
Teorías conspirativas
El origen de la gripe porcina y la eventual mutación del virus A H1N1 siguen estando al tope de la agenda mundial. En estos días, el científico australiano Adrian Gibbs, uno de los padres del Tamiflu, afirmó que el virus podría haber sido creado en un laboratorio. Según Gibbs, las características genéticas del virus hacen suponer que fue cultivado en huevos, que en forma habitual son utilizados en laboratorios para cultivar virus o vacunas. La OMS ha salido a contradecirlo, diciendo que se trata de un virus de origen natural. Pero la afirmación del especialista ayuda a sustentar las hipótesis de una acción intencional que podría, por ejemplo, haber beneficiado a los laboratorios. Es que cuando aparecen hechos luctuosos e inesperados, otro virus está siempre al acecho: el de las teorías conspirativas. Así, han circulado todo tipo de versiones asociadas al H1N1.
Por ejemplo, que fue un complot para matar a Barack Obama durante la visita que realizó a México. Durante ese viaje, Obama se reunió con el antropólogo Felipe Solís, quien falleció una semana después del encuentro. Los rumores decían que había muerto a causa de la gripe porcina y que la reunión con Obama se había planeado para que éste se contagiara. La Casa Blanca se vio obligada a emitir un comunicado en el que afirmó que Solís había muerto por complicaciones preexistentes y no por la gripe porcina. Se dijo también, como quedó sugerido, que era una ayuda a la industria farmacéutica para aliviar los excedentes ociosos de Tamiflu o para consumir vacunas nuevas. Tampoco dejó de observarse que Donald Rumsfeld fuera director de la empresa Gilead Science, que desarrollara el Tamiflu. Otras teorías imaginan que se trata de un virus genotípico de exterminación racial, o señalan que el virus fue rociado en el ambiente. Sean aviones chocando contra torres o epidemias súbitamente liberadas, los hechos que impactan fuerte en el imaginario colectivo suelen excitar al detective que llevamos dentro.
Por razones narrativas, una conspiración es siempre más atractiva que la insulsa aparición azarosa de un hecho. Pero además, lo que urge resolver, lo que incomoda profundamente, es la asimetría entre la causa y el efecto. No puede ser que un hecho meramente circunstancial, y menos el estornudo de un porcino, tenga la capacidad de volverse cada día más letal y afectar a 2000 millones de personas, si es que el brote se convierte en pandemia. Hay que encontrarle al efecto una causa de la misma envergadura. Frecuentemente, las teorías conspirativas son una necesidad del intérprete más que de los hechos mismos. Así, por ejemplo, en la lectura de ciertos hechos o efectos políticos creemos detectar genialidades cínicas, malicias hiperestudiadas, o lecciones de Maquiavelo donde sólo puede que haya, a veces, estupidez en estado puro. Y yendo algo más lejos, las teorías sobre el mundo son también la búsqueda de una causa -o conspiración- que guarde suficiente simetría con la desmesura de la existencia. Porque nos resulta igualmente indigerible la sospecha de Shakespeare, que se trate apenas de un cuento sin significación, contado por un idiota, lleno de sonido y de furia.
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