Un libro que está siempre empezando

Sobre Veinte líneas por día, de Harry Mathews
Débora Vázquez
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13 de diciembre de 2015  

Harry Mathews (Nueva York, 1930) no es profeta en su tierra, pero es bastante conocido en Francia, donde algunos de sus libros fueron traducidos por Georges Perec. Fue este último quien lo introdujo a OuLiPo, grupo experimental de la vanguardia francesa que alentaba el uso de estructuras matemáticas en la creación literaria.

¿Qué vio el autor de La vida instrucciones de uso en Mathews? Posiblemente, las huellas que habían dejado en él las lecturas de Raymond Roussel, el escritor que más lo influyó en su oficio, y aquel que descubrió durante su primer viaje a París gracias al poeta John Ashbery. Tan impresionado quedó Mathews con la literatura de Roussel que cuando con Ashbery y un par de poetas amigos decidió lanzar una revista literaria, la llamó Locus Solus.

Veinte líneas por día no es el libro más indicado para captar la impronta de la obra del neoyorquino, pero resulta ideal para conocer al hombre que hay detrás de esas líneas. Desde muy joven, Mathews comprendió que lo que le importaba al escribir no era expresar su yo íntimo sino inventar a la manera de Roussel; es decir, adhería a una visión materialista de la escritura, más enfocada en el sonido de la palabra. En esta preferencia tal vez haya tenido que ver el hecho de que su primer amor no fuera la literatura sino la música, en especial la de Wagner. No es ilógico pensar que la parte matemática de la música haya sido aplicada en sus textos, volviéndolos así afines al gusto de OuLiPo, el grupo al que pertenecieron Perec, Queneau y Calvino, por citar tres autores que supieron brindar resultados prodigiosos, y otros tantos integrantes que no lograron superar el juego de palabras que divierte al que escribe bastante más que al que lee.

Veinte líneas por día es un falso libro corto, porque siempre está comenzando y por momentos parece que no tiene intención de terminar. Es una suerte de entrenamiento narrativo que Mathews practicó a principios de la década de 1980 "como un método para superar la ansiedad de la página en blanco", según confiesa en el prefacio, y que sostuvo a lo largo de más de un año, mientras intentaba dar fin a su novela Cigarettes.

La idea de escribir veinte líneas por día, nunca menos, fue tomada de Stendhal, un poco al azar, o acaso inspirada en la proximidad de su casa en Lans-en-Vercors de Grenoble, la ciudad natal del autor de Rojo y negro.

A lo largo de Veinte líneas… queda claro lo que Mathews piensa sobre el genio de Ponge, los símiles en la poesía Wordsworth, la afectación de la escritura automática, el temperamento de François Le Lionnais, las traducciones mutuas entre Perec y él, como así también su imperiosa necesidad de hallar puntos de encuentro con escritores de la talla de Stendhal, Henry James, Barthes o Borges, aunque la coincidencia se redujera, en el caso de este último, a la preferencia por el papel cuadriculado.

La influencia del tiempo en su ánimo es una de las piedras de toque en este ejercicio próximo al diario íntimo, y lo mismo ocurre con su afición por las descripciones de lo inmóvil, en particular la máquina electrónica Olympia, el tablero de diseño, la silla giratoria, el escritorio, y el teléfono como posibilidad de escape. Como si fuera inevitable dar cuenta de todo aquello antes de que suceda lo que realmente importa, como si esas líneas dedicadas a su mobiliario más frecuentado pertenecieran a un interregno, una tierra de nadie que hay que atravesar para que la escritura verdadera aparezca.

Hacedor de poemas, relatos breves, novelas y ensayos, Harry Mathews sabe que el suyo es un trabajo en el que no le tiene que rendir cuentas a nadie, y esto, en lugar de aliviarlo, se le vuelve en contra y lo lleva a culparse cada vez que no escribe. Que el título recuerde a la prescripción de una receta médica es sin duda producto del azar, pero no deja de tener su filo irónico.

VEINTE LÍNEAS POR DÍA. Por Harry Mathews. Mansalva. Trad.: Cecilia Pavón

142 págs., $ 163

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