Tres lecturas de la crisis y un modelo para armar

Eduardo Levy Yeyati
Eduardo Levy Yeyati PARA LA NACION
El país no llegará al desarrollo en la medida en que se atribuyan los males económicos a la gestión anterior; para salir adelante, hay que advertir que la Argentina vive en la trampa de los ingresos medios desde hace décadas
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11 de enero de 2020  

Hay tres maneras de leer la crisis económica.

La primera lectura ve la crisis como un episodio único y original, y se centra en los errores recientes y en sus presuntos culpables: la ilusión monetarista del Banco Central, las apuestas electorales de los estrategas políticos. O patea la pelota afuera: el populismo como causa de todo (la derrota electoral del populismo como condición o sustituto de reformas estructurales), el contexto global, la herencia.

La eliminación prematura del cepo, la sequía de inversiones, la expansión del gasto, las metas de inflación, el atraso cambiario, el cambio de las metas de inflación, el aislamiento político, la polarización son explicaciones individualmente verosímiles pero insuficientes para explicar una crisis. Invirtiendo el principio aristotélico (los hombres son malos de muchas maneras distintas, pero virtuosos de una sola), podríamos decir que cada uno de estos factores seguramente influyó en el resultado, pero la crisis necesitó de todos ellos. Además, no es nuestra primera crisis y, si bien los disparadores y el contexto varían, todas tienen un patrón común.

Condiciones preexistentes

Una segunda manera de leer la crisis es partir del patrón recurrente de los problemas económicos estructurales que nos hacen más propensos a las crisis cambiarias y financieras; simplificando, la falta de moneda y la insuficiencia de las exportaciones.

Las exportaciones proveen dólares suficientes para crecer muy modestamente, digamos, a una tasa de 1% anual. Crecer más rápido genera un déficit de dólares que se financia con deuda. Como ahorramos poco y no en pesos, la deuda es en dólares y con inversores extranjeros dispuestos a correr el riesgo a cambio de retornos extraordinarios y por poco tiempo. Cuando el anabólico de los retornos se agota, los inversores dejan de renovar el préstamo (todos a la vez) y caemos en una crisis de financiamiento.

Las consecuencias visibles de este ciclo son conocidas. Por un lado, dada la alta volatilidad nominal, la inflación sigue de cerca las variaciones del dólar. Esto lleva a los sucesivos gobiernos a usar la apreciación como analgésico antiinflacionario, atrasando el dólar por un tiempo. Así, la evolución del peso muestra ciclos de lenta apreciación seguidos de bruscas devaluaciones, una combinación que ahuyenta a empresarios con apetito exportador. Si a esto le sumamos que nuestras exportaciones demandan poco empleo y, por lo tanto, no son políticamente atractivas, tenemos el negativo de la "coalición exportadora" que muchos economistas pensamos que es esencial para evitar crisis externas: una inclinación al dólar barato y a la administración del comercio del lado público, y a la concentración y al mercado interno protegido del lado privado, dos sesgos individualmente lógicos que no hacen más que profundizar nuestros problemas de moneda y exportaciones.

Pero sería un error pensar en estos factores como puramente económicos. El tipo de cambio retrasado y la sustitución de importaciones prometen, en lo inmediato, salarios altos y empleo. Las raíces de nuestras condiciones preexistentes no son económicas, sino políticas.

Los ingresos medios

Hay una tercera manera de leer la crisis, menos estrictamente económica, aunque complementaria con las anteriores.

Mucho se ha dicho en los últimos meses de las manifestaciones en Chile, Bolivia, Ecuador, Colombia, Hong Kong, El Líbano. Si bien estos episodios suelen obedecer a cuestiones objetivas específicas, en varios de los casos sudamericanos aflora un patrón común que sirve para agregar perspectiva a nuestra trampa del desarrollo.

En 2013, una manifestación en Natal pidió que redujeran el precio del boleto de colectivo y disparó la "Primavera brasileña", similar a las manifestaciones ese mismo año en Turquía, donde el detonante había sido la decisión de urbanizar el parque Gezi. Las protestas en Brasil eran y no eran sobre el precio del transporte. El precio era alto, es cierto, pero también se viajaba mal. Y era difícil y caro estudiar, y el sistema de salud pública no era bueno y las ciudades eran inseguras.

