
Señor Borges, Monsieur Proust
Por Tomás Eloy Martínez Para La Nación
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La historia, que fue generosa con Céleste Albaret -la mujer que sirvió a Marcel Proust hasta el momento de la muerte-, sigue mostrándose avara con Fani Uveda, la sombra fiel de Jorge Luis Borges durante más de treinta y cinco años. Pocos han recordado a Fani en los fastos del centenario borgeano, que culminarán el 24 de agosto. Se sabe casi todo de Céleste Albaret y demasiado poco de Fani.
¿Vale la pena acaso saber algo? En el caso de Céleste, la información que acumuló esa criada de pocas luces permite entender todo el proceso de composición de En busca del tiempo perdido , desde los primeros borradores de Sodoma y Gomorra hasta el obsesivo, delirante aluvión de las páginas finales. A Fani le fueron vedadas esas grandezas: sólo se ocupó del cuerpo y de los sueños de Borges, lo que tal vez sea mucho más de lo que se permite a una empleada doméstica. Céleste ha sido glorificada y figura en casi todos los diccionarios de literatura. Fani, cuya pobreza es desoladora, ha conocido sólo la denigración y el olvido.
Percy Adlon, el director bávaro de Bagdad Café , le dedicó a la criada de Proust, en 1981, la primera y tal vez la mejor de sus películas, Céleste . En 1973, la propia Céleste logró dictar sus recuerdos al periodista Georges Belmont y publicarlos en un libro que lleva su firma, Monsieur Proust . En esa época era guía del museo instalado en la vieja casa de Maurice Ravel, y el dinero de las regalías le deparó una vejez apacible y acomodada.
Al mando de la casa
Céleste llegó a la casa de Marcel Proust el 14 de noviembre de 1913, cuando acababa de publicarse Por el camino de Swan . Tenía veintitrés años y se había casado ocho meses antes con el chofer del escritor, Odilon Albaret. Como Fani en los primeros años de su vida con Borges, Céleste empezó a trabajar sustituyendo a la doméstica de confianza, que estaba internada en un hospital y prometía volver en cualquier momento.
A fines de agosto de 1914, Odilon debió alistarse en el ejército y Céleste quedó al cuidado de Proust: podía ser su hermana menor, pero era en verdad su madre. Con una entereza de la que no se había creído capaz, Céleste lo consoló de los terrores que despertaban en él los avances de los ejércitos alemanes sobre París, y lo ayudó en una larga fuga en tren hasta Cabourg, sin separarse jamás de su lado. Cuando regresaron, Céleste tomó el gobierno de la casa del escritor, en el boulevard Haussmann y, a pesar de su educación precaria, copió al dictado las infinitas correcciones que Proust hizo a casi cada párrafo de su monumental novela, llevó los manuscritos a la imprenta, sirvió los cafés finales y se quedó velando de pie en el cuarto contiguo al de Proust durante su larguísima agonía.
Ninguna de las desventuras de Borges le fue vedada a Fani, salvo las del final. Visité a la doméstica un día de mediados de julio en la casa de dos pisos que le prestó Alejandro Vaccaro, uno de los biógrafos de Borges. Todas las fotografías de la planta baja recuerdan las glorias de Boca Juniors. Nada más ajeno al escritor que las estrepitosas papeleras azul y oro, las estrellas de los remotos campeonatos, las infinitas colecciones encuadernadas del diario Clarín , que cubren las losas del piso, sirven de soporte al televisor y adornan la sala de reuniones.
Para atender a los visitantes, Fani se sienta, adusta, ante un escritorio desvencijado. Es una provinciana fuerte, decidida, que jamás se compadece de su mala fortuna. Habla de sí misma en un tono monocorde, sin elocuencia, tropezando casi en cada párrafo con las concordancias de género. Cuenta, por ejemplo, que la noche en que Borges se casó con Elsa Astete Millán, hacia 1967, prefirió dormir solo en su cama de siempre y "lo"acompañó (a Elsa) hasta el colectivo. Esa noche, el escritor soñó con dos mujeres de piel oscura, inasibles como el humo, que "la tomaban" (a Borges) del cuello y trataban de asfixiarlo. Fani avanza sin que nada la perturbe a través de sus inacabables confusiones de género, y más de una vez hay que pedirle que se detenga para entender lo que dice.
