
Supercapitalista... y estatista
Hace 37 años esta nación de sólo 600 km2 soñó con ser moderna y eficiente, y lo logró
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SINGAPUR.- No hay papeles en la calle, ni una mísera colilla se distingue entre las cientos de personas que, ordenadamente, esperan para cruzar una esquina que el semáforo se ponga en verde. Todo es reluciente, prácticamente sólo se escucha hablar inglés, no hay mendigos ni mucho menos homeless. Europeos y asiáticos se mezclan como si nada, igual que hindúes y musulmanes. Algunos, mientras esperan, juegan nerviosamente con sus celulares en la mano, según parece. Pero no: están mandando mails para avisar que ya llegan o que están demorados. Ya cambió el semáforo, pero mientras cruzan todos están atentos al reloj que hay al lado, con números que van descendiendo, para avisar cuánto tiempo queda para terminar de cruzar la calle.
Por la mítica Orchard Road, donde conviven las shoppings más lujosos con las marcas más exclusivas del orbe, los singapurenses se dedican a su pasatiempo favorito, salir de compras. Es una tarde más de un día cualquiera en esta calurosa y sorprendente Singapur, donde nada es lo que parece salvo una cosa: la decisión, hasta ahora exitosa, de todo un pueblo con miles de diferencias para construir una nación que se distinga de todas. Y, a 37 años del día en que comenzaron este camino, lo están logrando.
Es que en casi cuatro décadas, Singapur vivió un milagro, aunque detrás del facilista término de "milagro" se esconda toda una historia de un país que, harto de ser víctima de la falta de recursos, decidió convertirse en nación, tomando decisiones difíciles, muchas de ellas polémicas, pero con un solo objetivo a la vista: hacer de este país el mejor lugar para vivir y desarrollarse en una zona por demás conflictiva.
Con una economía abierta, el tercer puerto más utilizado del mundo, un centro financiero que no tiene nada que envidiarles a los mejores del mundo, el tercer estándar de vida de la región después de Brunei y de Japón, y un Estado fuerte y eficiente, Singapur ya es una de las naciones más desarrolladas del planeta. ¿Milagro? No, decisión, repetida todos los días en las calles con carteles, de aire levemente autoritario, que rezan: "Ponte de pie por Singapur", o "Juntos hacemos la diferencia".
En el origen de Singapur está la clave de su desarrollo. Inventada mirando el mapa, fue elegida en 1819, cuando la Argentina ya era una nación libre e independiente, por sir Thomas Stanford Raffles para ser una ciudad a mitad de camino entre la India y China, un área de "servicio" nacida de un pequeño pueblo donde vivían apenas unos 200 pescadores, colonia británica hasta 1959 e independiente totalmente desde 1965.
¿Por dónde empezar para definir a este país? ¿Y cómo hacerlo? ¿Es la Cuba exitosa, como la definió un embajador, o un Londres en miniatura? Como todo en esta parte del mundo, Singapur presenta dos caras, el yin y el yang, y en él conviven el estatismo más férreo del mundo, después de los países comunistas, y el capitalismo más abierto, la libertad absoluta de creencias y la prohibición de hacer proselitismo religioso, un Estado todopoderoso y omnipresente y la ausencia de cualquier tipo de policías en las calles, los enormes impuestos para los más ricos y una red social que funciona, un negado pero persistente control de prensa y los más de 100 medios que hacen de éste uno de los países más informados de la zona.
Claro que todo, aun estas aparentes contradicciones, tienen puntos en común, difíciles de entender para quien llega del otro lado del planeta, pero tomados aquí como verdades indiscutibles. El primero, y básico, es la decisión tomada hace 37 años, cuando ganaron su independencia, de convertir esta isla-estado en un país próspero, en una nación común que englobase distintas religiones y razas (acá conviven sin ningún problema chinos, hindúes y musulmanes), donde términos como orden social y nacionalismo fuesen rescritos para ponerlos en orden a un nuevo bien común.
Es que si para cualquier latinoamericano nacionalismo significa una cosa, acá es bien distinto. Así, nacionalismo aquí se interpreta como una cuestión pragmática y no dogmática. Y nacionalismo, tomado así, significa usar todos los instrumentos posibles para que crezca LA NACION, aunque esto implique decisiones como abandonar el idioma local, símbolo del nacionalismo de definición de diccionario, por el inglés como lengua franca para todo el mundo.
Hace 37 años, cuando se tomaron las decisiones fundacionales del país, Singapur prácticamente no existía. Una pequeña isla que formaba parte de la Federación de Malasia, sin recursos naturales, exportador de materias primas, agrícoladependiente, con un PBI per cápita de apenas 320 dólares anuales, un Estado ausente y la pobreza campeando en todas las áreas del país. Pero bastó una decisión para ponerlo en marcha, y un hombre que, con sus pros y sus contras, se convirtió en el padre de este Singapur y hoy es visto como el fundador de un experimento que cuenta con el aval popular.
Ese hombre, clave para la región, es Lee Kuan Yew, primer ministro desde 1959 y hasta 1990, y hoy senior minister , una cargo honorífico que le permite seguir moviendo los hilos del país tras bambalinas.
