
Tarde piaste
Alberto A. Natale Para LA NACION
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La voz gallega tarde piache , que para nuestro español es "tarde piaste", viene a propósito de la sugerencia del doctor Eugenio Zaffaroni de transformar nuestra sistema de gobierno presidencial por uno parlamentario. Y lo dicho vale porque, repasando los proyectos y debates en la Convención de 1994, de la que ambos fuimos miembros, no encontré ninguno donde él sugiriera la idea que ahora nos aporta, aunque convengamos en que el Núcleo de Coincidencias Básicas , fruto del Pacto de Olivos, en esta materia sólo admitía desarrollar ideas, pero sin ninguna perspectiva de cristalización constitucional. Al menos, hubiera sido interesante debatirlo.
Los ingleses crearon el sistema parlamentario cuando Robert Walpole, por medio de la dádiva y el soborno a los parlamentarios (nada nuevo de Homero a nuestros tiempos) se independizó de los reyes de Hannover, Jorge I y Jorge II. Los norteamericanos inventaron el sistema presidencial en Filadelfia en 1787, en medio de nutridos debates. Desde entonces, los europeos se hicieron parlamentarios, mientras que los americanos adoptamos el presidencialismo, con fugaces toques parlamentarios en Brasil y Chile.
Ambos sistemas teóricamente son buenos, aunque su eficacia resultará de las sociedades donde se aplican y de los sistemas de partidos que los adopten. El excesivo pluripartidismo de la IV República francesa la llevó a su ocaso y, por eso, transitaron hacia una especie de gobierno presidencial con la V República. Los belgas, tremendamente divididos entre valones y flamencos, pasan meses y meses para tener un gabinete. Por eso, para atenuar vicios del parlamentarismo, Alemania antes y España después pusieron restricciones para los votos de censura y facilidades para la formación de nuevo gabinete. Hasta Italia se las ingenia para tener gobierno en medio de sus habituales torbellinos. Piénsese que hemos mencionado países con culturas políticas asentadas que, además, tienen sistemas de partidos sólidos.
Imaginemos a la Argentina con un gobierno parlamentario, sin partidos, que hoy aparecen reemplazados por espacios, movimientos, frentes, alianzas, etc., en los que predominan las personas por encima de las ideas, en el que ni siquiera hay historias comunes de pertenencias a un mismo grupo. Concibamos mayorías formadas en el Congreso, producto de la amalgama de distintas corrientes, aptas un día para votar la moción de confianza para designar primer ministro y, a la primera de cambio, rápidas en descomponerse para aprobar una censura y hacer caer al Ejecutivo. Y éste, con su consabido derecho de disolver ambas cámaras y convocar a elecciones para que el pueblo dirima el conflicto. ¿No es presumible que le añadiremos más inestabilidad al sistema político? Por lo menos es un tema que merece una meditación seria.
Los vicios de la política argentina no están en sus instituciones. Gobernantes lúcidos y austeros; parlamentarios dedicados y honestos; jueces que digan lo que dice la ley y no le hagan decir lo que ellos quieren que diga; partidos políticos de verdad, con militantes, adherentes, jerarquías legales, no meros sellos publicitarios con personerías obtenidas copiando la guía telefónica. Estos son resguardos muchos más sólidos que andar buscando alquimias institucionales, algunas en plena revisión en sus mismos lugares de origen.




