
Sos un hipster: del insulto en Internet y sus derivaciones
Una de las principales confusiones es atribuirle al movimiento un carácter intelectual, que no va más allá de la pose
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Hay columnistas que viven pendientes de los comentarios como si se tratara del rating televisivo (aunque comenta un porcentaje minoritario de lectores). Yo los miro con una mezcla de sorpresa, curiosidad, aprensión e interés antropológico. Por un lado, jamás recibí tantos insultos como en los últimos tiempos; por el otro, reconozco que algunas veces (cuando no se limitan a argumentaciones ad hominem ) los comentarios aportaron información y observaciones que enriquecieron el artículo original.
Hace poco, frente a la violencia o la arbitrariedad de algunos foristas (la misma columna interpretada desde extremos ideológicos opuestos, otros que se quejaban por la utilización de "palabras difíciles" o porque los textos eran...demasiado largos), me preguntaron por qué no clausuraba de una vez esta vía de intercambio: lo cierto es que considero que, para bien o para mal, los comentarios forman parte de una de las reglas intrínsecas de la comunicación en Internet, y funcionan como un feedback al que el periodismo escrito deberá terminar por acostumbrarse. Y que, incluso, pueden dar origen a nuevos artículos: cuando un lector me acusó de "hipster", eso me decidió a leer uno de los tantos libros que había comprado y se amontonaba en la pila de lecturas pendientes. El libro se llama precisamente ¿Qué fue lo hipster? Una investigación sociológica, y fue publicado por la editorial española Alpha Decay en mayo del 2011.
Cuando un lector me acusó de hipster, eso me decidió a leer uno de los tantos libros que había comprado y se amontonaba en la pila de lecturas pendientes
Conocía la palabra hipster en su acepción arcaica, de la manera en que se usaba en las décadas del 40 y 50. Mi edición de En el camino, de Jack Kerouac, incluye una definición del término: "Hipsters eran los individuos rebeldes y pasados norteamericanos de aquellos años. Unas ratas de ciudad, más o menos de moda, que se drogaban y oponían a los 'squares'". Ser hipster significaba escuchar jazz moderno, adoptar los modos y las maneras de hablar de esos músicos (en general negros), utilizar recreativamente drogas como la marihuana y tomarse el sexo con libertad. "Jóvenes blancos adoptando las formas de los negros urbanos de su tiempo", se puede leer por ahí. La descripción que hace Wikipedia tiene incluso un sesgo positivo: "Hipster es un término usado para referir a una subcultura de jóvenes, adultos de reciente establecimiento en la clase media urbana y adolescentes mayores. La subcultura está asociada con la música independiente, una sensibilidad variada en una moda alejada de corrientes predominantes, y estilos de vidas alternativas". Pero, al parecer, el término fue rescatado y reutilizado, sobre todo en los Estados Unidos a partir de la década del 90, para señalar a una nueva tribu urbana, muy visible en ciudades como Nueva York en el período comprendido entre 1999 y 2010. Tiene, en la actualidad, carácter de un insulto, y su uso llegó a tierras tan lejanas como Buenos Aires.
¿Qué fue lo hipster? recoge un coloquio convocado por los responsables de la revista neoyorquina N+1 (jóvenes intelectuales "serios", moldeados por el pensamiento sociológico francés), discusión que funcionó como disparador para una serie de ensayos y artículos posteriores que intentan analizar el fenómeno hipster al mismo tiempo en que se desarrolla (y ése es tal vez su mayor desafío y atractivo: comprender los modos de una subcultura antes de que desaparezca o se disuelva en otras). "Por una vez se trata de ofrecer un análisis de un fenómeno cultural que no procede de la televisión ni ha sido predigerido", anuncia Mark Greif, profesor de la New School University de Nueva York y fundador de N+1, en la introducción del libro.
Tratemos de resumir algunas de las definiciones volcadas en las más que interesantes doscientas páginas de ¿Qué fue lo hipster? Al parecer, se trata de una subcultura fruto del neoliberalismo estadounidense, encarnada en la clase blanca urbana acomodada. Sus valores, que son pocos (más allá de la procrastinación: los hipsters son nihilistas, sin mayores preocupaciones que el placer y la estética, la sed de fiesta y la exaltación de la subjetividad), "ensalzan la política reaccionaria, pero disfrazados de rebelión, ocultos tras la máscara del vicio". El hipsterismo tiene una matriz neobohemia, y relaciones fundacionales con el mercado del diseño, el marketing, la cultura web y el rock independiente. Lo hipster, por definición heterogéneo, está asociado también al concepto de gentrificación: el fenómeno por el cual ciertas zonas de las ciudades globales que nunca habían despertado el interés de las clases acomodadas se convirtieron en foco de atracción para el capital, y se revalorizaron como espacios de residencia y ocio para los jóvenes ricos. En Nueva York, específicamente, los barrios del Lower East Side (Manhattan) y Williamsburg (Brooklyn).
