
Un sistema que reproducía a la sociedad en miniatura
Entre 1870 y 1914 la ciudad aumentó siete veces su población. De la necesidad de acomodar a este aluvión humano surgió el protagonismo de la vivienda colectiva, que era la forma de alojamiento más barata y que se concentró en los barrios de Monserrat, La Boca, San Nicolás y Balvanera. El secreto de cómo se produjo luego el pasaje de los habitantes de edificios de inquilinato a casas mejores reside en la relación entre el precio de un cuarto de alquiler y el nivel de salarios en una época de plena ocupación.
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SI de conventillos se trata, quizás el de Sarmiento al 2200, alrededor de la década de 1920-1930, es un buen ejemplo. Después de atravesar el portón marrón de la entrada se pasaba a un zaguán con restos de azulejos y luego a tres patios en hilera (más grande el primero y más pequeño el último) sobre los que se abrían las puertas de las 59 habitaciones de la planta baja y de la alta. Se alojaban allí 59 familias italianas, españolas, rusas, polacas y lituanas, una por cuarto, cada una con las camas que cupiesen (independientemente del número de ocupantes), su mesa, sus sillas, su aparador, su loza inglesa y su calentador Primus. En el patio de atrás había dos piletones para el lavado de la ropa de las 59 familias y tres "servicios", origen de la mayor parte de las discusiones. A los lados de las puertas que daban a los patios se exhibían macetas con sus correspondientes malvones y el número de gatos resultaba casi en una correlación perfecta con el número de familias, porque, según una antigua habitante del lugar, o cada familia tenía sus gatos o cada cuarto tenía sus ratas.
El idioma de esta comunidad aleatoria era un castellano con miles de variaciones que, a pesar de todos sus defectos, forzaba a los recién llegados a aprender a comunicarse por su intermedio. Los mayores de cada una de las familias que allí se alojaban habían llegado a Buenos Aires en distintos momentos. Los más antiguos en estos lares, alrededor de fines de siglo y los más nuevos, hacía muy poco. Lo cierto es que todos los habitantes de este edificio con tres patios tenían ocupaciones variadas, los hombres y las mujeres. Había sastres, modistas, hojalateros, vendedores ambulantes de diversas mercancías, albañiles, lavanderas, verduleros, almaceneros, empleados de zapatería. Los chicos (los mayores, de la misma nacionalidad que sus padres y los menores, argentinos) concurrían a las escuelas públicas o a las religiosas de alrededor y, eso sí, entre ellos, el único idioma utilizado era el porteño (1). En cuanto a la permanencia en este alojamiento, ésta dependía de la capacidad de ahorro de cada familia: según la ocupación, según la ubicación del cuarto dentro del conventillo y según la cantidad de niños por mantener, esa capacidad, fruto de la relación entre el precio del alquiler del cuarto y el nivel de salarios e ingresos, permitía en más de la mitad de los casos ahorrar para trasladarse a una vivienda mejor.
Lo cierto es que Buenos Aires había aumentado, entre 1870 y 1914, siete veces su población (la Argentina fue el país que recibió más inmigrantes en relación con su población original del período y el segundo, en números absolutos y luego de los Estados Unidos, en la cantidad que agregó con inmigración de ultramar). La pregunta es cómo hizo para acomodar en su suelo a este aluvión humano. Y es aquí, precisamente, donde comienza el protagonismo del conventillo. En ese alojamiento, el más barato, el peor de la ciudad hasta 1932, que se distribuyó por toda Buenos Aires, pero que se concretó más en Monserrat, La Boca, partes de San Nicolás y el sur de Balvanera, y que presentó formas edilicias parecidas a la de Sarmiento al 2200 que describimos al comienzo y muchas otras más pequeñas, menos aireadas y también más grandes, se ubicó, en 1887, un cuarto de la población de la ciudad. Las fachadas eran variables y muchas veces pretenciosas de un mejor interior, el número de cuartos y de patios también lo eran, pero el tipo de sociabilidad que se establecía dentro de ellos dio como resultado, las más de las veces, un camino algo brusco y no buscado para llegar a hablar un idioma común y encontrar referentes para aprender a adaptarse al nuevo suelo. En 1886, Aníbal Latino (el seudónimo del periodista genovés José Ceppi) describía este tipo de vivienda con una severidad y detalle dignos de un representante anticipado del neorrealismo italiano y predecía: "Lo peor es que para mal tan grande no hay esperanza de pronto y radical remedio... mientras la construcción no marche a la par del aumento de los habitantes" (2). Su pesimista predicción resultó falsa.
Visto desde ahora resulta asombroso que mientras la población crecía casi de manera desproporcionada en Buenos Aires, la construcción de viviendas y la población que se alojaba en conventillos la acompañaron en relación directa la primera e inversa la segunda. La población de la ciudad creció 742 por ciento entre 1870 y 1914 y las viviendas 733 por ciento. Que las condiciones de estas viviendas eran mejores que las del conventillo lo demuestra el hecho de que eran decididamente sólidas (durante todo el período el 99 por ciento de ellas es de ladrillo y su crecimiento se acompañó con una provisión de agua, electricidad, transportes y cloacas acorde con su crecimiento). La proporción de la población que se alojaba en conventillos, mientras tanto, fue bajando considerablemente. Si en 1887 era un cuarto de la población la que se alojaba en ellos, en 1890 llegó a ser un 18 por ciento, en 1904 un 14 y en 1919 un 9 por ciento (3). De qué manera se produjo este cambio puede llegar a entenderse si se tiene en cuenta que el ritmo de la construcción fue, durante el lapso considerado, sencillamente abrumador. Entre 1904 y 1914 se construían, por ejemplo, casi 32 metros cuadrados por habitante que se agregaba anualmente. Quienes construían eran sobre todo inmigrantes, como lo muestran los datos sobre la nacionalidad y el crecimiento de los propietarios de vivienda en los censos municipales de 1904 y 1909 y el nacional de 1914. Y el secreto de cómo se produjo este pasaje de tanta gente de los cuartos del conventillo a una vivienda mejor reside seguramente en la comparación, durante todo el período, entre el precio medio de un cuarto en aquéllos y el nivel general de salarios en esta época de plena ocupación (4).
La autora es investigadora principal del Conicet y del Instituto Di Tella desde 1972 y autora de una serie de libros y artículos sobre el tema.
1)Cf. Korn, Francis: Buenos Aires: Los huéspedes del 20 , Sudamericana, 1974 y Giel, 1989.
2)Latino, Aníbal: Tipos y costumbres bonaerenses , Buenos Aires, 1886.
3)Korn, Francis y de la Torre, Lidia: "La vivienda de Buenos Aires 1887-1914" en Desarrollo Económico V . 25 Nro. 98 (julio-septiembre) 1985).
4)Cf. Korn, Francis y de la Torre, Lidia, Op. Cit.




