
Un oxímoron político
"El poeta es un fingidor que finge constantemente,/que hasta finge que es dolor, el dolor que en verdad siente." Como en el poema de Pessoa sobre la simulación del poeta, parecería que los argentinos simulamos convencidamente que vivimos en una democracia. Cuando, en realidad, se va configurando un sistema autocrático que se hace poderoso a expensas de debilitar el Parlamento y subordinar a la Justicia; confunde autoridad con poder e interpreta a las elecciones como un plebiscito. Una concepción de poder que se reconoce fácilmente. Desde los funcionarios que cancelan las críticas con la frase "la gente nos votó" hasta el falso debate sobre la reelección indefinida. Un oxímoron político, ya que si algo define a la democracia es la alternancia; es decir, que quienes hoy son minoría puedan ser mayoría mañana. Las elecciones son ciertamente la condición necesaria de una democracia, pero no alcanza si los gobernantes se valen de la mayoría para destruir la legitimidad que la sustenta.
Nadie lo explica mejor que ese teórico y apasionado de la democracia como sistema político que es el italiano Giovanni Sartori, quien al definir la "autocracia" establece con nitidez dónde está la frontera entre lo que es democrático y lo que no lo es: "Autocracia es autoinvestidura, es proclamarse jefe uno mismo o bien ser jefe por principio hereditario". De modo que la democracia es exactamente lo opuesto, nadie puede autoproclamarse, nadie puede proclamarse jefe y nadie puede heredar el poder. Sin convertirse en un autócrata.
Es cierto que las mayorías electorales, o el criterio mayoritario de una sociedad da permiso para la toma de las decisiones de un gobierno, pero la legitimad depende de si ésta es o no democrática. La mayor responsabilidad democrática la tiene el gobernante, que es quien debe garantizar el derecho de las minorías. Estos son principios consagrados en nuestra Constitución reformada del 94, que al otorgar carácter constitucional a todos los tratados internacionales de derechos humanos significó una avance progresista sobre nuestro odioso pasado autoritario. Resulta paradójico que esa misma Constitución, que nació bajo el fantasma de lo que la niega (permitir la reelección del presidente Carlos Menem) sea la que al consagrar valores universales nos dio una legitimidad democrática que aún no incorporamos como cultura compartida. Nuestro problema no son las leyes sino la escasa tradición de respeto a esa ley que consagra la igualdad, la participación ciudadana y la división de los poderes.
Pruebas al canto: el que se instalen públicamente falsos debates como puede ser que se discuta la perpetuación del poder, habla de nuestra escasa tradición democrática. La Constitución no es un traje a la medida de los gobernantes y sí el chaleco de fuerza al que debiéramos someternos en tiempos de lucidez para evitar los desquicios que nos vienen de nuestro pasado lejano y reciente. ¿Qué más necesitamos para saber que toda vez que nuestro país cayó en la tentación autocrática, se maniató nuestro desarrollo como Nación y que existe una íntima relación entre libertad y progreso?
El aclamadísimo premio Nobel Amartya Sen lo dice mejor. El nos advierte que la democracia no es sólo ir a votar y elegir a unos representantes, sino que es, sobre todo: discusión pública. Si las elecciones deben ser libres cuánto más libres deben ser las opiniones. Porque cuando las opiniones se imponen las que pierden libertad son las elecciones. Por eso, si la simulación sustituye a la realidad y el debate se distorsiona con falsos dilemas u opciones, la que se debilita es la idea misma de democracia.
Y así vamos, entre el miedo y la libertad, las crisis económicas y las mentiras, sin reconocer que vivimos la disyuntiva histórica de construir normalidad democrática, basada precisamente en los principios de legitimidad democrática. Tal vez porque hablamos mas de precios que de principios, más de personas que de ideas y más de los malos que de los males, nos cuesta establecer valores compartidos por otros, o sea culturales. A riesgo de ser reiterativo, vale repetir: sin libertad no hay política, sin política no hay participación democrática y sin oposición no hay democracia. Si se ignoran estas definiciones básicas, consagradas universalmente, se puede caer en la tentación del poema: simulamos tan eficazmente que creemos que es democracia lo que la niega. Y la niega la perpetuación del poder, la uniformidad y la hegemonía política.
© La Nacion
La autora es cadidata a vicepresidente de la Nación por el Frente Amplio Progresista