Definir a Lee es definir a Singapur, y por eso vale citarlo, para entender mejor a este país.
En sus memorias, un absoluto best seller en toda Asia, dice: "Mi estrategia era crear un oasis del primer mundo en una región del tercer mundo. Singapur, para triunfar, tenía que ser más fuerte, mejor organizada y más eficiente que otros en la región. Si sólo éramos tan buenos como nuestros vecinos, no había razones para que los negocios estuviesen aquí".
En los términos organización y eficiencia, palpables en cada rincón de esta isla, se esconde la clave de todo. Y a eso se debe la presencia tan fuerte del Estado, tanto en lo económico, la mayor parte de los servicios son estatales, como en la vida cotidiana. Es que Singapur no fue ajena a las dictaduras desarrollistas, por darles un término que, en un sistema democrático, lograron el despegue en esta región, un caso que se repite con Corea del Sur y Taiwan, por citar dos ejemplos.
Claro que acá, Estado tiene otras aristas, y entrar en una oficina pública está muy lejos de nuestra experiencia latinoamericana. Acá todo es eficiencia, los empleados públicos no sólo son amables, sino que se desviven por atenderlo y siempre hay alguien para orientarlo.
Otro término explica este fenómeno del "Estado que funciona bien": la meritocracia. Bien pagados y con expectativas de crecimiento, todos los funcionarios públicos saben que, como si fuera una empresa privada, su promoción está determinada por la rentabilidad de las empresas que están a su cargo.
Claro que, en un mundo donde lo estatal está perdiendo su lugar, Singapur se enfrenta a serios problemas para expandir sus eficientes industrias. Es que habiéndose presentado a varias licitaciones, y pese a realizar las mejores ofertas, sus propuestas fueron desestimadas ya que varios países no quieren que áreas como la telefonía queden en manos de terceros países. Esto, para los singapurenses, es todo un contrasentido, ya que insisten en que, al ser descentralizadas, sus empresas no son estatales. Un ejemplo más de las dos caras que todo tiene acá.
Lo central es que esa idea del Estado fuerte, por momentos más cercano a una dictablanda que a una democracia, es tomado como una construcción social necesaria e indispensable para garantizar un futuro común. Es, en otros términos, intentar un nuevo contrato social donde cada ciudadano deje una parte de su individualidad en función del todo, un complejo sistema que, para ojos occidentales, sólo puede funcionar en esta zona.
Multas y penas de un rigor que asusta
SINGAPUR.- ¿Usted es de los que están todo el día con un chicle en la boca? Entonces olvídese de pasar por Singapur, salvo que quiera arriesgarse a una fuerte multa y a ser mirado casi con envidia por cuatro millones de personas. Es que en esta ciudad mascar chicle está rigurosamente prohibido, una de las tantas prohibiciones que, para malhumor de los locales, también definen a Singapur en el mundo.
Sin embargo, como todo aquí, siempre las cosas tienen dos caras, y hasta los propios singapurenses definen a su ciudad como una fine city , un juego de palabras para decir a la vez que es la ciudad de las multas y una ciudad magnífica.
Entre otras cosas llamativas, además de la pena de muerte por el tráfico de drogas, aquí está prohibido el chicle, pintar graffiti (que tienen una penalización de cárcel y azotes públicos), cruzar la calle por la mitad, acusar al gobierno, fumar en lugares públicos, arrojar basura (tiene una multa de casi 1000 dólares), no tirar la cadena en un inodoro público, la homosexualidad y hasta el sexo oral.
Para muchas de estas leyes hay explicaciones. Para otras, la mayoría, no.
La del chicle, la más llamativa, define la propia esencia de Singapur. Según explican acá, el problema no es comer chicle, sino que la gente arroja los restos al piso y eso, además de ensuciar, le costaba mucha plata al gobierno para limpiar todo. ¿Solución? El chicle fue prohibido.
Claro que no todo es risueño y anecdótico, aunque cuesta no tentarse cuando uno ve a los singapurenses con las remeras de A fine city o cuando uno que llegó sin saber de la rigidez local masca un chicle en el aeropuerto y alguien se acerca a pedirle uno.
Para Michael Fay, un joven norteamericano de 19 años, las duras leyes singapurenses no fueron ningún chiste. Arrestado en 1994 por vandalizar autos (pintarlos con aerosol) fue condenado a cuatro meses de prisión y a seis golpes de caña en público. La intensa presión del gobierno de Bill Clinton y la férrea campaña de la prensa norteamericana (William Safire calificó al castigo de "tortura") consiguieron apenas convencer a las autoridades singapurenses y el brutal castigo fue reducido... de seis a cuatro golpes.
Claro que la contrapartida para tanta dureza está en las calles, donde no se ven efectivos de seguridad y todo luce como nuevo. Tanta sorpresa causan acá los delitos que, por estos días, recibió un lugar destacado en la página 3 del más importante diario local la noticia de que una anciana había sido asaltada en un ascensor. Eso sí: la policía se lamentaba porque había tardado demasiado en atrapar al ladrón. ¿Cuánto tiempo? Ocho horas.





