Sexualidad en tiempos de pandemia
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Hace un año, presentado por la hoy ministra de Salud y por entonces secretaria de Acceso a la Salud Carla Vizzotti, un infectólogo de esa cartera le pidió a todos los solteros de Argentina y todo aquel que está en pareja pero que no convive con ella, que se abstuvieran de tener sexo por el Covid-19.
No lo dijo con esas palabras, sino que habló de “evitar los encuentros íntimos con personas no convivientes”. Lo que es exactamente lo mismo; y a cambio, recomendó la autosatisfacción y el sexo virtual. Para lo virtual, además de las videollamadas, avaló el uso de las apps de citas pero sin concretar los encuentros; y en un sobre exceso de paternalismo, también recomendó lavar y desinfectar los juguetes sexuales, incluso si no se los compartía con otros.
Argentina no fue el único lugar donde el Estado hizo este tipo de pedidos, pero eso tampoco fue lo más corriente. Tanto que el pedido ministerial trascendió de inmediato las fronteras nacionales Según la prensa internacional, sólo realizaron sugerencias similares el Departamento de Salud de Nueva York, la Agencia de Salud Pública de Barcelona y, en Canadá, el Centro de Control de Enfermedades de la Columbia Británica.
Con relación a esto, no hay que perder de vista la magnitud del contexto prohibitivo que imperó en el país durante gran parte de la pandemia.
Un reciente estudio de la Universidad de Oxford clasificó las acciones contra el virus de 180 países en función de cuán duros fueron los confinamientos, con números (en una escala de 1 a 100) que indican un promedio desde el comienzo de la pandemia. Y en él, en febrero pasado -ya a más de tres meses del paso del ASPO al DISPO- Argentina quedó ubicada entre las naciones más restrictivas, con un puntaje de 85,19, cerca de un reducido grupo de países que rondó los 90 puntos.
El pedido de Salud tampoco debe leerse desvinculado de las declaraciones gubernamentales referidas al Covid, donde casi siempre se emparentó la prevención con el temor.
Durante los 234 días que duró el encierro local, funcionarios como el ministro de Salud bonaerense, Daniel Gollán, no pararon de generar miedo. Eso, mientras no se testeaba, no se rastreaba los contactos estrechos ni se aislaba lo suficiente. En 2020, Argentina estuvo fuera de los 100 primeros países en cantidad de testeos por millón de habitantes.
Se infundió temor diciendo que, si la cuarentena se levantaba pronto, íbamos a ver “cadáveres apilándose en cámaras frigoríficas, geriátricos y calles”. Que quienes querían salir a trotar eran poco menos que asesinos. Que el tenis también era “una actividad riesgosa”. Que pretender ir a un bar con mesas afuera equivalía a querer salir de casa en medio de una guerra. Que sin vacuna era “inimaginable” ir de vacaciones a la costa porque se “llevaría la enfermedad en forma masiva”.
Así, con un confinamiento interminable como principal método para enfrentar el virus, no debe extrañar que Salud le haya pedido a millones de personas no tener sexo hasta que pase la pandemia. ¿Pero nadie se puso a pensar que el ser humano es un ser de afecto y de vínculo social e íntimo, y que la perpetuación de medidas sólo validas temporalmente puede acentuar problemas emocionales, como la soledad y la depresión?
A principios del aislamiento, el número de usuarios de las aplicaciones de ligue aumentó mucho. Por miedo al contagio, la falta de espacios para socializar y las limitaciones para circular. Todo junto hizo que los encuentros bajaran bastante y que crecieran las invitaciones a chatear. Sobre todo, en las apps heterosexuales, donde no siempre el sexo se da en la primera cita. En cambio, en las apps gays, donde predomina el sexo “para ya” y “sin vueltas”, cerca del 50% siguió con los hábitos pre Covid.
Pero con el paso del tiempo, muchos de los que habían decidido cuidarse, dejaron de hacerlo; y entre los menos precavidos, algunos incluso retomaron las propuestas de encuentros sexuales múltiples.
