Un principiante llamado Mallea
Por Alicia Dujovne Ortiz Para La Nación
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PARIS.- Hay casos en los que el vaivén entre la categoría de escritor novel y la de escritor desaparecido parece no detenerse jamás. La celebridad literaria sigue derroteros azarosos: nadie podría explicar por qué misteriosas razones ciertos autores argentinos son conocidos en algunos países extranjeros y no en otros. Pero además de sufrir variaciones en el espacio, la gloria también conoce fluctuaciones temporales no menos incomprensibles. Es lo que acaba de ocurrir en Francia con Eduardo Mallea.
Ya el año pasado la editorial Grasset había reeditado La barca de hielo ( La barque de glace ), publicada en 1971, cuando Mallea todavía era uno de los novelistas argentinos más conocidos en Europa. En 1959, la Historia de la literatura latinoamericana de Fernando Alegría le consagraba seis páginas, al cabo de las cuales venían unas líneas sobre cierto cuentista llamado Borges. Y cuando la editorial Planeta publicó El Aleph , en 1969, la cara de Mallea les resultaba tanto más familiar que se equivocaron y pusieron su foto en vez de la de Borges. En 1965, Roger Caillois hizo editar en La Croix du Sud, la colección que dirigía en la editorial Gallimard, una novela corta del que a fines de los años 50 fue embajador argentino ante la Unesco: Chaves , traducida por Sylvia Bénichou-Roubaud.
Y después, el olvido. Hasta que, de pronto, el año pasado, Mallea pasa de novelista finado a debutante de promisorio futuro. La editorial Autrement comenzó por reeditar Chaves y prosiguió con dos novelas completamente inéditas por estos pagos: El vínculo ( Dialogues des silences ) y Todo verdor perecerá ( Cendres ), ambas traducidas por Jean-Jacques Fleury. Este mismo traductor prepara, para Autrement, un volumen con "La rosa de Cernobbio" y "Los Rembrandt", por publicarse en el 2000, y para el año siguiente, La ciudad junto al río inmóvil .
Una pasión francesa
En realidad, detrás de estos misterios siempre se esconde una explicación de orden pasional. Alguien descubre un ejemplar amarillento o un manuscrito redactado con letra de colegial y se enamora perdidamente de la escritura del autor, ya sea difunto o en cierne. El lector lo habrá, seguramente, adivinado: detrás del fenómeno Mallea no hay otro que Jean-Jacques Fleury. Este enamorado de la Argentina vive en Albi, donde ha reunido una apabullante biblioteca de autores argentinos sobre los que todo lo sabe. El ha sido también el descubridor, en Francia, de otro desaparecido, Humberto Costantini, y de un prometedor que ha cumplido, Rodrigo Fresán. Su anecdotario sobre la literatura de nuestro país es inagotable. "Borges introducía una variante en el título de la novela de Mallea -nos cuenta-. El decía Todo lector perecerá . Sin embargo, cuando a Borges le negaron el Premio Nacional, Mallea publicó en La Nación un suplemento entero que, a manera de desagravio, le estaba consagrado."
Releer El vínculo o Todo verdor perecerá en la excelente versión de Fleury, o Chaves en la igualmente admirable de Sylvia Rénichou, las tres con prefacio del argentinófilo albigense, es una curiosa experiencia que produce un efecto similar al de un viaje a Montevideo. Todo porteño lo sabe: en la ciudad de enfrente del río inmóvil se retoma contacto con una suerte de aroma que Buenos Aires ha perdido. Al mudarse a Ginebra, Borges justificó su gesto diciendo que Buenos Aires ya no era una ciudad metafísica. Se había -son sus palabras- "italianizado". Hoy, la literatura de Mallea resulta "metafísica" en el sentido de una mesura y una distancia que aspiramos ansiosamente como el rastro de un viejo perfume.
El tema profundo de estas novelas es el silencio, con todo lo que ello entraña de sufrimiento pudoroso. Los dos amigos que se encuentran al cabo de los años, en El vínculo , conversan largamente, pero su imposibilidad de comprenderse termina en muerte. Chaves es odiado por su terca y desdeñosa mudez. Agatha, ese intenso personaje femenino visto por Mallea con una rara agudeza, se abisma en la locura por no decir la palabra que podría salvarla. Todos pertenecen a un mundo anterior al psicoanálisis, aquel del tiempo infeliz pero orgulloso en el que no se hablaba. Todos parecen ilustrar el verso de Rimbaud: "Por delicadeza perdí mi vida".
La fuerza del silencio
La crítica francesa ha sabido paladear este sabor a ceniza, esta aridez desolada y sin fin. En Le Monde , Patrick Kéchichian recuerda que Stephan Zweig, Unamuno, Hemingway y Gabriel Marcel admiraban a Mallea, y considera que, por "su agudo sentido trágico de la existencia", el argentino no está lejos de Malraux y Camus, pero tampoco de Pascal y Kierkegaard. "Agonía de los seres humanos en busca de sí mismos"; "la escritura, jamás demostrativa, extrae su fuerza de una simplicidad implacable"; "una de las más grandes violencias que un ser pueda infligirse a sí mismo y a los otros, callar"; "un silencio como un inmenso no dirigido al universo"; "ese cosmopolitismo y esa economía de medios de una literatura que sólo aspira a lo universal". He aquí algunos de los comentarios suscitados por una obra tan postergada entre nosotros, que apenas si en alguna librería de Buenos Aires se encuentra un ejemplar de Historia de una pasión argentina , atacado por esas pintitas de color ocre que tanto aparecen en las páginas de los libros como en las manos de los mayores.
Quizás el ejemplo francés vuelva a inspirarnos y haya llegado el tiempo de darle a Mallea una segunda piel.




