Seguimos chapaleando en el barro

Daniel Della Costa
Daniel Della Costa LA NACION
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10 de septiembre de 2009  

Si a un fulano cualquiera alguien lo para en la calle o lo sorprende tomando un vermut y así, en la cara, le canta que es chorro, malandrín, punga y diplomado en salideras, le quedan dos caminos: indignarse y ahí nomás, de un biabazo, dejarlo tendido para luego, en el suelo, patearle las costillas de manera inmisericorde, o, si es enemigo de las trifulcas, pedirle compostura y, por las dudas, llamar a un vigilante. Y, cuando las cosas se han calmado, decirle: "Caballero, usted comete un error. Yo no soy la persona que usted dice, sino un hombre honrado que jamás se ha quedado con un vuelto. Pero si no se retracta ya mismo, lo espero en Tribunales, donde le podré demostrar mi inocencia, o en el campo del honor, donde le haré pagar caro su atrevimiento".

Ahora bien, existe una tercera posibilidad, acaso más efectiva, para el caso de que el agraviado reúna estas dos condiciones tan raras como sospechosas: acrecentamiento exponencial de su patrimonio, gastos fuera de toda medida en aviones y pilchas que no se compran en el Once y amigos que participan de su misma suerte y que tampoco pueden explicar muy bien cómo ha sido que la diosa Fortuna se ha comportado tan bien con ellos. Se trata de una alternativa que no está alcance de cualquiera, pero que opera a las mil maravillas cuando da la casualidad de que el sospechoso ejerce un cargo público muy elevado o está allá arriba, bien arriba, aunque no tenga cargo alguno y cobre unos pocos miles como jubilado.

La denominación técnica de esta respuesta al agravio en que ha incurrido quien ha puesto un manto de sospecha sobre su repentino enriquecimiento y el de sus más queridos socios y amigos, es: "Tú me enchastras, yo te enchastro". Y para practicarla nadie está en mejor condición que quien se halla en las alturas del poder. Porque esto le permitirá, por un lado, no responder ni pío a las acusaciones y, además, ser aplaudido por su claque, y por otro, merced a los buenos oficios de sus mediáticos amigos, tender un manto de sospechas sobre las finanzas de sus adversarios, ya que dispone de todos los medios para espiar sus cuentas, sus liquidaciones a la AFIP, sus depósitos aquí o en paraísos fiscales y hasta, si se da el caso y es necesario acudir también a este expediente, averiguar si entre sus debilidades se encuentra una morocha de la farándula o un personal trainer de fuertes pectorales.

Vale decir: ni andar a las piñas, que en una de esas el otro le pone un ojo en compota, ni andar mostrando lo que se tiene y cómo se consiguió, no vaya a ser que en 2011 no haya re-reelección y El Calafate se encuentre demasiado cerca de Comodoro Py.

"Estoy preocupado -confesó al reo de la cortada de San Ignacio mientras revolvía su café con sacarina en el Margot-. Para mí -agregó-, que me espían". Y como alguien le preguntó por qué y para qué, si no es más que un simple jubilado, se encrespó: "Primero -dijo-, porque ya no cobro la mínima; segundo, porque, soy contrera; tercero, porque nunca declaré ante la AFIP mi colección completa de los discos del Morocho, que valen una fortuna, y cuarto, porque me andan vinculado con una damisela casada del segundo patio. ¿Qué más se necesita para que a uno le pinchen los teléfonos?" "Tener teléfono", le respondieron. "Ah -reconoció el reo- no lo había pensado." Y siguió revolviendo su café.

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