
Rudolf Hess: el huésped inesperado
En El enigma Hess (Planeta), Martin Allen revela la trama de engaños que llevó al lugarteniente de Hitler a lanzarse en paracaídas sobre Escocia en 1942
1 minuto de lectura'
Casi desde el mismo momento en que Rudolf Hess saltó en paracaídas el 10 de mayo de 1941 para caer envuelto en la oscuridad del cielo nocturno y aterrizar en la ladera de una remota colina escocesa, le versión oficial inglesa de la llegada del vice-führer a Alemania fue que estaba loco. Curiosamente, en menos de veinticuatro horas Adolf Hitler diría exactamente lo mismo.
Los dos bandos enfrentados tenían motivos opuestos para menoscabar la importancia de Hess. La inteligencia británica podía estar escondiendo un secreto completamente distinto y mucho más peligroso. La llegada de Hess fue simplemente una ramificación imprevista de una operación que pretendía conseguir un objetivo mucho más importante. Hasta el mismísimo momento en que se encontraron con el vice-führer de Alemania sentado frente a ellos vestido con un flamante uniforme negro de aviador, la Inteligencia británica había estado esperando a otra persona.
En Alemania, la reacción de Hitler al viaje de Hess estuvo motivada principalmente por el miedo a perder prestigio delante de su propia gente si se llegaba a descubrir que su Führer, mientras los arengaba para que lucharan en sus guerras de conquista, había estado en realidad involucrado en negociaciones secretas con ciertos jerarcas británicos para firmar la paz y poner fin a la guerra. De hecho, en el intento de cerrar un trato, había llegado a ofrecerles la retirada de las tropas alemanas de toda Europa Occidental ocupada.
La extraordinaria verdad es que durante sesenta años se ha estado tapando con mentiras un secreto político de consecuencias potencialmente devastadoras. Este secreto estaba relacionado con el temor imperante en Gran Bretaña entre 1940 y 1941 a que el país pudiera estar abocado a la derrota total, y a cómo las mentiras políticas más importantes de Gran Bretaña determinaron que Gran Bretaña iba a sobrevivir. Los medios que usaron para cumplir sus propósitos fueron ingeniosos y extremadamente sutiles, pero también totalmente carentes de escrúpulos. Eran los actos de hombres desesperados que debían optar entre una derrota catastrófica y la supervivencia nacional.
Por su misma naturaleza, lo que se hizo se convirtió en un secreto que jamás podría ser revelado. La decisión de extender la leyenda de la nación que resistió en solitario -que Gran Bretaña había sobrevivido exclusivamente a través de la lucha militar y de la suerte- conllevaba que hacer público el secreto durante los años de la Guerra Fría habría resultado en la destrucción de la credibilidad internacional de Gran Bretaña y en la ruina de muchas carreras políticas.
Sin embargo, también podría decirse que existía otro propósito, más noble, para mantener este secreto para siempre. Convenía mantener la impresión de que los líderes nazis eran un extraño grupúsculo de individuos, desprovistos de compasión y humanidad y, en muchos casos, el mal personificado. Si, no obstante, la verdad resultaba que algunos de esos hombres poseían una notable inteligencia política, pero que la inexorable expansión de la segunda guerra mundial fue consecuencia principalmente de su incapacidad para controlar la situación, la distinción entre hombres malvados con perversas intenciones y políticos incapaces de controlar las llamas de la guerra que ellos mismos habían encendido se comienza a difuminar.
Rudolf Hess en Glasgow: Es oficial", anunciaba en grandes titulares el Daily Record el 18 de mayo, para luego continuar diciendo: "Herr Hess, la mano derecha de Hitler, ha huido de Alemania y está en Glasgow, donde se recupera de un tobillo roto". El artículo añadía, con mucho aparato dramático, que Hess, después de haber saltado de su avión en plena noche, había tenido la suerte no sólo de sobrevivir al primer salto en paracaídas que había hecho en toda su vida, sino de aterrizar a pocos metros de la granja de un campesino. No hay duda de que el labrador que lo encontró, David McLean, debió de sentirse muy ofendido al descubrir que el vice-führer creía que su casa era "la cabaña de un pastor de cabras", pero a McLean sin duda le gustaban las entrevistas, pues el Daily Record lo citó diciendo: "Estaba en casa y todos se habían ido a la cama a esas horas de la noche cuando oí el avión pasando encima. Salí corriendo afuera [...] oí un choque y vi cómo el avión estallaba en llamas en el campo a unos ciento ochenta metros. Me sorprendió y me asustó un poco cuando vi un paracaídas cayendo lentamente en medio de la oscuridad. Mirando hacia arriba pude divisar a un hombre balanceándose en el arnés..."
Este fue el anuncio público de la llegada de Rudolf Hess a Escocia. Pero el mismo hecho de que el acontecimiento se hiciera público con tanta rapidez da motivos para la sospecha. En aquellos tiempos Gran Bretaña tenía la censura más estricta de toda su historia. Y aún así el señor McLean pudo hablar cuanto quiso y el Daily Record pudo reproducir a placer sus declaraciones. Los hombres del ministerio, fueran de la censura o de la inteligencia, debían querer que esa noticia se publicase o, de lo contrario, jamás habría visto la luz. Ya había una serie de propósitos secretos desarrollándose tras bambalinas.
