
Robert Bork, un gran traspié de Reagan
Por Emilio J. Cárdenas Para LA NACION
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En 1987, el entonces presidente de los Estados Unidos, Ronald Reagan, postuló al juez Robert Bork para suceder a Lewis Powell en la Suprema Corte de su país.
Bork era conocido como jurista de talla intermedia, pero sumamente combativo y polémico, de línea fuertemente conservadora, en especial en materia de derecho constitucional. Con su propuesta, Reagan -también él un notorio conservador- procuraba, obviamente, que su propia visión política estuviera representada en el máximo tribunal federal de su país. Quería influir, entonces.
Después de un apasionante debate público, de gran calidad, la candidatura de Robert Bork fue finalmente rechazada por el Senado norteamericano, porque ese cuerpo comprendió, con acierto, que su papel confirmatorio exige ir mucho más allá de la sola certeza de que los candidatos que se examinan son profesionalmente idóneos e impecables en cuanto a su conducta personal.
Ocurre que la Constitución no sólo es un documento, sino también una tradición. Es más: es un instrumento de coincidencia social, hecho de historia, prudencia y equilibrio. Por ello, el ámbito de la Suprema Corte no es ideal para quienes postulan posiciones radicales, en cualquier extremo del espectro ideológico. Porque aquellos que, desde el más alto tribunal, tienen la responsabilidad de interpretar los preceptos de la Carta Magna no deberían hacerlo desde posturas extremas, intransigentes, reaccionarias, populistas, ni tampoco abiertamente hostiles a la tradición jurídica de la Nación.
De alguna manera, ese rechazo tuvo mucho que ver con la reacción popular que había impedido a Franklin D. Roosevelt, cuando estaba en la cumbre de su popularidad, modificar a su gusto y paladar la composición de la Suprema Corte de los Estados Unidos. Porque la opinión pública norteamericana, madura, privilegió la defensa del principio republicano esencial de la independencia del Poder Judicial, que estaba entonces en juego.
Las nominaciones políticas para las designaciones en los más altos tribunales de justicia de candidatos con visiones jurídicas extremas, como las de Bork (o, en nuestro medio, la del doctor Eugenio Zaffaroni, de signo ideológico también intenso, aunque ciertamente contrario al de Robert Bork), no son, generalmente, las mejores.
Así lo entendió el Senado de los Estados Unidos que, en el caso de Robert Bork, decidió privilegiar la moderación porque advirtió que la Corte Suprema no es un escenario para enfrentamientos y antagonismos entre magistrados con posiciones rígidas e irreconciliables desde el origen, sino un foro en el que el consenso ha de ser -en lo sustancial y más allá de las saludables diferencias de opiniones, disidencias y matices- un objetivo posible.
Después de todo, es cierto que los iconoclastas, con sus apasionamientos, suelen esculpir más estatuas de las que destruyen.





