
Todo por un buen principio
Por Silvia Hopenhayn Para LA NACION
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Por algún lado hay que empezar. Pero lo mejor sería seguir de largo. Aunque la idea no es perder, ni llegar. ¿A dónde vamos entonces?
Estas disquisiciones son producto de un libro que abruma, divierte, consuela y nos compete. Principiantes (Tusquets), del español Miguel Albero, antes residente en Dakar y Roma, ahora felizmente instalado en Mendoza, rodeado de viñedos que no le pertenecen.
Su novela es, como el título lo indica, un inventario de principiantes: "Aquellos que han concentrado su esfuerzo en el comienzo (de su vida, del día, de una obra, de un camino) y ese ímpetu inicial se convierte en la causa única del fracaso".
Fermín Maroto, el protagonista, es un jubilado que anhela conocer a los principiantes más exitosos. A los que casi no pudieron avanzar en su vida por el éxtasis desbordante de una buena iniciativa.
Es lo que le sucedió a Jean Marc Felling, un escritor de infinitas obras sin principios, o a Dante Patricio Torrisi, corredor de maratón que abandonó antes del primer kilómetro.
El destino truncado de estos personajes resulta risueño y hasta conmovedor. Remite a la Historia universal de la infamia , de Jorge Luis Borges, quien postulaba en el prólogo a la primera edición, de 1935, "la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas".
En este caso, los principiantes buscan salirse de la escena. Empezar sin concluir, para que la muerte no los alcance. Dar un paso certero, evitando el falso. A condición de que sea un solo paso, porque en la vida no hay cálculo que invalide la equivocación, y apenas un meneo puede producir estragos. Pero es en la obcecación y el coraje de estos principiantes donde radica su falla. Detenerse a tiempo no es detener el tiempo.
Para el principiante de Albero, lo que continúa luego del primer ímpetu es tan sólo una melancolía por el arranque. Es cierto que hallar un buen principio puede ser la mejor excusa para no tener más ganas de continuar.
Pero esto que en un escritor es válido para consolidar su fracaso, puede arruinar un país. En nuestra historia reciente, todos vienen a empezar lo que otros terminaron mal, aquellos que rompieron los platos en vez de lavarlos. Entonces, o nadie logra llegar al final de lo que se propone o ninguno sabe cómo culminar. Del mismo modo, resulta paradójico que haya más declaraciones de principios que trayectos legitimados. Como en toda buena novela, lo más difícil es el transcurso. No es una cuestión de perseverancia. Con eso no basta. Y el refrán no hace al triunfo. Se trata del despliegue de una buena idea, más que de la condensación de un arrebato.
Los principiantes de Albero pueden desentenderse del prójimo. La ficción los habilita. Pero los ideólogos de la actualidad deberían contemplar sobre todo el alcance de sus ideas, en vez de gozar tanto del brillo de la ocurrencia.




