Saramago, un autor que anticipó la peste

José Saramago, el escritor portugués que anticipó la peste.
José Saramago, el escritor portugués que anticipó la peste. Fuente: AFP - Crédito: PIERRE-PHILIPPE MARCOU
Diez años después de la muerte del Nobel portugués, Ensayo sobre la ceguera es leído como profecía de la actual pandemia
Daniel Gigena
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20 de junio de 2020  • 00:00

Este año, debido a la inesperada llegada del Covid-19 , el nombre de José Saramago reapareció en el debate público porque se le atribuyó un carácter anticipatorio a algunas de sus obras, en especial Ensayo sobre la ceguera (1995), en la que seis personajes anónimos deben sobrellevar las consecuencias generadas por una pandemia de "ceguera blanca". Tres años después de la publicación de ese libro, el escritor nacido en 1922 en la pequeña localidad portuguesa de Azinhaga recibía el Premio Nobel de Literatura. Hasta hoy, es el único portugués que obtuvo ese reconocimiento. En su discurso ante la Academia Sueca, Saramago comenzó por recordar con "humildad orgullosa" a su abuelo materno, un campesino, para luego, en un giro inesperado, atribuirles a los personajes literarios magisterio sobre su vida: "Ahora soy capaz de ver con claridad quiénes fueron mis maestros de vida, los que más intensamente me enseñaron el duro oficio de vivir, esas decenas de personajes de novela y de teatro que en este momento veo desfilar ante mis ojos, esos hombres y esas mujeres, hechos de papel y de tinta, esa gente que yo creía que iba guiando de acuerdo con mis conveniencias de narrador y obedeciendo a mi voluntad de autor, como títeres articulados cuyas acciones no pudiesen tener más efecto en mí que el peso soportado y la tensión de los hilos con que los movía".

De la vida vivida a la escrita, su obra se apoya en las voces de los otros y, si bien no podrá nunca transformar el mundo, amplía el horizonte de la experiencia. Conoció la fama recién en la década de 1980, más cerca de los sesenta que de los cincuenta años. Luego de la publicación de El Evangelio según Jesucristo (1991) tuvo que soportar un insólito caso de censura cuando el gobierno de su país vetó su nombre para el Premio Literario Europeo porque podía ofender a la Iglesia católica (cosa que, en efecto, sucedió). Así el autor protagonizó un episodio más en la historia de las lecturas equívocas y la censura. "Puedo estar fuera de la Iglesia, pero no del mundo que la Iglesia creó", dijo. A partir de ese momento, abandonó Portugal y se instaló en la isla española de Lanzarote (su "balsa de piedra") y allí murió el 10 de junio de 2010, a los 87 años.

¿Cómo hubiera querido ser recordado Saramago a diez años de su muerte? "Sus lectores sabemos que el hecho de ser el primer Premio Nobel de lengua portuguesa le habría importado menos que la huella de su discurso de aceptación, en el cual afirmó que su abuelo analfabeto fue el hombre más sabio que había conocido -responde la doctora en Letras por la Universidad de Buenos Aires María Elena Fonsalido-. También sabemos que le hubiera gustado ser recordado como el escritor que puso al hombre común, al hombre gris y anónimo, el de Historia del cerco de Lisboa (1989), el de Todos los nombres (1997), el de El hombre duplicado (2002), en rol protagónico. Vislumbramos, asimismo, su horror de ver casi cumplidas las profecías distópicas de Ensayo sobre la ceguera . Y, sobre todo, sabemos que hubiera gozado estar en nuestra memoria como el novelista que reivindicó a la clase campesina en la familia de Alzado del suelo (1980) o en los míseros y heroicos obreros de Memorial del convento (1982)". En su literatura, que Saramago siempre concibió asociada con la militancia en el Partido Comunista, trató de asimilar el pesimismo con el optimismo de la voluntad, siguiendo el postulado del italiano Antonio Gramsci. En los últimos años, describió las democracias europeas como "engatusadoras" de las fuerzas sociales. "No era, como los grandes humanistas del Renacimiento, versado en lenguas (su esposa, Pilar del Río, traducía casi simultáneamente sus textos al castellano), pero sí era, como ellos, un humanista en el sentido más estricto de la palabra: aquel que interpeló a sus lectores con comentarios, anacronismos, interrogaciones, ironías, que hacían que su narrativa fuera reconocible en el tono, en la modulación, en el fraseo; aquel que, desde sus personajes, miró a su circunstancia desde el estricto nivel de lo humano, en la medida exacta de su miseria y de su grandeza", agrega Fonsalido.

