
Un legado de Rousseau
1 minuto de lectura'
La delincuencia campea en nuestro país. La gran mayoría de los argentinos tenemos que vivir preocupados por temor a sufrir una agresión en la vía pública o en nuestra propia casa. Lo peor es que no se trata solamente de ladrones, sino de criminales que están desaprensivamente dispuestos a matar.
Creo que el sustento de ese estado de cosas es la indulgencia con que nuestra legislación penal trata a los delincuentes, que cuando son menores tienen impunidad y que siendo adultos gozan de todo tipo de recursos para eludir sus condenas o procurar reducirlas. Hay jueces que se resisten a condenar a los malhechores por considerar que ellos no son imputables merecidamente, porque son inocentes víctimas de una sociedad que los desprecia, los margina y los conduce a delinquir. Esta conducta no es original de los jueces argentinos, sino que parte de una escuela jurídica que tuvo su origen entre los filósofos de la Ilustración.
La historia es bastante conocida: Diderot sufría uno de sus frecuentes pero muy señoriales encarcelamientos, provocados por la censura a sus obras, esta vez en el castillo de Vincennes, próximo a París. Rousseau, que era su amigo, cuenta en sus autobiográficas Confesiones que un día de verano de 1749, cuando caminaba desde París hacia Vincennes para visitarlo, llevaba con él un periódico, el Mercurio de Francia. Allí leyó, en un alto del camino, que la Academia de Dijon proponía, para el concurso del próximo año, el siguiente tema: "El progreso de las ciencias y de las artes ¿ha contribuido a corromper o a purificar las costumbres?".
Dice Rousseau: "Así que hube leído esto se abrieron a mis ojos nuevos horizontes y me volví otro hombre". Es así como descubre, en contra de lo que sostiene la religión cristiana, que la especie humana no tiene ninguna innata inclinación al mal. Que el hombre es naturalmente bueno y que es la sociedad la que lo hace malo. Que la sencillez e ignorancia ennoblecían al hombre primitivo y que el progreso de las ciencias y las artes había tenido como principal efecto despertar en los seres humanos actitudes repudiables.
Así lo expresa en el discurso que envía a esa Academia, en el que desarrolla una apasionada defensa de la sociedad primitiva y una agresiva crítica de la sociedad civilizada. Defiende su tesis con tanto ingenio y vasta erudición que el jurado, pese a dejar constancia de que no coincide con el criterio del concursante, decide premiarlo.
Como es obvio, la teoría del "buen salvaje" sufrió inmediatas confrontaciones. Pero Rousseau se empecina en defender su teoría y afirma que el cultivo de las ciencias inicia el proceso de corrupción humana. Al respecto sostiene el filósofo alemán Ernst Cassirer en su Filosofía de la Ilustración: "La teoría ético-política de Rousseau coloca la responsabilidad en un lugar donde nunca, antes de él, había sido buscada; su auténtica significación histórica y su valor sistemático consisten en haber creado un nuevo sujeto de imputación que no es el hombre individual, sino la sociedad humana".
Su propuesta tuvo extraordinario éxito entre los miembros de la alta sociedad francesa, quienes se sintieron liberados de sus culpas personales. Ya nadie debía luchar con sus remordimientos porque ninguno era culpable. Todos nuestros defectos y fallas morales no son fruto de nuestra maldad, sino de la corruptora influencia de la sociedad sobre nosotros. Como puede comprenderse, este nuevo postulado brindó respaldo a la aceptación de una moral autónoma, a la prédica de la tolerancia y a la entusiasta defensa de los derechos humanos.
Reconozcamos que la legislación moderna tiende a considerar al criminal un enfermo al que hay que sanar, en lugar de un malvado al que debe castigarse. La Constitución dice al final de su artículo 18: "Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija hará responsable al juez que la autorice". Esta cláusula revela que la hipótesis de Rousseau es tenida en cuenta. Pero esto no quiere decir que la sociedad deba quedar desprotegida a merced de los delincuentes.
Toda comunidad tiene obligación de ofrecer a sus miembros educación y bienestar, de modo que brinde a todos sus integrantes una saludable tendencia hacia el bien. Mientras este objetivo no se alcance, no hay otra alternativa que apresar a los criminales. En qué medida su maldad es innata o adquirida y qué es lo que ocurre dentro de su conciencia, sólo Dios lo sabe. Pero, una vez despertada su conducta delictiva, es necesario proteger a la sociedad de sus agresiones. Mientras no se logre reeducarlos, son un peligro para la comunidad. Los jueces que, creyendo administrar justicia, facilitan la excarcelación de los reos dejan a la sociedad a su merced. Sea o no sea la propia comunidad responsable de la creación de malhechores, ellos deben ser retenidos en prisión hasta que se considere que su peligrosidad ha desaparecido. Hoy es la gente honrada la que se guarece tras las rejas por temor a ser víctima de sus ataques.
© LA NACION
Florencio José Arnaudo





