
Un mundo inseguro
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Una encuesta realizada por la empresa Gallup Internacional, recientemente presentada en el Foro Económico Mundial de Davos, demuestra que la mitad de la humanidad tiene la convicción de que vivimos en un mundo inseguro.
El relevamiento fue realizado en 51 países, sobre 43.000 entrevistados, para un trabajo que se denomina "Voz de la Gente". El estudio no se limita a considerar los problemas de inseguridad general, pues también analizó las perspectivas que los entrevistados alientan acerca de su futuro económico personal.
La sensación de vivir en un mundo carente de seguridad se ha incrementado, por lo que refleja esta encuesta, en los últimos diez años. En nuestro país, los números de Gallup son superiores a los de la media mundial e incluso a los del promedio de América latina: el 85 por ciento de los interrogados en la Argentina abriga ideas negativas sobre los niveles de seguridad del mundo actual.
En algunas regiones del planeta menos castigadas por las olas de violencia delictiva, las cifras son algo menores, pero igualmente importantes. Además del terrorismo y las guerras internas o externas, existen otros factores -como los problemas ambientales, el crecimiento de la marginalidad en algunas zonas y la violencia callejera- que gravitan significativamente para que continúe creciendo en el mundo la sensación de que la Tierra vive al borde del abismo.
Es sorprendente que nuestro tiempo, signado por los triunfos realmente impresionantes de la ciencia y la tecnología, haya caído en un estado de alarma como el que reflejan estas cifras. Ni en los tiempos sombríos que vivió el mundo en el siglo pasado, con sus violentos conflictos bélicos y sus millones de muertos, se generaron tantos temores como los que hoy parecen sobrecoger a la humanidad, asustada de muy variadas maneras por una serie de males -reales o potenciales- que no estaban presentes en otra época o no figuraban en el sistema de creencias imperante.
Todo invita a pensar que esas visiones negativas de la realidad son consecuencia -principalmente- del crecimiento, en ciertas partes del mundo, de nuevas formas de terrorismo y violencia. Si en la Argentina el fenómeno se vincula con los altos índices de delincuencia común, en otros lugares del planeta está aumentando el miedo sembrado por las organizaciones terroristas, la violencia entre grupos o facciones o los riesgos de que la vida misma se vuelva inviable por el deterioro del medio ambiente. Todos esos fenómenos están en muchos casos amplificados por la resonancia poderosa que les otorga el crecimiento verdaderamente explosivo de los medios de comunicación.
Ante este cuadro inquietante, las organizaciones nacionales e internacionales -gubernamentales o no- deberían esforzarse para encontrar soluciones que sean capaces de elevar los niveles de previsibilidad de la vida social y humana, de modo que el futuro no se presente envuelto en sombras, dudas e imprecisiones. Curiosamente, toda esta sensación negativa convive con brotes de esperanzas reconfortantes y con la certeza de que hoy la humanidad está en condiciones de vencer a muchos enemigos y a muchas enfermedades que en otro tiempo eran implacablemente mortales.
Acaso influya en la conformación de esa mirada social pesimista que reflejan las encuestas la tendencia de muchos jóvenes a enfrentar sus crisis refugiándose en las drogas, que tarde o temprano les imponen una concepción depresiva de la vida. De ahí la imperiosa necesidad de fortalecer el diálogo en el seno de la comunidad familiar y de alentar la creación de modalidades de contención afectiva que alejen a los sectores juveniles del riesgo del aislamiento y la automarginación.
La encuesta de Gallup debería movilizar a las mujeres y a los hombres de todas las latitudes a coincidir en el compromiso de crear modos de vida y de convivencia relacionados con la promoción de los valores que dignifican la condición humana y fortalecen el necesario espíritu de fraternidad y convivencia social. La búsqueda de caminos creíbles y superadores se está convirtiendo en un imperativo, a la vez ineludible y preocupante. A un costado y al otro de esos caminos, el hombre estará siempre acompañado por la esperanza. La experiencia humana es más llevadera cuando el tiempo del mundo se mide por amaneceres y no por crepúsculos. Es decir, cuando el horizonte hacia el cual nos encaminamos exhibe más luces que sombras.




