Todos hablan y nadie escucha
Por Rodolfo Rabanal
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En un artículo publicado en la revista inglesa The Times Literary Supplement, el columnista itinerante P .J. Kavanagh dedica su comentario de la semana a un viaje reciente por América del Sur. Según Kavanagh, carece hoy de sentido preguntarse si Buenos Aires es más italiana que española o viceversa: Buenos Aires es sencillamente argentina, lo cual implica el fuerte sabor de las dos principales corrientes migratorias más un profuso salpicado de elementos irlandeses, británicos, franceses y judíos difundidos por todas partes y profundamente arraigados en un único estilo: el estilo argentino de Buenos Aires.
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Esta apreciación de Kavanagh diluye la exclusividad de los dos tonos culturales mayoritarios con que la inmigración europea del siglo XIX impregnó a la ciudad y reconoce una identidad inconfundible y definitivamente consolidada: "El resultado de la experiencia porteña para quien llega de Europa _opina el articulista_ se traduce en un sentimiento doble: de cómoda familiaridad y a la vez de extrañeza, ya que la confianza que sentimos no puede menos que parecernos extraña si de pronto recordamos cuán lejos estamos de casa."
Seguidamente, el autor deplora un exceso _y un defecto_ cuya percepción comparto en la forma de un malestar que yo consideraba propio y quizás hasta maníaco, ya que no siempre puedo discutirlo con otros sin que se levante la reprobación inmediata o se me señale que incurro en un error de perspectiva o en una falta de tolerancia.
Kavanagh observa que la vieja costumbre de hablar casi a los gritos sigue en Buenos Aires tan viva como siempre, y añade que ese hábito se agrava cuando se cae en la cuenta de que nadie escucha a quien habla, porque todos quieren decir lo suyo sin que interese para nada lo que dice el otro.
Esta tormenta de la audición negada se aprecia en las comidas o reuniones sociales sin importar demasiado qué tema se trate. El intercambio continuo de chistes, la insistencia desmedida en el protagonismo personal y la noción de que uno es el dueño irrefutable de la verdad son los ingredientes infalibles de la cultura social de Buenos Aires.
La conjetura de Kavanagh en torno de esta falta de atención tan entusiasta lo lleva a preguntarse si la incapacidad que demostramos para escuchar se debe a que no creemos en lo que pueda decirnos nuestro interlocutor o, simplemente, a que no tenemos ningún interés en escuchar lo que ya creemos saber.




