
Tránsito a la locura
¿Qué clase de locura nubla el entendimiento de alguien que, como el asesino de Pablo Piccioli, baja de un auto a raíz de una discusión de tránsito y dispara a sangre fría sobre otra persona? ¿Cómo un señor que tiene una conducta habitualmente normal, según vecinos que lo aprecian, se vuelve capaz de hacer algo así? Se sabe que una persona a bordo de un auto maneja un arma, en sentido literal. Pero maneja también otra arma, que es su propia personalidad. El arma de fuego es apenas el eslabón final e instrumental de la tragedia.
A su vez, ¿quién no ha sentido alguna vez una ira y una violencia absolutamente desproporcionadas frente a los problemas de tránsito? Algo extraño se juega en la velocidad, en la competencia y en la búsqueda de apropiación de esos espacios inviolables y semisagrados que son el propio auto y el propio carril. Los vehículos se han convertido en prótesis de nuestra personalidad: corporizan y prolongan la sensación de poder -y también de impotencia- de la gente. Así, el roce de un auto contra otro no es un mero choque entre objetos, sino que se amplifica como si fuera un ataque y un reto a la propia personalidad. Todas las afrentas que se han recibido alguna vez parecen concentrarse en un rayón inaceptable.
La violencia en el tránsito es sede habitual de algo que se muestra en este dramático caso: una inmensa asimetría entre las causas y los efectos. Es la multiplicación súbita y enloquecida de la causa lo que hace que las condiciones iniciales sean absolutamente desproporcionadas con las finales. En una dimensión más amplia, la teoría del caos señala que el aleteo de una mariposa en un confín del planeta puede provocar, a largo plazo, un ciclón en el otro. Pero en este caso se trata de la condensación en miniatura de esa teoría, su puesta en juego en unos pocos minutos.
Habría que tener una microteoría del caos para la mente humana, para intentar comprender cómo de condiciones iniciales tan irrelevantes se llega a las condiciones finales de asesinar a un semejante. ¿Qué cosa interviene para que se anule el espacio que media entre una causa nimia y un efecto devastador? Para los griegos un acto criminal era comprendido como un enceguecimiento que los dioses habían operado sobre los hombres. Pero los griegos tenían dioses y razones para la locura muy de otro orden que las del tránsito.