En Buenos Aires se ha difundido ya su trivial historia: se sabe que llegó al departamento de Leonor Acevedo de Borges, en la calle Maipú, con una hija de pocos años. Sucedió poco después de la muerte de Evita y, como Céleste, ella también pensó que se iría a las pocas semanas. La enfermedad de la cocinera la puso, casi enseguida, al mando de la casa: se ocupaba de las compras, de los pagos, de leerle a Borges los contratos que le enviaban los editores. A diferencia de la doméstica de Proust, nunca tomó un poema o un cuento al dictado y se sorprende de que se lo pregunten. Sus menesteres eran otros, dice: "Lo que yo cuidaba ahí era la vida".
Más de una vez, Borges la despertaba para contarle sus sueños más angustiosos: a veces imaginaba enanos debajo de la cama; otras veces se soñaba a sí mismo viajando interminablemente en tranvías repletos, tomado del pasamanos. Casi siempre, sin embargo, eran las mujeres de humo las que entraban en los sueños y se lo llevaban. Con rústica franqueza, Fani le aconsejaba que disipara los insomnios contando corderitos: Borges lo hacía, pero los corderos se le rebelaban y se convertían en monstruos fabulosos cuyos nombres Fani nunca pudo descifrar: mantícoras, basiliscos, hipogrifos, dragones.
Es difícil desviar el relato de Fani del momento en que la echaron de la casa de Borges, cuando el escritor llevaba ya algún tiempo enfermo en Ginebra y aún faltaban dos meses para que muriera. Vuelve a la historia obsesivamente, repasando las caras del oficial de justicia que le transmitió la orden de desalojo; del notario que hizo el inventario de los escasos muebles, las condecoraciones y el dinero que el escritor guardaba entre las páginas de los libros; del abogado que le anunció a Fani cómo su nombre había sido borrado del testamento.
Durante algunas semanas, Fani se resistió a su destino de réproba. Trabajó como doméstica en un departamento del mismo edificio, un piso más arriba, lo que le permitía regar las plantas de Borges -o las de ella- asomándose al balcón. También de allí debió marcharse. Con las manos vacías, Fani se refugió en una casilla de cartón y chapas que había construido en Burzaco. Allí se enteró por la radio de la muerte de Borges. Una y otra vez ha pensado cómo pudo ser esa muerte sin ella, cuál Borges se asomó a las oscuridades del otro lado, de las que le había hablado tantas veces.
Soledades de la litertura
Céleste Albaret, en cambio, jamás dejó de ser la confidente de Proust. En sus memorias cuenta que una noche de enfermedad atroz, tomándola de las manos, el escritor le dijo: "¡Y pensar que serán estos pequeños dedos los que van a cerrarme los ojos!" A las dos de la madrugada del 18 de noviembre de 1922, horas antes de morir, Proust llamó a Céleste para trabajar juntos. "Si paso la noche -le dijo-, demostraré a los médicos que soy más fuerte que ellos. Pero para eso tengo que llegar a la mañana. ¿Cree usted que llegaré, Céleste?" Hacia las tres y media, dándose cuenta de que la criada tenía los dedos endurecidos por el frío, Proust la detuvo con delicadeza: "Dejémoslo ya, Céleste -le dijo-. Estoy muy cansado. No puedo más. Pero quédese a mi lado, por favor".
Fani pareció no entender cuando le conté esa historia. No sabe imaginar las cosas imposibles. Sólo sabe regresar al pasado. ¿Qué habría ocurrido si él se quedaba en la casa, Fani? ¿Qué habría hecho usted? Todo lo que se le ocurre es decir que lo habría llevado hacia la bañera, lo habría acostado, como siempre, en dos palmos de agua tibia, y lo habría dejado en silencio una hora o tal vez más, calentándole el agua de vez en cuando, porque "mientras estaba así, en el baño, se le ocurrían las mejores palabras".
Los domésticos han sido fatales en el reino de la política, pero han salvado más de una vez a los escritores de las soledades de la literatura.




