San Martín, el masón

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
Todo con estricta reserva, sólo escribía cartas, en las que no delataba sus propósitos
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20 de mayo de 2014  • 00:22

En una columna reciente sobre Sarmiento, relatamos que había sido Gran Maestre de la Masonería Argentina, cargo del cual pidió licencia para ocuparse de la Presidencia de la Nación. Hace poco tuvimos un encuentro con caballeros pertenecientes a la misma logia de Sarmiento (Unión del Plata), quienes nos ratificaron este dato y agregaron otros.

José Francisco de San Martín (1778-1850) fue iniciado en 1808, en la Logia Integridad N° 7 de Cádiz, siendo venerable de la misma su superior, el General Solano, marqués del Socorro, de quien era edecán. Ese mismo año, Solano fue linchado por una turba en la convulsionada Cádiz: lo acusaban de no atacar con suficiente rapidez a la flota francesa. A punto estuvo San Martín de correr la misma suerte, pues incluso lo confundían físicamente con Solano, que también era americano, nacido en Caracas.

Más tarde se afilió a la logia Caballeros Racionales N°3, en la que ese mismo año fue exaltado al grado de maestro. Después de participar en la batalla de Albuera, el 16 de mayo de 1811, San Martín pasó al Regimiento de Sagunto. El 6 de septiembre de ese año pidió la baja del Ejército Español, que le fue concedida (¡velozmente!) el día 12, con autorización para trasladarse a la ciudad de Lima, a fin de atender asuntos personales, según consta en su solicitud. Esta licencia fue notificada al virrey del Perú.

¿Cómo logró San Martín que le concedieran una licencia en sólo seis días?

El 14 de septiembre de 1811, se embarca en un buque inglés con destino a Londres, donde permanecerá cuatro meses. Uno de sus primeros pasos fue concurrir a la casa de Francisco de Miranda (el Precursor) en Grafton Street. Ni Miranda ni Bolívar se encontraban allí: habían dejado Londres el año anterior, pero permanecían los familiares del dueño de casa, Andrés Bello, Luis López Méndez y el secretario de Miranda, Tomás Molini, con su esposa.

En ese domicilio funcionaba la logia Gran Reunión Americana, donde San Martín y Matías Zapiola fueron promovidos al quinto grado de la Masonería. Allí conocieron a numerosos americanos residentes. Después de 1811, fue uno de los fundadores de la Logia Caballeros Racionales N° 7, cuya veneratura ejerció Alvear. También mantuvo contacto con prominentes masones ingleses, conociendo los planes del escocés Thomas Maitland y su grupo parlamentario, encabezado por Sir James MacKintosh, destacado masón, partidario de la independencia americana, amigo a su vez de Thomas Alexander Cochrane, que sería el almirante de la flota cuasi británica que cubrió, desde el Pacífico, el avance de San Martín de Chile al Perú.

En síntesis, los cuatro meses que San Martín permanece en Londres le permiten ultimar los planes que ya tenía ideados. Todo con estricta reserva, ya que, a diferencia de Miranda, sólo escribía cartas, en las que no delataba sus propósitos.

El 19 de enero de 1812, con todo arreglado por el conde de Fife (James MacDuff), junto a Alvear, Holmberg, Zapiola, Chilavert y otros, aborda la fragata George Canning rumbo a Buenos Aires.

Dijo el historiador chileno Benjamín Vicuña Mackenna: "El General San Martín trajo en 1812 a la revolución americana los dos elementos más poderosos que desarrolló su genio y con los cuales al fin la hizo triunfar, a saber: las sociedades secretas y la estrategia. Las primeras fueron el gran resorte político del Libertador". No dice logias, dice sociedades secretas.

El lunes 9 de marzo de 1812, San Martín desembarca en Buenos Aires. Siete días después (otra vez, inusitada rapidez) el gobierno superior provisional le otorga el grado de teniente coronel de Caballería, nombrándolo comandante del Escuadrón de Granaderos que habría de organizarse.

