Reseña: Sobre Tiene que llover, de Karl Ove Knausgård

Compulsión autobiográfica
Débora Vázquez
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9 de julio de 2017  

Si existiera alguien capaz de disputarle al Funes imaginado por Borges el epíteto de “el memorioso”, ése sería Karl Ove Knausgård (Oslo, 1968), un escritor que no necesita andar comprando tarjetas para expandir su memoria; le alcanza con sentarse a escribir libros. Tiene que llover es la antepenúltima entrega de Mi lucha, título incómodo con el que el noruego más fotogénico de las letras dio a conocer su desbordado proyecto autobiográfico.

Este quinto volumen narra los catorce años que Knausgård vivió en Bergen, desde 1988, cuando tenía diecinueve años, hasta el 2002. “Lo único que ha permanecido de todos esos miles de días que pasé en esa pequeña ciudad del oeste de calles estrechas relucientes de lluvia, son unos cuantos sucesos y un montón de estados de ánimo.”

Allí se enamora y es infiel, asiste a la Academia de Escritura, se casa, recibe la noticia de la muerte de su padre y escribe su primer libro.

Inseguro con las mujeres, convencido de la superioridad de Ingve, su hermano mayor, vulnerable en cuanto a su vocación de escritor, narcisista y autodestructivo, competitivo y con una capacidad de llanto que sería la envidia de cualquier actor dramático, Knausgård se presenta a sí mismo como un monstruo, o mejor, un romántico. Las pruebas son contundentes: “Sería escritor, una estrella, una luz para los demás”, piensa para sí, mientras le confiesa a sus nuevos amigos que la novela que está escribiendo es una mezcla de Knut Hamsun y Charles Bukowski. Este impudor, esta candorosa falta de ironía es la contracara perfecta de su compatriota Kjell Askildsen, ese sofisticado paladín del nihilismo que en sus Cuentos reunidos, traducidos al español hace ya algunos años, prefiere mostrar sólo la punta envenenada del iceberg y abstenerse de dar explicaciones.

En la verborrágica saga de Knausgård hay lugar para todo; y si bien Tiene que llover no incluye, desafortunadamente, desvíos ensayísticos en medio de una anécdota, ni abusa de la lógica del inventario, como sucedía en libros anteriores, no por ello deja de ser una novela omnívora. En ella hay letras de canciones, poemas irreverentes, principios fallidos de novelas, de cuentos, títulos posibles e imposibles, fragmentos de entrevistas y hasta el contenido desordenado de un archivo de computadora.

Las referencias a las bandas de la época son, como de costumbre, ineludibles. En las charlas están presentes Queen, Genesis, Pink Floyd, Rush, Bruce Springsteen y David Bowie. Sobre estos últimos dos, por ejemplo, el hermano de Karl Ove tenía su propia teoría: “Ingve opinaba que no había nada que fuera auténtico o verdadero en sí, todo era, de una u otra manera, pose, incluso, como dijo, la imagen de Bruce Springsteen. Lo normal en él era igual de amanerado y estudiado que lo excéntrico y lo posado en David Sylvian o David Bowie.”. Mientras tanto, para no ser menos, un joven Knausgård defendía a Dylan y anticipaba sin saberlo a la Academia Sueca: “¡Tiene unos textos tan buenos! Es un despropósito que no le den el Premio Nobel.” Otra marca de la época está dada por la literatura del boom latinoamericano, tan pegada siempre al realismo mágico que Borges y Cortázar terminaban a veces con domicilio en Macondo.

A excepción del tomo inaugural, La muerte del padre, que tenía el claro objetivo de dar cuenta de esa bestia negra que para Knausgård fue su progenitor, el resto de los libros no tiene plan ni montaje, sino un automatismo torrencial, salvaje e hiperrealista. En tiempos de un exhibicionismo tan falso como intervenido, esta falta de filtro se parece a un oasis; aunque al mismo tiempo deja la sensación de que en su escritura no sucede gran cosa. Dicho de otro modo, el proyecto narrativo de Knausgård es un tanto naif. En su compulsión autobiográfica no hay ambigüedades, silencios que requieran ser descifrados, ni una voluntad de estilo. Por todo esto, Roland Barthes, si viviera, lo colocaría seguramente en la categoría de “escribiente” antes que en la de “escritor”. Sea como sea, la novela de Knausgård no deja de ser adictiva; su literatura replica el mundo con tal precisión que el lector, falto de perspectiva, se vuelve una suerte de acompañante terapéutico del autor, incapaz de abandonarlo, no importa lo que escriba.

TIENE QUE LLOVER

Karl Ove Knausgård Anagrama

Trad.: K. Baggethun

y A. Lorenzo

691 págs., $ 495

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