Para Miguel Koleff, doctor en Letras por la Universidad Nacional de Córdoba y responsable de la Cátedra Libre José Saramago, siempre hay razones para volver a la obra del escritor portugués. "Sobre todo cuando uno ejercita la reflexión crítica y se cuestiona sobre la marcha del mundo -dice-. Lo que no es frecuente es que se lo evoque por una razón que se nos escapa de las manos. A raíz de la pandemia del coronavirus, novelas como Ensayo sobre la ceguera o Las intermitencias de la muerte (2005) están siendo objeto de múltiples relecturas en el mundo entero porque los seguidores del Nobel encuentran entre sus páginas una respuesta posible acerca del camino que tenemos enfrente. Cuando la autoridad sanitaria no sabe qué decir acerca del futuro, la literatura lo reemplaza con creces. Y en un caso como el que nos ocupa, con esa lucidez innegable que ha caracterizado al escritor portugués desde siempre".

Según Koleff, la recuperación de estos textos se vincula con el modo en que Saramago acompañaba cada uno de los hechos trascendentales que sacudían el mundo. "De cara a esta peste, lo más probable sería verlo poner en valor tres de sus palabras preferidas: respeto, compromiso y solidaridad -dice-. Empezaría por la naturaleza que nos cobija, por cierto, ya que era su leitmotiv favorito; se sentiría feliz por la posibilidad de reconciliarnos con la ley de la tierra viendo cómo ella sobrevive a nuestro margen y prescindiendo de cualquier aporte. Después, volvería los ojos a la especie de la que formamos parte no sin interrogarse por los desafíos que se avecinan. Estoy seguro de que no perdería la esperanza pero tampoco se ilusionaría con un horizonte más amigable, conociendo a los hombres y sus inconsecuencias. Sería ecuánime sin dejar de ser realista".

Nunca dejó de intervenir en la esfera pública. En los años de madurez, se expidió sobre la penosa situación de los pueblos originarios en América Latina, sobre el descuido del medio ambiente, la violación a los derechos humanos, el capitalismo, los medios de comunicación (a los que achacaba la pereza intelectual del presente) y la religión como institución de poder. "Adonde va el escritor, va el ciudadano", solía decir. Coherente hasta la sepultura, se jactaba de no haberse vendido nunca. En sus últimos años denunciaba donde fuera la "inhumanidad" del poder económico.

"No sé qué papel deben tener hoy los intelectuales del mundo -declaró en 1989-. La cuestión es saber si realmente ellos quieren jugar algún papel, y la impresión que yo tengo, que los hechos me ofrecen, es que no quieren jugar ningún papel. Entregaron la tarea de conciencia moral que algunas veces tuvieron. Hoy, el escritor, ante la televisión, ante los grandes medios de comunicación social, no tiene prácticamente voz y, más aún, su propia voz muchas veces la condiciona a las necesidades y a los intereses de ese mismo medio. Cada vez más, somos meros autores de libros y cada vez contribuimos menos a la formación de una conciencia". Para Zé, como lo llamaban sus íntimos, el primer deber del escritor comprometido con su época y las circunstancias era intranquilizar. "Mis pancartas se llaman páginas", dijo.

Sin embargo, remarcaba que la literatura no podía ser instrumentalizada. "No se puede decir que sirva para esto o aquello", señaló y reivindicaba a Fernando Pessoa, Jorge Luis Borges y Franz Kafka como los escritores más importantes del siglo XX, que fue el suyo. Encontraba el prodigio de la literatura en la ausencia de un propósito definido: "Se trata más bien, y muy terrenalmente, de querer saber cómo puede nacer un mundo". Saramago puso a prueba esa intención desde la publicación de su primera novela, Manual de pintura y caligrafía (1977), hasta Caín (2009), la última publicada en vida y que volvió a enfrentarlo con el cristianismo. "La historia ha acabado, no habrá más que contar", se lee en esa versión audaz de la fábula bíblica, acaso una lección final sobre el futuro de la literatura como patrimonio de la humanidad.

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