Las protestas de Brasil surgieron justo cuando las nuevas clases medias en países emergentes eran saludadas por el mundo desarrollado y documentadas por la academia. Uno de los problemas con el concepto de nueva clase media es que a una parte importante de nuestro consumo accedemos gratis o a precios subsidiados: salud, educación, seguridad, transporte, hábitat. Cuando pensamos en el desarrollo, pensamos en todos estos consumos, pero cuando medimos la clase media (y la pobreza y la desigualdad), medimos sólo nuestros ingresos.

Las nuevas clases medias latinoamericanas fueron y son clases medias por ingreso, pero no por acceso. Clases medias instantáneas y precarias, vulnerables al ciclo económico y al equilibrio fiscal. Clases medias a medias, con dinero en el bolsillo que no se refleja del todo en el bienestar y menos aún en la movilidad social.

Cuando los estudiantes chilenos protestaron en 2015, pidieron educación gratuita; en 2019, pidieron preservar el subsidio al transporte. Pero no hay que confundir disparadores con causas: en Chile, como en Colombia, la demanda de fondo es por mejorar el acceso y la movilidad ascendente.

Estas demandas no son pruebas del fracaso del sistema. Cómo ya señaló Alexis de Tocqueville con relación a las revoluciones del siglo XVIII en los Estados Unidos y en Francia, la frustración social crece a medida que las condiciones mejoran, pues las demandas sociales se alimentan de su éxito.

En una democracia, no hay nada más legítimo que estas demandas. El dilema político es otro: el acceso sale del mismo presupuesto que el dinero en el bolsillo de los votantes. En una columna de 2013 sobre la "Primavera brasileña" concluía con una recomendación casi retórica: "Los líderes latinoamericanos tendrán que explicar que para tener mejores escuelas, hospitales y trenes mañana es preciso ahorrar más hoy". Improbable: el político tiende naturalmente a elegir lo políticamente más rentable: el dinero, la transferencia, a expensas de la inversión, la construcción de capital humano, la movilidad social. Así, esta dicotomía entre demandas y recursos no es inocua para el desarrollo.

Una prueba de la trampa de los ingresos medios consiste en mirar qué países que eran de ingresos medios hace 60 años saltaron al club de ingresos altos. La lista es corta: algunas economías periféricas de la Unión Europea (Portugal, España, Irlanda), algunas islas Estado (Hong Kong, Singapur, Taiwán) y Corea del Sur (que, al igual que Singapur, se desarrolló bajo un régimen autoritario). En otras palabras, cuesta encontrar precedentes de países democráticos que hayan sorteado la trampa sin ayuda externa.

Títulos y políticas

En este punto, el lector tal vez espere las propuestas de rigor: educación, conocimiento, agregación de valor, movilidad ascendente. Pero esos son títulos, no políticas. La política pública administra la escasez, con un ojo en el futuro y otro en las encuestas: elige a quién darle menos, qué dejar para después. Promover todo a la vez es no promover nada; distribuir lo que no se tiene lleva a una crisis fiscal.

El camino al desarrollo argentino, si existe, es fastidiosamente complejo. De hecho, invirtiendo las palabras de Scalabrini Ortiz, podríamos decir que, si alguien nos lo explica fácil en un par de párrafos, es probable que nos esté "robando". Las piezas de este modelo para armar son muchas. La mayoría ya fueron abordadas en leyes y proyectos de reforma que esperan un debate transversal con la sociedad. Las políticas argentinas deberían, entre otras cosas, redistribuir a favor de sus niños, educar para la inserción laboral, combatir la concentración económica, premiar el ahorro y la inversión local voluntaria, promover la competitividad externa, profesionalizar la función pública, reglamentar el federalismo fiscal, reducir la polarización pendular, eludir el ciclo electoral bianual. Hay muchas maneras de hacer esto y la elección final dependerá menos de las preferencias personales (tengo las mías, como todos, pero no vienen al caso) que de los consensos sociales indispensables.

La Argentina vive en la trampa de los ingresos medios desde hace décadas (nuestros vecinos chilenos no se equivocan si ven en la Argentina un anticipo de su futuro). En la medida en que se atribuya la crisis a los errores del período anterior (y se regrese cada cuatro años, en un péndulo circular), o incluso si se piensa que las crisis económicas se deben a elecciones económicas (y se arreglan con un plan económico), lo más probable es que en veinte años estemos más o menos donde estamos desde hace veinte años. Solo si entendemos y aceptamos la complejidad de lo que nos pasa podremos salir de la trampa.

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