Un magisterio indeleble

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10 de septiembre de 2020  • 17:02

¿Qué define a un buen maestro? ¿Qué atributos, qué notas determinan que una maestra sea querida, valorada y recordada por su alumnado? Al estudiar las condiciones asociadas, los expertos han hecho foco en aspectos como la cortesía en el trato, la escucha atenta, la aceptación del disenso y el planteamiento de desafíos. También la disposición al intercambio de ideas y el estímulo de rutinas reflexivas y conversaciones relevantes integran la nómina de características destacadas. Vale entonces, al conmemorarse el 11 de septiembre el Día del Maestro, detenerse en ellas.

Sabemos que toda educación es siempre autoeducación, porque los principios de actividad y autonomía están en la base del proceso. Sin embargo, estos se concretan solo en la intersubjetividad, en la relación con educadores que facilitan, median y orientan. En todos los casos, confirmamos que con el dominio de contenidos y estrategias didácticas no alcanza: el maestro y la maestra indelebles, aquel y aquella que marcan de modo permanente las vidas de sus alumnos, se comprometen a fondo con sus inquietudes y sus logros para formar auténticas comunidades inclusivas. Porque está claro que no producimos conocimiento en soledad, sino con otros. Y en un contexto en el que la persona del docente se agiganta y se instala como creadora, generando ambientes que favorecen experiencias plenas de sentido.

El vínculo docente-estudiante abarca así múltiples interacciones y dimensiones -simbólicas, afectivas, comunicativas-, resumiéndose en una ayuda propositiva para aprender a aprender, a pensar, a sentir, a actuar y a desarrollarnos. Bajo esta lógica, maestras y maestros indelebles centran su atención en el ser del alumno, pero también en su ambiente y sus circunstancias. Porque no solo enseñan, sino que -más profundamente- educan. No solo allanan los caminos hacia los diversos saberes, sino que se acercan al aprendiz desde una perspectiva holística: cimentando modelos y valores, y estableciendo el andamiaje necesario para el despliegue de capacidades.

Formar personas es una tarea de enorme responsabilidad y proyección. Ayudar a crecer en humanidad y a posicionarnos como actores críticos de nuestro entorno componen objetivos pedagógicos de largo aliento y ardua consecución. Maestras y maestros dejan entonces de operar como meros transmisores para convertirse en productores culturales, creadores, referentes éticos y agentes de cambio.

De lo anterior se desprende que un magisterio indeleble es el que asume que sin diálogo no hay educación. Que sin una apertura genuina al otro, que nos impulse a realizarnos en la reciprocidad, no es posible personalizar una propuesta formativa. Porque no solo se trata de hacerla a medida de cada estudiante: es preciso pararse frente a él o ella como persona, velando por la integralidad de una evolución que continúa remitiendo a su raíz etimológica: educare y educere, desplegar y moldear.

Un magisterio indeleble sella biografías. ¿Qué lo hace especial? ¿Qué despierta en nosotros? Es la persona del docente la que deja huella, no tanto de lo que dice o hace; es su capacidad de tocar el corazón del aprendiz desde la cercanía, la empatía y la confianza.

En cada uno perduran maestros y maestras indelebles. Sus palabras y miradas, sus prácticas memorables, su denodada pasión por aprender enseñando.

Familióloga, especialista en Educación, directora de la Licenciatura en Orientación Familiar de la Universidad Austral

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