El vice-Führer sufría, según se dijo, algún tipo de alteración mental que lo había hecho decidirse a volar a territorio enemigo en lo más enconado de la guerra. Entre el momento en que Hess abandonó su avión para comenzar a planear lentamente hacia tierra en su paracaídas, y el momento en que apareció la noticia en el Daily Record, se había producido un cambio absoluto en la actitud de la Inteligencia británica hacia él. Con el mismo acto de venir y al haber perdido con ello su cargo en Alemania, Rudolf Hess había perdido en buena parte su utilidad.
Siempre se ha dicho que, tras su llegada, Hess fue primero retenido por una unidad de la Guardia Nacional que diligentemente (como tenían órdenes de hacer) telefoneó a la unidad del ejército más cercana para que viniese y se hiciese cargo del piloto enemigo capturado. En este caso, la Guardia Nacional telefoneó al 14° Regimiento de Highlanders de Argyll y Sutherland, cuyos cuarteles estaban en Paisley; pero, curiosamente, el Mando de la Subárea ordenó a los de Argyll que no debían salir a hacerse cargo del prisionero. Se envió, en cambio, una unidad de Highlanders de Cameronia desde Glasgow para que llevasen al piloto alemán directamente a los barracones de Maryhill, en Glasgow. Es más, en lugar de ser arrojado sin ceremonias a la parte anterior de un camión del ejército, destino habitual de las tripulaciones de la Luftwaffe capturadas, este prisionero viajó en un coche privado "como medida extra de cortesía".
A pesar de las noticias del Daily Record, que contaban con la sanción oficial, hubo dos hombres más en la granja de David Mc Lean cuando llegó Rudolf Hess, pero toda mención a ellos fue totalmente eliminada por la censura del artículo del Daily Record.
En 1947, uno de estos dos hombres, Daniel McBride, escribió un artículo que apareció en el Hong Kong Telegraph. Este artículo arroja nueva luz sobre lo que realmente ocurrió después de que Hess saltara de su avión. McBride, entonces sargento en el Cuerpo Real de Señales, estaba destinado en Eaglesham House, unas pocas millas al norte de la Casa Dungavel, y desde allí se llevaba a cabo el trabajo contra la señales enemigas. Este trabajo era tan secreto que ninguno de los vecinos llegó a saber nunca qué se hacía realmente en Eaglesham. En términos laicos, el trabajo consistía en despistar o doblar los rayos de radios alemanes (...)
Tras la guerra, Daniel McBride reveló que: "Ahora que no tengo ninguna obligación con las Fuerzas Armadas de Su Majestad y que Rudolf Hess ha sido sentenciado en los Juicios de Nüremberg, por fin puede contarse por primera vez la verdadera historia de la captura de Hess después de que aterrizara en Eaglesham, Escocia. El propósito de la visita del ex vice-Führer a Gran Bretaña sigue siendo un misterio para el gran público, pero yo diría, con total confianza, que altos cargos del gobierno conocían de antemano su llegada. No se dio aquella noche ninguna alarma de incursión aérea enemiga [...] ni tampoco se siguió al avión desde la sala de control antiaérea del oeste de Escocia..."
McBride hizo público que el sábado 10 de mayo él estaba esperando impaciente su relevo a las 6 PM tras su turno de tarde en la sala de señales de Eaglesham House cuando un colega le dijo que se acababan de cancelar todos los permisos de fin de semana. En su artículo continuaba diciendo: "Más tarde, esa misma noche, yo estaba echado en la cama [...] cuando oí el inconfundible zumbido de los motores de un avión volando bajo, zumbido que se incrementó rápidamente hasta convertirse en un rugido que crispaba los nervios [...] Todos los que estaban durmiendo se despertaron, saltaron de la cama y salieron al exterior rápidamente. Estábamos mirando al cielo, cada uno más o menos vestido, cuando vimos al avión pasar muy bajo sobre nosotros. Lo vimos con toda claridad, pero debido a la escasa luz del crepúsculo no pudimos distinguir sus enseñas. Por el ruido de los motores y el diseño, dedujimos que no era uno de los nuestros [...] Apenas se había vuelto a ir a la cama el último de los nuestros cuando de nuevo oímos regresar al avión. De nuevo salimos afuera y vimos con claridad el aparato. Por dos veces el piloto voló en círculos sobre nuestro cuartel".
Mientras los jóvenes estaba en pie en el jardín oteando el cielo nocturno, divisaron el avión, que de repente ascendió casi de forma vertical justo antes de que sus motores se apagasen. El avión giró sobre su eje y comenzó a caer en picado. Una figura saltó de su interior. Se abrió su paracaídas y el hombre comenzó a deslizarse suavemente hacia el suelo. McBride comentó: "Creí que se trataba de uno de nuestros chicos que había tenido algún problema mientras trataba de expulsar algún aparto alemán, sobre todo porque no había habido fuego antiaéreo contra él y no había sonado ninguna alarma".
Desde aquí en adelante, el testimonio de Daniel McBride choca completamente con la historia oficial de un granjero solitario que salió de su casa una oscura noche para encontrarse a un avión alemán cayendo del cielo a unos pocos metros de su puerta trasera. McBride afirmó que fue él el primero en llegar al alemán, y que también fue quien hizo entrar al piloto en la casa, y que durante la breve conversación que mantuvieron el aviador alemán declaró que su nombre era Alfred Horn.





