
Un país sin ley
Por José Enrique Miguens Para La Nación
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Hace bastante tiempo que los sociólogos diagnostican a nuestra sociedad como en "estado de anomia aguda". El término, adaptado del griego por Émile Durkheim, define a una sociedad desintegrada, en la cual no rigen las normas de conducta y los patrones de comportamiento que mantienen la convivencia entre sus miembros y su integración. Apunta a aquello que había detectado Juan José Llach como la principal razón de nuestra decadencia económica: la erosión de los contratos tácitos y la pérdida de la credibilidad y de la confianza entre las personas, que es lo que mantiene la organización socioeconómica. Esta erosión arrastra también el contrato básico que nos une a todos, la Constitución Nacional, reiteradamente desestimada y desvirtuada por nuestros dirigentes.
La Argentina anómica
Ahora bien, ¿qué ocurre en una sociedad cuando su gente vive en situación anómica? El tema lo estudió a partir de 1946 el sociólogo norteamericano Robert K. Merton en trabajos que son clásicos.
En las sociedades anómicas, desintegradas como la nuestra, se produce un corte brutal entre los modelos de éxito, con los que nos bombardean los medios de comunicación, y la real posibilidad, para la inmensa mayoría de la población, de obtenerlo honestamente. A todos los hogares llegan continuamente visiones de familias sanas y felices, que viven en clubes campestres o en mansiones con piscina, que consumen productos de belleza y modas lujosas, en nuestro caso agravado todo esto por el exhibicionismo de los nuevos ricos y de los políticos que los imitan.
Al mismo tiempo, para una inmensa cantidad de las personas que reciben este tipo de modelos de éxito no existe la posibilidad de llegar a éste por medio del trabajo y del ahorro, ni del cumplimiento de sus obligaciones en los papeles sociales que les toca desempeñar. Se produce así un corte estructural entre las aspiraciones de la gran mayoría de la población y sus oportunidades y posibilidades de realizarlas.
Ante tal situación, comienza a difundirse en estas sociedades anómicas el recurrir cada vez más a lo que Merton denomina "coartadas anómicas", es decir que cada vez más gente renuncia a seguir los caminos de progreso personal usuales en las sociedades bien constituidas (trabajo, ahorro, honestidad, dedicación a sus tareas, etcétera) para tomar otros caminos, lo cual agrava más la desorganización de la sociedad y su ineficacia global. Esto lo he podido comprobar aquí científicamente con alta correlación estadística, en numerosas encuestas nacionales realizadas entre 1961 y 1975.
Cuando la población comprueba que su trabajo honesto no es reconocido, en su gran mayoría -salvo los héroes o los santos, que son pocos- tiende a recurrir a coartadas anómicas.
En un esquema simplificado, podemos decir que las coartadas anómicas a las que la gente tiende a recurrir cada vez en mayor cantidad son el enojo y la protesta, que se vuelcan en violencia social y política, y su par polar, que es la evasión, o sea, el aislarse despectivamente de la sociedad y de su política para entregarse a ensoñaciones (muchas veces estimuladas por drogas e intoxicaciones alcohólicas) y a actividades sin sentido positivo para la sociedad. En este rubro está también la diseminación de creencias en golpes de suerte, lo que explica la increíble proliferación entre nosotros de los juegos de azar: loterías, bingos, casinos, sorteos, premios y demás invenciones para explotar la credulidad de la gente.
Finalmente, hay dos tipos de coartadas anómicas que son las más peligrosas y que están creciendo exponencialmente en nuestra sociedad. El primer tipo abarca el recurrir a caminos desviados o delictivos a los que se acude con cínica sinvergüenza y hasta con aprobación de la sociedad: desde las coimas, acomodos y "curros", pasando por la delincuencia de guante blanco o sin guantes, hasta los asaltos, homicidios, robos, secuestros, extorsiones y muchos otros modos más de esta aterradora floración.
El segundo tipo, polarmente contrario, es poco conocido como coartada anómica, pero también es gravemente deteriorante. Abarca los numerosos modos de adaptación que Merton denomina "ritualista o conformista", que deriva en burocratismo e indiferencia por los resultados de la tarea que uno hace. Se cumplen las tareas displicentemente. Tanto en el ámbito estatal como en el privado, las personas se limitan a cumplir formalmente, sin preocuparse por hacer las cosas de la mejor manera posible para que den los mejores resultados, en un clima general de apatía social.
"Es la sociedad"
Además, como los que deben fiscalizar, controlar, juzgar y sancionar tampoco cumplen con sus funciones, la situación se agrava. Vemos así cómo aparecen permanentemente: servicios públicos que se cumplen a medias, accidentes aéreos, cortes de electricidad inusitados en ciudades civilizadas, policías que no combaten los delitos, inspectores que no inspeccionan, empresarios poco emprendedores, legisladores que se limitan a cobrar sus sueldos y prebendas. ¿Para qué hacer bien las cosas si esto no se reconoce ni se premia?
Se dice que Bill Clinton, para orientar a los que hacían su campaña electoral, puso en su escritorio un cartel que decía: "Es la economía, estúpido". Allí, la consigna es adecuada, porque la sociedad funciona razonablemente bien. Aquí habría que poner ante los ojos de todos los candidatos otro cartel distinto: "No es la economía: es la sociedad". Ésta es la que hay que arreglar prioritariamente. En una sociedad anómica y desintegrada como lo está hoy la nuestra, no hay política económica que resulte.