Frente a esto, como ante otras conductas de riesgo, ¿nadie pensó en hacer campañas segmentadas? En publicidad, segmentar implica dividir al público en función de ciertas características predefinidas, para optimizar el resultado de una campaña. Entonces, ¿por qué no hacer lo mismo con el Covid?
A nivel campañas, el Gobierno empezó recurriendo al global hashtag #QuedateEnCasa, como si eso fuera aplicable en las barriadas de las grandes urbes del país, donde miles de familias numerosas viven hacinadas en pequeños cuartos; y tras incontables apelaciones al miedo, terminó con los humorístico spots Practiquemos la cuidadanía, llamando a desoír a la “gilada” que no se cuida.
“Hacemos prevención con humor porque esto es algo serio”, decían los avisos. Pero utilizar el humor ante un serio problema de salud pública es arriesgado. Porque si bien puede llamar la atención, deja dudas respecto del principal objetivo: incentivar el cuidado vía la responsabilidad individual.
En 2020, en un artículo de The Atlantic titulado La fatiga de la cuarentena es real, la epidemióloga y profesora de Harvard Julia Marcus advirtió que en vez de un enfoque de “todo o nada” para la prevención del Covid, era necesario un manual sobre cómo tener una vida en pandemia. Y centrándose en la sexualidad, recordó que en los primeros años del VIH en Estados Unidos a los gays seropositivos se les aconsejaba no tener sexo.
Esto, hasta que un manifiesto de dos activistas, asesorados por un virólogo, rechazó la abstinencia como única alternativa y reconoció la necesidad del placer sexual en la vida de las personas. Ese documento, llamado Cómo tener sexo en una epidemia, le proporcionó a los varones homosexuales las primeras orientaciones contra el VIH.
De aquel manifiesto, Marcus destacó su clara consciencia de que la abstinencia sexual indefinida no es una opción para todos. Y así como ese texto de los ’80 brindó a mucha gente las herramientas necesarias para tener relaciones con un riesgo bajo pero no nulo de transmisión del VIH, la epidemióloga también planteó la necesidad de un modelo similar de reducción de daños para el covid. Un modelo que admita que no pocas personas igual van a asumir riesgos, y que en vez de señalarlos, les ofrezca orientación para reducir potenciales daños.
Marcus no habla de los kamikazes, sino de gente que por cansancio, soledad o simplemente deseo sexual, de todas maneras va a tener relaciones; y si nadie la guía, cada uno lo hará como pueda.
¿Por qué no entonces una campaña que remarque que intimar con un mismo no conviviente conlleva menos riesgos que hacerlo con diferentes desconocidos? ¿Por qué no sugerir que antes de un encuentro conviene averiguar sobre las rutinas de esa persona, su grado de exposición y su estado de salud? ¿Por qué no recomendar también conservar sus datos para, de ser necesario, hacer un seguimiento?
Las apps de citas son usadas básicamente por jóvenes. Jóvenes que, como dice el experto en educación Gustavo Iaies, fueron mandados a guardarse, sin que nadie se preocupara mucho por la pérdida de sus hábitos vitales. Sin incluirlos en el problema, cuando éste involucra a todos. A los jóvenes, el virus no les hace mucho daño. Como potenciales portadores asintomáticos, pueden contagiar seriamente a los mayores, pero a sus pares, difícil. Un joven que no se siente parte, puede actuar de modo irresponsable. Uno que se siente incluido, puede ser solidario; y como también indica Iaies, nada más permeable que la juventud para inculcar conocimientos.
Ante un nuevo rebrote y el lento plan de vacunación local, ¿alguien se puso a trabajar en campañas preventivas realistas con consejos para reducir daños, dejando en claro la continuidad del riesgo? En una hoja de ruta sobre cómo tener una vida en pandemia, como señaló Marcus.









