego. Se ha borrado el rumbo de lo que fue nuestra ascendente marcha en la historia universal. La Argentina es una incógnita para aquellos que la observan desde afuera, y se dijo de ella, hace varias décadas, que su fracaso es el más grande misterio del siglo XX.

Al celebrar el primer Centenario de la Revolución de Mayo, ocupábamos el décimo lugar en el mundo por el nivel del ingreso por habitante, teníamos más kilómetros de ferrocarril con relación a la población que cualquier otro país, la calidad y el presupuesto de algunos de nuestros institutos científicos eran comparables a los mejores para suscitar la admiración de los extranjeros que nos visitaban, la alfabetización de nuestro pueblo era más alta que la de algunos países europeos.

Cuando faltan pocos años para cumplir, en 2010, el Segundo Centenario de la patria, observamos que el pueblo argentino, un tercio del cual ha caído en la miseria, está sofocado por las trabas que soporta en su vida cotidiana, abochornado por la acumulación de fracasos y decepciones colectivas, sin un futuro cierto que anime el esfuerzo de la juventud, sin confianza, como paralizado por la inquietud.

La patria no ha fenecido: está acongojada. Los que tenemos la convicción de saber quiénes somos como nación estamos de pie y somos una multitud. Los paradigmas que inspiraron el hacer colectivo del pueblo no desaparecieron: han sido burlados por la impostura de los que relegaron el bien común y la justicia para sustituirlos por su avidez de poder y el egoísmo de su corrupción moral.

Esfuerzo prodigioso

El colapso que hemos sufrido como país exige de todos los argentinos el esfuerzo prodigioso de rescatar nuestras reservas morales, materiales y creativas para reconstruir, sin duda sobre otras bases, el gran proyecto de una República soberana y próspera. Tenemos el ejemplo de Estados destruidos por la guerra que han podido organizar su reconstrucción en pocos años merced a una inteligente acción colectiva. Ha llegado el tiempo de aceptar el dramático desafío de reconstruir nuestro país. Ha llegado el tiempo de asumir los errores, de relegar las culpas, de repensar lo que somos y lo que podemos ser.

Esta prueba a la que las circunstancias nos enfrentan no podrá ganarse sin antes efectuar una reflexión sobre los hechos colectivos que nos han llevado a las frustrantes circunstancias del presente. Abordar las razones culturales será tan esclarecedor como analizar los errores políticos; descubrir el motivo de las recurrentes crisis financieras o las alternancias de crecimiento y estancamiento productivo será tan imperioso como indagar las causas de un débil sentimiento de pertenencia o responsabilidad patriótica, que se comprueba en la conducta de una gran parte de la dirigencia argentina.

Corregir el mal exige señalarlo con honestidad. Omitir la retórica de un discurso desvinculado del país real, restaurar la fe pública para recobrar la confianza. Sin valores éticos no hay democracia.

Debemos rescatar la Nación para reconstruir la República. Devolver la dignidad a cada argentino es el objetivo inicial de la acción política, porque su finalidad no puede ser otra que la justicia social y la felicidad de todo ser humano. La República Argentina está huérfana de ideales, la Nación debe rehacer su morada.

El autor es embajador de carrera.

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