En Buenos Aires, lo hipster vendría a ser algo así como una mezcla de lo cheto con lo moderno, con un toque de alternativo
También se usa la palabra hipster para denominar a una especie de consumidor rebelde, que ve en la compra "una forma del arte", que asume las tendencias de manera tan rápida y espontánea que siempre está ubicado "por encima de la moda" o del concepto de coolness. El aspecto visual, tan importante para los hipsters (que jamás reconocerán pertenecer a ninguna subcultura, y mucho menos definirse ellos mismos como hipsters: ésta es una de sus características sobresalientes), ayuda a su identificación. En los hombres: delgadez extrema, pantalones ajustados, tatuajes, musculosas, buzos con capucha, gorras de camionero o de béisbol, barbas desprolijas, anteojos de marco grueso, un aspecto general siempre desaliñado y adolescente. En la mujeres: también extrema delgadez, piel pálida, ropa vintage o de segunda mano, anteojos, mucha pintura roja en los labios y negra alrededor de los ojos, actitud entre desenfadada y ausente, pelo enmarañado (un look de modelos amateurs que copó, también, el mundo de la moda oficial; así las chicas hipsters, que mostraban su ropa o las fiestas a las que iban en blogs, se transformaron en íconos de la moda callejera y consiguieron sus primeros contratos de trabajo).
Una de las tendencias más difundidas de los hipsters parece ser la de retratar su cotidianeidad y momentos de ocio (que son muchos), abusando del flash sobreexpuesto y de la aplicación Instagram, para que todas las fotografías parezcan tomadas con una vieja Polaroid y así aportarles una "autenticidad sexy". Y profesar un culto exagerado por todo lo que tenga que ver con la década del 80. La serie Portlandia, que se emite por ISAT, parodia de manera excepcional algunos de los rasgos más destacados de esta subcultura.
En Buenos Aires (señalada por el libro como la ciudad "más hipster de Latinoamérica"), lo hipster vendría a ser algo así como una mezcla de lo "cheto" con lo "moderno", con un toque de "alternativo". Lo que definía mejor la contracción francesa bo-bo (de las palabras bohemio y burgués). Su epicentro está en Palermo, y de a poco se ensancha a otros barrios como Villa Crespo, Chacarita y Villa Ortúzar (los intentos para remozar San Telmo, atacado al mismo tiempo por el hipsterismo y el turismo de masas, afortunadamente no dieron resultado aún). Una de las principales confusiones (promovidas por los hipsters, que en general se dedican a profesiones como el diseño gráfico, la publicidad, la moda, la curaduría de arte, el galerismo, la gastronomía e incluso el periodismo y la edición) es atribuirle al movimiento un carácter intelectual, que no va más allá de la pose. Existen dos publicaciones porteñas por el estilo, revistas con un contenido textual casi inexistente, dedicadas a la moda, el consumo y la fotografía de celebridades del mundo emergente. Remix es una. Y el caso más asombroso es el de la revista Galera (una versión pobre y conservadora de la Vice, biblia del hipsterismo), cuya bajada es "intelectual y frívola", ecuación a la que claramente le sobra un término.
Una de las principales confusiones es atribuirle al movimiento un carácter intelectual, que no va más allá de la pose
Para volver al principio de este (¡demasiado extenso!) artículo, y en respuesta a aquel comentarista, confieso que me resulta difícil verme como un hipster: pasé los treinta hace mucho, nunca tuve padres que me mantengan, no llevo piercings ni tatuajes, mi conciencia y mi cultura son prácticamente analógicas, no voy a fiestas ni me gustan las fotografías, soy impermeable a las redes sociales y, como se dice en el libro, crecí en una época en que existía "una diferencia sustancial entre la cultura underground y la cultura de masas". Pero tampoco pierdan las esperanzas: no hay que olvidar que una de las principales características de un hipster es, precisamente, la de no reconocerse como tal.






