Tontos

Hugo Caligaris
Hugo Caligaris LA NACION
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27 de enero de 2002  

"Se trata de proteger a los millones de tontos que creyeron en la Argentina y depositaron en los bancos sus pequeños ahorros, y de obligar a que, por una vez, paguen los vivos que saquearon el país a partir de 1976."

(De la diputada Elisa Carrió, al presentar una propuesta de partidos de izquierda para la apertura del corralito.)

Una delegación de tontos agradecidos de que por una vez alguien pensara en ellos se presentó ante sus protectores para expresarles su reconocimiento. Fue un espectáculo sobrecogedor: nunca antes se había podido ver, en un mismo lugar, tan elevada cantidad de miradas perdidas. Llevaron cacerolas, pero debido probablemente a una exacerbación súbita de su condición olvidaron la técnica para hacerlas sonar. Los tontos más destacados de la comitiva improvisaron discursos, si es que se nos permite llamarlos de tal modo, y recibieron a cambio, ya que no todavía sus pequeños ahorros, palmadas y apretones que dieron a la ceremonia el carácter de la emoción más honda.

En tanto, los vivos, acusados de haber saqueado al país durante dos décadas y media y bajo la impresión de una amenaza inminente, se apresuraron a desmentir su presunta viveza. "°Somos tontos!", juraron, y lo hicieron con tanta convicción que su flamante profesión de fe fue aceptada, en términos generales, como verdadera, lo que elevó el número de tontos a una proporción y un porcentaje probablemente no registrados con anterioridad en ninguna otra nación del planeta.

Sin embargo, y contra lo que parecían indicar las apariencias, ninguno era tan tonto como para dejar de advertir que la situación no mejoraría en caso de continuar saltando de tontería en tontería. Era preciso descubrir en la oquedad, en la espesura, un puñado de mentes iluminadas, para encontrar el camino de salida. Y en ese punto exploratorio y arqueológico de esta historia incompleta nos encontramos todavía. No es un punto seguro. Se corre el riesgo de caer en manos de pícaros y vivos que nos despojen de lo poco que nos queda. Lo mismo le sucedió a Pinocho, un muñeco tan tonto que se delataba con su propia nariz cada vez que decía una mentira.

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