Un anticipo del después, tras la reelección de Vladimir Putin

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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21 de diciembre de 2017  • 01:49

En marzo de 2018 la Federación Rusa tendrá previsiblemente sus próximas elecciones presidenciales. El actual presidente, Vladimir Putin, es sumamente popular. Por esto ha anunciado que será nuevamente candidato a la primera magistratura. Lo cierto es que hoy luce invencible y que pareciera tener la carrera que se avecina ganada de antemano.

Por esto los principales analistas se están concentrando no ya en 2018, sino en que pudiera ocurrir en el período presidencial siguiente: aquel que recién comenzaría en 2024. Parece insólito, pero es efectivamente así. Ocurre que Vladimir Putin no podría aspirar a obtener un tercer período presidencial consecutivo. Porque la actual Constitución rusa se lo prohíbe expresamente.

Por el momento entonces, Putin sólo podría aspirar a ser cuatro veces presidente de su país. No es poco. Como consecuencia de ello, muchos tratan de identificar a quién podría ser su sucesor, pese a que lo cierto sea que aún queda un largo camino por recorrer.

Los encontronazos políticos parecen haber comenzado y nadie sabe, a ciencia cierta, quién podría ser el candidato “in pectore” del propio Putin, quien se cuida enormemente de no hacer señales de ningún tipo en ese sentido.

Hoy Putin tiene 65 años y goza de una salud absolutamente privilegiada, de la que, además, hace gala. Sin embargo, al fin de su tercer mandato consecutivo tendría 71 años, edad en la que hoy mucha gente sigue en plenitud. Por esto no hay que descartar que, cuando llegue el momento, Vladimir Putin intente (como tantos) cambiar las reglas que hoy cierran su camino, a su favor naturalmente. De modo de eliminar los obstáculos que pudieran impedirle seguir en su larga carrera política.

Por esto quienes, ante el escenario descrito, aspiran (o sueñan) con suceder a Vladimir Putin están inmersos en la prudencia, en un comprensible juego de preservación de sus posibilidades. Con la mirada fija en el hombre que puede impulsarlos o también, de pronto, detenerlos.

Las intrigas cortesanas y hasta los codazos abiertos pueden caracterizar al ambiente político ruso en los próximos seis años. Con todas sus tensiones, dramas y batallas esperados. Con ganadores y perdedores, naturalmente. Y habrá que tratar de escudriñar a quienes avancen y a quienes, en cambio, por las razones que fueren, queden en el camino.

Como ya sucediera en Rusia en 1996, enseguida después de que el entonces presidente Boris Yeltsin obtuviera electoralmente su último mandato con la seguridad de que -como también sucede ahora- legalmente ya no podía aspirar a obtener uno más. Tras el, precisamente, llegó Vladimir Putin al poder ruso.

Algunos de esos episodios parecen haber comenzado. Con ruidos sordos. Por ejemplo, en torno al cierre de una joven universidad, dedicada a la investigación. Me refiero a los episodios sucedidos respecto de la Universidad Europea de San Petersburgo, que pareciera concentrar el odio y los rencores de algunos grupos nacionalistas. O con relación a algunas acusaciones de corrupción -como la que ahora tiene como blanco al ex ministro de economía Aleksei Ulyukayev- que han estallado, las que hasta no hace mucho se habrían presumiblemente resuelto en un marco de cierta cercanía y discreción.

Aparentemente, Vladimir Putin -que en 2012 ampliara el término del mandato presidencial ruso de cuatro a seis años- estaría decidido a dejar el poder en manos de quien le garantizara un mínimo de confianza. No sólo respecto del futuro de Rusia. También con relación al suyo propio. Algo que, por cierto, no es fácil de implementar.

Lo cierto es que en torno a Vladimir Putin el ambiente de desconfianzas y pulseadas dentro de su elite política podría crecer rápidamente. Y que, previsiblemente, habrá alianzas reservadas “entre bambalinas” y toda suerte de arreglos discretos entre los contendores, con el objeto de no quedar, de pronto, fuera de concurso.

Como es natural. Nadie querrá ser visto como una amenaza o como una preocupación respecto de los planes que apunten a generar una transición ordenada del poder. Como le está sucediendo al presidente de la petrolera Rosneft, Igor Sechin. Y al arbitrario y dictatorial presidente de Chechnya, Ramzan Kadyrov, un hombre sin compasión, que ha adoptado un andar cada vez más independiente pese a que pareciera tener bastante pocas posibilidades de aspirar a un liderazgo de su país, más allá del de su propia región de influencia.

Vladimir Putin sabe que ya es una figura histórica en su país, al que logró sacar de la desordenada decadencia en la que había entrado luego de la caída del Muro de Berlín. Por esto, el ex agente de inteligencia podría tratar de reservar -para sí y para su círculo inmediato- algún importante rincón de poder, especialmente en materia de seguridad. De modo de no aparecer nunca como un mero “pato rengo”. Ello seguramente beneficiaría a toda la elite del poder.

De alguna manera, esto es algo que Vladimir Putin ha hecho en el pasado reciente. Cuando en 2008 se transformara en primer ministro del ex presidente Dimitri Medvedev, pese a que lo cierto haya sido que, más allá de la engañosa imagen de estar presuntamente en segunda fila, Vladimir Putin mantuvo efectivamente el carácter real de líder indiscutido de su país.

Putin, por su parte, seguramente no quiere arriesgarse a terminar de pronto como le ocurriera a otro conocido longevo del poder: el depuesto y también autoritario presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe. Menos aún, obviamente, como la le aconteciera al duro líder rumano, Nicolae Ceausescu, muerto en 1989, en las inmediaciones de Bucarest, luego de haber sido depuesto.

El último ciclo de la larga era de Vladimir Putin comenzará pronto. A comienzos del año próximo. Concretamente, después de su esperada reelección presidencial, que podría ser la última. ¿O no?

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