Un presidente para tiempos de riqueza

Por Tomás Eloy Martínez Para LA NACION
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28 de octubre de 2000  

HIGHLAND PARK, N. Jersey

POCAS elecciones en la historia de los Estados Unidos han sido tan decisivas como pueden serlo las del próximo 7 de noviembre. En casi todas las anteriores, los candidatos debían afrontar la amenaza de una crisis internacional, que podía derivar en guerra, o el fantasma de una severa depresión económica. Esta vez, el vencedor tendrá que administrar una prosperidad sin precedente, lo que tal vez sea más difícil. Cualquier éxito menor de un gobernante promueve la gratitud de los electores en las épocas de desgracia. Y, al revés, cualquier pequeño fracaso puede ser fatal para un gobernante en tiempos de prosperidad.

La influencia de los presidentes norteamericanos sobre el destino de los demás países es a veces tan profunda que el mundo entero debería tener derecho a votar en su elección. Hay presidentes que pueden ser una calamidad peligrosa, como Richard M. Nixon. Una reciente biografía de Nixon, The Arrogance of Power ("La arrogancia del poder"), escrita por el ex corresponsal de la BBC Anthony Summers, exhibe la vastedad del daño que un presidente norteamericano puede infligir a países distantes, cambiándoles la historia para siempre.

Tanto el vicepresidente Al Gore, candidato del Partido Demócrata, como el gobernador de Texas, George W. Bush, candidato republicano, están lejos de tener la megalomanía y la irresponsabilidad de Nixon, pero aunque a primera vista sus promesas de gobierno sean ligeras variaciones de la misma música, hay entre ellos diez o doce diferencias de fondo, y sobre todo una que es abismal: si, por un lado, Gore conoce demasiado bien las sutilezas del gobierno, Bush da la impresión de ignorar más de lo que debe. Ambos extremos son riesgosos: Gore sabe tanto, que da muchas vueltas para explicar algo, saca demasiados números de la manga y a menudo termina desorientando a sus interlocutores. Bush, en cambio, parece sencillo y claro: tiene un discurso aprendido y lo repite una y otra vez, pero cuando le piden precisiones sobre ese discurso, se atasca. Llama "grecianos" a los griegos ( Grecians en vez de Greeks ), y tal vez no sepa muy bien cuáles son las diferencias entre Honduras y El Salvador o entre Angola y Mozambique. Su sinceridad es transparente. Parece simpático y escaso de luces y, en verdad, es tan simpático como escaso de luces. Eso seduce a los electores independientes, que han repetido, después de cada uno de los tres debates presidenciales: "Ah, aquí hay alguien con el mismo sentido común que tenemos nosotros".

Los candidatos debatieron en tres ocasiones durante un total de cuatro horas y media, pero sólo en la última hora y media, el pasado martes 17, se vio con claridad dónde estaba parado cada uno de ellos. Bush admitió de manera inequívoca que su plan para reducir impuestos beneficiará sobre todo al uno por ciento más rico de la población. Cree, sin embargo, que eso es un acto de justicia: hay que premiar mejor al que paga más. Gore supone, en cambio, que hace falta una reducción selectiva de los impuestos para beneficiar a la clase media, a los agricultores y a los pobres. Gore propone un sólido apoyo a la educación pública y quiere crear cien mil nuevos puestos para maestros, lo que permitiría tener menos estudiantes por aula. Bush prefiere soltar la mano a la ineficiente educación pública para que se ahogue de una vez y fortalecer el papel de la escuela privada.

El enorme apoyo popular a Bush se debe a que todas sus banderas impopulares defienden el derecho del individuo y de las comunidades pequeñas a decidir sus destinos, sin la tutela de un Estado benefactor o fiscalizador. Gore se ha desvivido explicando que él no quiere un Estado más grande. De hecho, el tamaño del Estado es ahora menor que en tiempos de Kennedy. Sólo quiere, ha dicho, que la inmensa riqueza acumulada por la nación se administre en beneficio de las mayorías y no siga acrecentando las arcas de unos pocos afortunados.

Fatalidad histórica

El gran desafío del próximo presidente de los Estados Unidos es qué hacer con tanta riqueza. Cuando el presupuesto acumula déficit tras déficit, el resultado es algo que se llama deuda. Pero cuando, a lo largo de tres años, lo que se acumula es superávit, ¿cómo se llama eso? Y, sobre todo, ¿qué hacer con todo lo que sobra? Gore imagina un país sin pobres y con la deuda interna completamente saldada al cabo de diez años. George W. Bush prefiere una nación donde el rumbo del dinero sea decidido por quienes se lo ganaron. Como bien señalaron ambos, los votos del 7 de noviembre van a dibujar el perfil de un largo futuro. Nadie puede vaticinar cuán largo será, ni sobre cuántas personas habrá de influir, en Estados Unidos y en el mundo.

Un mal presidente es siempre una fatalidad histórica, pero cuando le toca gobernar en tiempos inapropiados puede ser nefasto. The Arrogance of Power , la biografía de Summers, señala que si Nixon hubiera ganado las elecciones de 1960 frente a Kennedy, si hubiera llegado a los debates mejor afeitado, con un traje menos desprolijo, y hubiera salido ganador, quién sabe la clase de mundo que tendríamos hoy. Un presidente tan paranoico y megalómano como él habría tal vez reaccionado con suprema imprudencia ante la crisis de los misiles soviéticos en la Cuba de 1962. Ya bastante daño causó seis años después, cuando hizo fracasar deliberadamente las negociaciones de París para la paz en Vietnam, y después de 1970, cuando hizo todo lo posible por erosionar el gobierno de Salvador Allende. Nixon estaba ya tan desquiciado en julio de 1974, que su secretario de Defensa, James Schlesinger, se vio obligado a pedir al Estado Mayor Conjunto que desoyera cualquier orden del presidente, porque temía lo peor.

Bill Clinton, a la inversa, resultó mucho mejor de lo que indican las apariencias, y nadie duda de que los Estados Unidos lo van a extrañar. Ninguno de los candidatos a sucederlo tiene la velocidad de inteligencia, la capacidad de seducción, la compasión sincera por los demás ni la sorprendente cultura del presidente que se va. Ya se ha convertido en casi mítica la historia de su encuentro con Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y William Styron en la playa de Martha´s Vineyard durante el verano de 1996. En un momento de distensión, los cuatro jugaron a elegir su novela favorita. Clinton mencionó que la de él era El sonido y la furia , una de las ficciones más complejas de William Faulkner, en la que hay por lo menos siete voces narrativas que se entrecruzan sin la menor piedad con el lector. Carlos Fuentes, desconfiado, le preguntó al presidente si recordaba cuál era la voz principal del segundo capítulo, que narra los hechos del 7 de abril de 1928. "A ver", dijo Clinton. Y se puso a recitar de memoria las dos primeras páginas de ese complejo fragmento. Pocos presidentes saben ya esas cosas, y son menos aún los presidentes que saben esas cosas y, además, se dan el lujo de lograr para su país una prosperidad sin precedente. A pesar de su sexualidad irreprimible y de todas las Monica Lewinsky de la década, Clinton fue un presidente eficaz en el momento adecuado.

Nadie espera demasiado de Gore o de Bush. Uno es más inteligente que el otro, pero los dos son grises y tal vez pesen menos que una pluma en la historia de este siglo.

Aquel que sea elegido podrá sin embargo torcer el cuello de la historia en cualquier dirección. Y eso los vuelve, en potencia, más imponentes y temibles de lo que son.

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