Un concepto inquietante: la "hiperpresidencia"
Cuando un presidente obtiene la facultad de emitir decretos de "necesidad y urgencia" sin límites, cuando recibe del Congreso el permiso de gobernar en "estado de emergencia" durante un año más en un momento en que ya no hay emergencia, cuando puede modificar la ley de presupuesto -también llamada "ley de leyes"- a discreción a través del jefe de Gabinete, cuando ha impuesto sus candidatos para la formación de una nueva Corte Suprema sin observaciones del Senado y cuando puede manejar a voluntad los fondos de la coparticipación federal y de las deudas de los gobiernos provinciales con la Nación, deja de ser un presidente constitucional clásico para convertirse en lo que se ha dado en llamar un hiperpresidente. La "hiperpresidencia" es una estación intermedia entre la presidencia constitucional y la dictadura.
Es verdad que nuestro régimen político, tal como lo diseñó Alberdi en las Bases que inspiraron a la Constitución de 1853, es "presidencialista". Pero el presidencialismo, al igual que su alternativa, el "parlamentarismo", es un régimen que reconoce la coexistencia de tres poderes: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial. Lo que ocurre es que, en tanto el parlamentarismo otorga más peso al Poder Legislativo en manos del Parlamento, el presidencialismo le da más peso al Poder Ejecutivo en manos del presidente. Pero en ninguno de los dos regímenes los poderes no protagónicos se desvanecen.
La imagen de la troika, nombre ruso para el carruaje tirado por tres caballos, viene al caso. En la troika siempre hay un caballo que tira más que los otros, pero éstos no dejan de tirar. En el parlamentarismo, el caballo más vigoroso es el Parlamento. En el presidencialismo, el presidente. En ambos regímenes, la primacía de un poder sobre los demás no anula la trinidad de los poderes porque la limitación recíproca entre ellos es la marca de las repúblicas constitucionales. Lo dijo Montesquieu: "Dejad que el poder contenga al poder". Si alguno de los poderes se libera del control de los otros dos, sea él la asamblea de la Revolución Francesa o el gobierno de Juan Manuel de Rosas, ya no hay troika sino unicato. En el "unicato" ya no se habla de la división del poder en tres "poderes", sino simplemente del "poder" a secas, en singular.
Ahora bien, ¿por qué los regímenes republicanos han limitado siempre el poder? Si accediera al poder un presidente maravilloso, ¿por qué habría que limitarlo? Porque las repúblicas desconfían de los hombres providenciales. Lord Acton resumió el espíritu republicano cuando dijo que "el poder corrompe; el poder absoluto, corrompe absolutamente".
El Minotauro
También es verdad que no hemos pasado de la presidencia constitucional a la hiperpresidencia de un solo golpe. La suma de poderes que acumula el actual presidente tiene su antecedente más cercano en los dos mandatos de Carlos Menem. También él usó y abusó de los decretos de necesidad y urgencia, impuso una nueva Corte Suprema y hasta promovió la reforma de la Constitución para hacerse reelegir, marcando así un camino que seguirían casi todos los gobernadores, entre ellos el actual presidente. Podríamos decir entonces que Menem fue el primer hiperpresidente de nuestros años recientes hasta que la oposición de la Alianza y del gobernador Duhalde lo detuvieron cuando intentó conseguir, mediante la "re-reelección", un tercer mandato consecutivo.
Si el intento hiperpresidencial de Menem fue finalmente contenido en 1999, hace sólo cinco años, ¿por qué vuelve ahora en la cabeza de su principal enemigo político? Porque, a menos que altas vallas institucionales lo contengan, todo poder lleva en su seno la semilla de la desmesura. En su libro El Poder, Bertrand de Jouvenel comparó el poder político con un monstruo mitológico, el minotauro, cuyo apetito crecía en lugar de saciarse cada vez que los desdichados habitantes de la ciudad le ofrecían una nueva víctima con la vana ilusión de calmarlo. Esta es la ley de Jouvenel: que, a menos que se lo contenga con firmeza, el poder siempre crece.
Vocaciones opuestas
Al necesitar que un hombre sobresalga a la cabeza del Poder Ejecutivo, el principal problema del presidencialismo es que exige líderes de inusual energía. Esta dificultad se agranda peligrosamente en el caso del hiperpresidencialismo. Sólo un jinete de ilimitada ambición se animaría a montar este brioso corcel. Pero, si aparece un domador incontenible, ¿quién será, después, capaz de domarlo a él?
La hiperpresidencia requiere hiperpresidentes. Si no lo son, caen. Si lo son, voltean todo lo que se les oponga. Tanto en el primer caso como en el segundo, el equilibrio de la república queda comprometido.
La primera dimensión de este dilema quedó en evidencia durante la presidencia de De la Rúa. Con él llegó al poder un senador moderado, respetuoso de la ley, más entrenado en el decir que en el hacer. A De la Rúa le quedó grande el monstruoso poder de la hiperpresidencia que había heredado de Menem. Juzgado como un presidente débil, pasó poco tiempo antes de que las fuerzas del desorden interrumpieran su mandato.
Por eso el presidente actual fue recibido con alivio por la sociedad. Si nuestro signo era la hiperpresidencia, por fin tendríamos un hiperpresidente. La ambición de mandar que necesitan las hiperpresidencias se manifestó desde el comienzo del actual mandato. Las Fuerzas Armadas fueron descabezadas. El vicepresidente fue humillado. La Corte Suprema fue cambiada. El Congreso delegó un poder tras otro. Colaboradores, opositores y periodistas recibieron desde el primer momento un tratamiento agresivo que atravesaba las fronteras de la cortesía. En octubre de 2005, el presidente y sus seguidores tratarán de transformar las elecciones parciales en un plebiscito que supla las carencias de la elección inicial. Mandatarios locales y extranjeros han sido sometidos mientras tanto a largas esperas o a la cancelación imprevista de cenas y audiencias. Es que, cuando alguien quiere todo el poder, necesita verificar que lo tiene en la mirada sumisa o confundida de sus interlocutores.
A partir de aquí, se bifurcan los pronósticos. Algunos creen, y al parecer Duhalde con ellos, que si el Presidente quisiera extralimitarse el país no se lo permitiría como tampoco se lo permitió a Menem. Esperan además que su ambición de poder dé lugar, a medida que asome el aprendizaje, a una creciente prudencia. Esta es la mirada de los optimistas. Otros temen, en cambio, que, a la vista de la debilidad general de los controles y contrapesos de la república actual, la marcha hacia el poder total no se detenga hasta volverse incontenible, incluso para el propio Duhalde. Esta es la mirada de los pesimistas.
El límite final entre la hiperpresidencia y la dictadura, advierten por lo bajo los pesimistas, será la libertad de expresión. Chávez acaba de traspasarlo con el proyecto del control de prensa que ha enviado al Congreso. Nuestro gobierno se ha conformado hasta ahora con presionar sobre los medios y los programas. Si un día cierra alguno de ellos o dicta una ley para controlarlos, también cruzará la frontera fatal. Mientras los optimistas y los pesimistas celebran su debate, aquéllos desean tener razón y, éstos, equivocarse.




