
Un cómic que no envejece
Silvia HopenhaynPara LA NACION
1 minuto de lectura'
La historia del hombre puede ser contada. En todas las épocas hubo relatos que la fueron constituyendo. Desde las Cruzadas hasta el Holocausto. Pero no todo testimonio implica una transmisión. Hay que saber contar. Contar para otros. Un clásico del cómic, Maus I y II , de Art Spiegelman, sirve de ejemplo. Es una historieta difícil de hallar en librerías. Por eso vale festejar su nueva edición (con la conocida traducción de César Aira), una lectura propicia para mayores de diez años, aptos ya para entender lo inadmisible: el genocidio nazi.
El cómic está narrado impecablemente. En dos tiempos y escenarios. El primero transcurre en los años 80, en Queens, Nueva York. Allí el autor frecuenta a Vladek, su padre, ya viejo, que le va contando la historia de su vida. Fogonazos de una memoria herida. Es un padre con achaques, medio cascarrabias, que vive con otra mujer y se queja todo el tiempo de ella en pequeñas cosas como su modo de colgar los abrigos en perchas de metal en vez de utilizar las de madera. Un padre renuente a la actividad de su hijo, dibujante de cómics, pero a la vez, dispuesto a contarle su historia, sabiendo que ésta se convertirá en una historieta.
En este tiempo del relato, vemos a Art visitando a Vladek en busca de los retazos faltantes de su historia. Las escenas son conmovedoras, no sólo por lo que su padre le cuenta, sino también por el modo en que comparte sus miserias seniles. El otro tiempo es el de la Segunda Guerra Mundial, en Checoslovaquia y Polonia. Allí vemos (literalmente, es un cómic) cuando Vladek se enamora de Anja, la madre del autor; la vida obligada en guetos, el intento de escape a Hungría y, finalmente, cuando los atrapan y son llevados a Auschwitz. Vemos a Vladek llorar por la pérdida de su hijo Richieu (final del primer tomo) y sobre todo, frente al inesperado suicidio de su esposa (con el que Spiegelman realizó otro cómic, Prisionero del Planeta Infierno ).
El dolor cobra vida no sólo en las palabras que lo evocan, sino también en los dibujos de Spiegelman, que se encargan, sin violencia gráfica, de trazar lo siniestro. Tal es así que los judíos están representados por ratones; los nazis, por gatos, y los demás, por cerdos. Y no es una granja, es una guerra.
Lo más conmovedor es el modo en que se va desplegando la vida de Vladek a lo largo del siglo, en estos dos tiempos y escenarios: un hombre enamorado y corajudo, que se convierte en quejumbroso y maledicente.
La gracia de este libro es su poder de transmisión. La originalidad de Maus no sólo proviene de su autor, que supo darle forma a lo que estaba hecho añicos (la vida de su padre); también le debe mucho a Vladek, cuya valentía, vuelta iracundia y melancolía, renace en sus dichos, en la evocación de detalles, en la expresión de la pérdida ("al recordar, hasta del ojo que no tengo me caen lágrimas"). Dar cuenta de lo vivido es una forma de inventarse una vida, habiéndola perdido. © La Nacion





