
¿Si éste no es el pueblo, el pueblo dónde está?
La democracia es el gobierno del pueblo. En la democracia, la voz del pueblo es la voz de Dios. Pero el pueblo, como Dios, sólo habla en contadas ocasiones. Hoy es una de ellas.
En las contadas ocasiones en que el pueblo habla, calla el vocerío de todos aquellos que pretendían reemplazarlo. La voz del pueblo es tan potente que ahoga, como la voz de Dios, la insolencia de los falsos profetas.
Durante los largos silencios del pueblo, proliferan los usurpadores que dicen representarlo. Durante la crisis que siguió a la renuncia de De la Rúa, el último presidente elegido, el pueblo calló por un tiempo demasiado largo. Muchos usurparon su nombre. Lo usurpó por lo pronto el Congreso, porque, siendo su función proveer a la acefalía sólo por el tiempo mínimo necesario para convocar al pueblo a elegir un nuevo presidente, eligió al senador Duhalde por dos años. Este largo período estaba reñido con la democracia porque la democracia no es el gobierno del Congreso, sino del pueblo.
En julio de 2002, el presidente Duhalde tuvo el buen tino de acortar su mandato. Volvió de este modo a la soberanía del pueblo. Así como para las grandes religiones hay un solo Dios cuya voz acalla la de los falsos profetas, en la democracia hay un solo soberano cuya voz escucharemos hoy. Y así como en cada religión hay una instancia sublime de la cual todo lo demás depende, hoy, en el cuarto oscuro, cada ciudadano a solas con su conciencia encarnará, en esa instancia sublime, la voz del pueblo. El cuarto oscuro es la misa de la democracia.
Mientras el pueblo callaba, no sólo el Congreso usurpó su voz. También lo hicieron incontables manifestaciones que gritaban en las calles en lugar del pueblo ausente. Miles, centenares o decenas de activistas nos aturdieron cada día con su vana pretensión de ser los voceros del pueblo. Pero, por tumultuosas que sean, las puebladas no sustituyen al pueblo. Las fulmina nuestra Constitución cuando dice en su artículo 22 que "toda fuerza armada o reunión de personas que se atribuya los derechos del pueblo y peticione a nombre de éste comete el delito de sedición".
¿A quién votar?
Sería un error creer que hoy elegiremos al nuevo presidente de los argentinos. Esto sólo sería posible si alguno de los candidatos se acercara al piso del 40 por ciento necesario para resultar elegido en la primera vuelta. Los encuestadores nos dicen que aun los candidatos con más apoyo apenas sobrepasan el 20 por ciento.
Si no vamos a elegir presidente, ¿qué es lo que haremos hoy? Vamos a elegir a los dos finalistas para los comicios decisivos del 18 de mayo. Dicho de otro modo, vamos a excluir de las elecciones presidenciales a todos los candidatos menos dos.
Hay dos maneras de votar. En el voto testimonial, el ciudadano no escoge a un candidato porque piense que puede ganar sino para reafirmar su lealtad a una fuerza, a una persona, a una idea. El último viernes, cuando LA NACION les preguntó a los artistas cómo votarían, Osvaldo Miranda respondió que lo haría por Leopoldo Moreau porque es radical. El legendario actor dio, de este modo, un ejemplo del voto testimonial.
Pero también se puede votar no ya para dar un testimonio sino para influir efectivamente en el resultado. Este es el voto pragmático. Los encuestadores nos dicen que la mayoría de los ciudadanos se inclinará, hoy, por este tipo de expresión electoral.
Nada se les puede decir a los votantes testimoniales, porque en el fondo de su corazón ya han elegido. ¿Qué se les puede decir en cambio a los votantes pragmáticos? Que el efecto inmediato de su voto será excluir a todos los candidatos menos a dos de la confrontación final. Podría decirse que hoy votaremos como en un reality político, expulsando de la "casa" de los candidatos a dieciseis participantes de los dieciocho que la habitan.
Pero trece de ellos no tienen, según los encuestadores, ninguna posibilidad. De otros dos, Rodríguez Saá y Carrió, también nos dicen que están con un pie afuera. Las encuestas sugieren que aquellos que tienen más posibilidades de quedar en la "casa" de la segunda vuelta son Menem, López Murphy y Kirchner. Lo que quiere decir que, según como votemos, expulsaremos a uno de los tres.
Menem, ¿estará primero? Así lo indican las encuestas. Si lo está, de votar a López Murphy expulsaremos a Kirchner, y de votar a Kirchner, a López Murphy. Pero las encuestas son tan reñidas que si un número suficiente de votantes de Menem se corre a López Murphy para expulsar a Kirchner podría llegar a expulsar al propio Menem.
Sería arbitrario afirmar sin más, por otra parte, que Rodríguez Saá y Carrió carecen, como los 13 candidatos menores, de toda posibilidad. Los votantes pragmáticos votarán hoy, por lo visto, con información insuficiente sobre el efecto posible de su pronunciamiento. En la medida en que la información es insuficiente el voto pragmático, por definición racional, se convierte en su contrario: en una apuesta.
Consecuencias no queridas
Si el votante está convencido de que su preferido, sea Menem, López Murphy o Kirchner, saldrá primero en la elección de hoy, puede darse el lujo de votar por su segundo preferido para excluir de la "casa" al tercero. Si teme en cambio que su preferido quede afuera, deberá votarlo.
Si duda entre los tres primeros, podría preguntarse por los valores que cada uno de ellos representa. Menem es la experiencia. López Murphy es la transparencia. Kirchner es la continuidad. ¿A cuál de estos tres valores privilegia el votante? Según los ordene en una lista de prioridades, así votará.
Mientras el votante testimonial no hace cuentas porque es leal a una creencia, las cuentas que hace el votante pragmático para influir en el resultado están limitadas por la cantidad de combinaciones que podrían darse hoy. Como lo advirtió Max Weber, controlamos sólo hasta cierto punto las consecuencias de nuestras acciones. Más allá, reinan los dioses.
Pero una cosa es aceptar que no podemos controlar las consecuencias de nuestras acciones porque nuestra información es imperfecta y otra es producir consecuencias contrarias a nuestras intenciones por pura y simple miopía. En estas elecciones hemos visto dos de estos casos.
El primero fue la perturbación en las calles de la izquierda radicalizada que, como lo indicó José Claudio Escribano en LA NACION, terminó por correr a los votantes hacia el centro. Los activistas de la izquierda radicalizada no han comprendido que aquello que importa no es el escenario de una plaza o una calle donde gritan algunos cientos o algunos miles, sino la platea de millones de espectadores que los miran con espanto.
El segundo caso de irracionalidad habrá de darse hoy con quienes, mediante el voto en blanco, impugnado, anulado o su mera ausencia del comicio, quieran expresar el "voto bronca". Objetivamente, el voto bronca ayuda al candidato que salga primero. La cuenta es fácil. Si votan 100, el ganador necesitará 40 votos para triunfar en la primera vuelta o 51 en la segunda. Si 20 no votan por "bronca", si los votos positivos se reducen a 80, el ganador necesitará 32 votos en la primera vuelta o 41 en la segunda vuelta. Es que el voto negativo expresa una fantasía: que es posible "escaparse" de la democracia. Les guste o no a los votantes enojados, todos estamos en el mismo barco.







