Sensibilidad

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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15 de julio de 2016  • 06:37

La realidad es de no creer. O las personas no son de fiar. Algo está pasando que nada parece significar lo que es. Buen momento para la lectura. En los libros se asienta el sentido, como si la ficción nos permitiera gozar del entendimiento del mundo. Liberarnos del palabrerío indecente. La realidad es el presente sin lectura -lectura en un sentido amplio, una forma de tamizar lo que no se entiende. Se ofrece cruda, a veces obscena, y sólo despierta risa, repudio o espanto. Sensacionalismo sin sentimiento. O sentimiento insensible. En cuentos y novelas la realidad decanta, y las palabras encantan. Vladimir Nabokov diferenciaba sentimental de sensible: "Un sentimental puede ser una perfecta bestia en sus ratos libres. Una persona sensible no será nunca cruel. El sentimental Rousseau, a quien se le saltaban las lágrimas ante una idea progresista, distribuyó sus muchos hijos naturales entre diversos orfanatos y asilos, y jamás los atendió. Una solterona sentimental puede mimar a su loro y envenenar a su sobrina. El político sentimental puede acordarse del día de la madre y aniquilar a su rival y a todo un pueblo. A Stalin le encantaban los niños. Me refiero con sentimental a la exageración no artística de emociones corrientes que pretende provocar automáticamente la compasión y adhesión."

Sensible implica entendimiento, no demagogia. Sentido y sensibilidad, gran título (y novela) de Jane Austen.

Para sensibilizarnos, nada mejor que volver a algunos escritores rusos, tan admirados por Nabokov, que parecen apropiados para la lectura de cualquier presente. Hay que pensar que el siglo de oro de la literatura rusa es uno de los más recientes, en relación a la condensación de autores que reflejaron como pocas veces en la historia, la oscuridad del alma y los abusos de la autoridad. Con media docena alcanza para atisbar la condición humana, en su despliegue decimonónico: Pushkin, Gogol, Turgueniev, Tolstoi, Dostoievski y Chejov. Cuentos como "El Capote" o "Diario de un loco", de Gogol, o "La muerte de Iván Illich", de Tolstoi, sirven para todos los tiempos. Con cierto humor y dramatismo, revelan el engranaje del poder, la locura de los funcionarios y el tormento de la pobreza. Son casi un antídoto del sin sentido del presente.

Sensible implica entendimiento, no demagogia

Es inolvidable la endeblez del personaje de "El Capote", Akaki Akákievich, funcionario de poca monta que "cae aplastado por el peso de la injuria oficial" e intenta defenderse de las burlas y de la miseria "echando mano de la poca libertad que le permitía su lengua". Su sufrimiento es tal, que "sólo puede imaginarlo quien tenga la capacidad de sentir en carne propia la desdicha de otro". Vaya frase. El sufrimiento ajeno suele provocar conmiseración, un consuelo momentáneo. Pero sentir en carne propia la desdicha del otro es una entrega mayor que requiere de actos personales...Por suerte los rusos aliviaron el realismo feroz con el culto del género fantástico, ¡y le encontraron la vuelta histórica! Es un fantástico redentor. Así Gogol, a pesar de la muerte ruinosa de su personaje, lo convierte en fantasma de "ruidosa existencia, tal vez para compensar la nula resonancia que tuvo en vida." Pero aunque se dijera que todos los escritores rusos han salido del "abrigo" o capote de Gogol, elijo otro de sus funcionarios, Axenty Ivanov, "consejero titular", como su mejor personaje. Es el protagonista de "Diario de un loco", uno de los cuentos más tiernos y demoledores de la literaria rusa, que hasta permite gozar de la escritura en su poder de transformación de los días, a tal punto que el loco va anotando en su diario "Abril 43 año 2000", "Marzubre 86 entre día y noche" o "34 de febro de aññño 349". Y es a través de su locura que nos permite ver la locura del mundo: "Toda esa gente, estos padres tan serios que adulan a todo el mundo y acaban colándose en el poder y dicen que son patriotas y que si esto y lo otro: ¡lucro, lucro es lo que buscan todos esos patriotas! ¡Esos Judas, esos sujetos ambiciosos venderían por dinero a su padre, a su madre y a Dios! Todo esto es producto de la ambición…"

En nuestro país, hace muy poco tiempo, se creó la Sociedad Argentina Dostoievski (SAD, sigla bastante significativa, aunque en otra lengua), una puerta de entrada fecunda y flamante para renovar lecturas sensibles.

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