Mientras se ocupaba de su faena militar, San Martín tomaba contacto con los masones de Buenos Aires, en especial con Julián Baltasar Álvarez, de la Logia Independencia. Junto a Zapiola y Alvear levantan el "triángulo" de la Logia Lautaro N° 1. La integrarán los masones iniciados en Cádiz o Londres: Anchoris, Guido, Zufriátegui y Malther. Después ingresarían Cornelio Saavedra, Manuel Belgrano, Bernardo de Monteagudo, Manuel de Anchorena, Julián Álvarez, Manuel Pinto y otros. A comienzos del año siguiente, la logia contaba ya con 55 miembros.

Hasta aquí los hechos consignados en el libro Masonería Unión del plata- Historia de la Augusta y Respetable Logia Madre, firmado por Rolando Bompadre, y con fuentes en el propio archivo de la Gran Logia de la Argentina.

¿Estas organizaciones eran verdaderamente masónicas? Es cierto que utilizaban el simbolismo y transmitían los ideales de la masonería, pero actuaban con un fin preciso y muy claro

Algunas preguntas que surgen de la lectura de este libro impactante. ¿Cómo logró San Martín que le concedieran una licencia (más bien retiro) en sólo seis días? En 1812, no era un secreto para nadie que se producían en Buenos Aires, Montevideo, Caracas y otras ciudades americanas fuertes movimientos, fogoneados por Gran Bretaña, para obtener la independencia de las colonias españolas y un gran mercado favorable al comercio inglés. ¿Nadie preguntó, en España, por qué el destacado teniente coronel americano, en lugar de viajar a Lima se dirigía a Londres, donde permanecería 4 meses en contacto con el Conde Fife (su amigo personal James MacDuff que había combatido como voluntario en España contra los franceses)? Tanto este caballero como el señor Charles Stuart concedieron recomendaciones personales y cartas de crédito (que no usó, está aclarado varias veces) para allanarle los caminos en Londres. Y terminaron coordinando el viaje de una cantidad de militares hispanoamericanos con rumbo al Río de la Plata, acompañados también por profesionales que no eran americanos ni españoles, como el prusiano barón Holmberg. Que luego echaría raíces aquí.

Da la sensación de que una mano invisible aceitaba los engranajes para que un conjunto de fuerzas, hombres y tal vez capitales, se concentrara en Buenos Aires, Caracas, Montevideo, Santiago y otras ciudades. Poco más o menos, lo dice Vicuña Mackenna: si no hubiera sido por las sociedades secretas y la ayuda británica, la independencia hispanoamericana no habría sucedido. Otra pregunta: ¿Estas organizaciones eran verdaderamente masónicas? Es cierto que utilizaban el simbolismo y transmitían los ideales de la masonería, pero actuaban con un fin preciso y muy claro, convocando todo tipo de apoyos para lograrlo. ¿Eran tal vez paramasónicas? En realidad, no conocemos documentos que acrediten la afiliación de Lautaro o Caballeros Racionales a ninguna gran logia europea. Por más que todos o casi todos sus integrantes fueran masones. Incluso los sacerdotes.

En la correspondencia de los hombres de mayo (y hasta 1850) se utilizan muchas veces expresiones misteriosas: ir al teatro, reunión de familia, enseñanza de Matemáticas. Sin duda eran formas veladas de referirse a un asunto secreto. Atención: aquellos hombres podían ser acusados de traicionar a la corona o a Dios.

Cabe recordar la Encíclica "In Eminenti" del Papa Clemente XII (1652-1740): "Hemos decretado condenar ciertas sociedades, asambleas, reuniones, convenciones o sesiones secretas, llamadas francmasónicas o conocidas bajo alguna otra denominación...bajo pena de excomunión".

¿Es relevante hoy este decreto, en tiempos del papa Francisco? Nada nos autoriza a pensar que ha sido derogado. En fin, todavía nos falta estudiar bastante.

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